lunes, 11 de febrero de 2019

Fantasmas del Pasado de Antonio De Vito - Primer capítulo

Sam era un hombre alto y robusto, con unos ojos verdes de aquellos que no dejaban indiferente. Tenía un buen físico, aunque no era de esos que dedicaban demasiado tiempo a sí mismos.
Desde el momento en que Stacie le había hecho entender que si se pusiese en movimiento su destino podría, finalmente, cambiar, él había intentado arreglar las cosas. Él creía seriamente en su historia de amor que, sin embargo, parecía que no acababa de arrancar. Habían pasado ya dos años desde los buenos tiempos de la Universidad y era necesario que Sam comenzase a buscar un trabajo serio.
Stacie pertenecía a ese género de mujeres que parecían tener siempre las ideas claras. Había sido siempre así desde el momento en que ella y Sam se habían conocido en la Ohio State University y habían descubierto que provenían del mismo pueblo de Colorado.
La sorpresa de descubrir que eran conciudadanos había sido sólo el inicio de una velada con una botella de Chianti en medio y había acabado como muchas otras, acostados en una cama o sobre una alfombra delante de una chimenea todavía humeante de la noche anterior.
Durante los años de universidad en Ohio, Sam y Stacie no fueron nunca estudiantes modelo. Se conocieron en una de esas fiestas que se daban en el campus y hubo un entendimiento súbito. Eran dos personas que veían las cosas de la misma manera. Les encantaba beber vino italiano y  a veces exageraban hasta perder el sentido. Les encantaba estar a lo suyo y, sobre todo, si uno de los dos tenía un problema el otro sabía perfectamente cómo resolverlo.
Los mejores años de la relación, sin embargo, se acabaron y los dejaron huérfanos de sueños. La realidad se demostró enseguida bien distinta de los días de limitados horizontes de la universidad, un revoltijo asqueroso de sumisiones y jornadas amargas, renuncias y compromisos que soportar para no acabar aplastado por el ritmo cotidiano.
Sam había dejado a su familia en Colorado para ir a la universidad de Ohio, excitado por aquello que le estaba sucediendo. Estaba tan emocionado que no perdió el tiempo y, durante los años de estudio, encontró el modo de ganarse la vida cortando el césped y, a veces, trabajando a media jornada en un local de comida rápida. No tuvo nunca la posibilidad de entrar en el equipo de fútbol a causa de un problema físico que intentó esconder incluso a sí mismo.
Stacie, al contrario que Sam, consiguió vivir los años de universidad con menos preocupaciones económicas gracias a la beca que había conseguido y a una pequeña herencia recibida después de la muerte de su abuela.
Los dos vivieron durante cinco años en perfecta simbiosis sin preocuparse jamás por lo que ocurriría con ellos en el futuro. Fue un auténtico amor de novela hasta que Sam, una mañana, decidió que era el momento de cortar con aquella relación.
En Cleveland hacía mucho frío durante los meses invernales y Stacie solía regresar del bufete de abogados, donde trabajaba, cuando afuera era ya noche cerrada. La oficina no estaba demasiado lejos de casa pero estaba mal comunicada. Siempre se veía obligada a hacer un par de kilómetros a pie después de haber salido del metro. La nieve o la lluvia contribuían a hacer el recorrido más accidentado.
«Eh, Sam, ¿estás aquí?» preguntó con voz cansada mientras se sacaba el impermeable. «Eh, Sam, ¿te parece el momento de bromear?»
Las luces estaban apagadas y el hombre no respondía. Stacie, entonces, buscó el interruptor general y lo levantó. En ese momento el salón se iluminó y, mientras observaba la mesa, ella comprendió en un instante el motivo de aquella oscuridad. Sam apareció después de unos segundos desde la puerta de la cocina, con una botella de vino en una mano y dos copas en la otra.
« ¿Cómo haces siempre para no darte cuenta de que es una sorpresa? Me pones las cosas demasiado fáciles» dijo Sam con aire complacido.
«No quería desilusionarte, quién sabe cuánto trabajo te habrá llevado preparar todo esto» le rebatió Stacie con un punto de sarcasmo.
Sin tener en cuenta la ironía de las palabras de la mujer Sam fue hacia ella y comenzó a servir el vino. Ella lo bebió enseguida, casi como si hubiera sido la medicina tan esperada después de una jornada pesadísima. Para Sam, en cambio, la razón de aquella ansia era totalmente distinta y con aquel fondo de  incomprensión comenzó una velada que concluiría después de unas horas entre las mantas de su cama.
A la mañana siguiente Sam se levantó en primer lugar. Estaba preparado y pasó unos diez minutos decidiendo qué hacer. Después de vestirse, escribió una nota que pegó en el espejo; rápidamente, se puso el abrigo y se escabulló afuera por la puerta, temiendo que Stacie pudiese despertarse de un momento al otro.
No tenía coche, así que se dirigió hacia el metro a un par de kilómetros de allí; sólo después de un centenar de pasos desapareció en la niebla.
Sam no tenía las ideas claras sobre a dónde ir con exactitud, de todas formas aquella noche había decidido que se marcharía.
Quería dejar Cleveland.
La indecisión que flotaba en su cabeza era la única cosa auténtica, como era auténtico que no podía estar mucho tiempo sin beber al menos un vaso de vino.
Caminó durante horas sin una meta fija, reflexionando sobre todo el tiempo pasado con Stacie y en todos los años de pasión; pensó en cómo todo había ido, poco a poco, desapareciendo. No soportaba el hecho de que él, acabados los estudios, hubiese perdido su energía y aquella ansia de actuar que, hasta el momento, le habían permitido mantener el ritmo de su mujer.
Ya era por la tarde y Sam se paró en el Wine Lounge Brother en Cleveland Avenue, donde pasaba mucho tiempo con Stacie. Un local para apasionados del vino, cuidado en cada detalle por Harry, el propietario amigo de Sam. Habían compartido todos los años de universidad con la única diferencia que Harry había demostrado enseguida saber qué quería hacer y, después de acabar los estudios, se había dedicado en cuerpo y alma a su proyecto.
«Harry, hoy es un día asqueroso. Tú que sabes escoger siempre bien los vinos, ¿qué me aconsejas en este caso?»
«Que no es un gran día lo llevas escrito en la cara, pero un buen tinto italiano hará que sea mucho mejor.»
Harry conocía bien los gustos de su amigo. Sabía que no existía un día tan asqueroso para Sam que pudiese ganar a un buen vaso de vino tinto italiano.
«Dame el mejor que tengas en la bodega, porque durante un tiempo no me verás el pelo.»
« ¿Qué vais a hacer? ¿Os vais y me lo dices con esa cara?» mientras tanto Harry le echaba un poco de Lacryma Christi Rosso.
«No, me voy solo.»
«En el fondo hasta podría ser una buena noticia. ¿Pero por qué te vas?» preguntó Harry bastante incrédulo por la noticia de que Stacie no fuese con Sam.
«No lo sé, pero no puedo estar más aquí.» Y entonces dio un trago. Salió del local, era ya de noche y fue el último en salir. Caminaba todavía en línea recta, más o menos, pero Harry no habría apostado un centavo por él. Afuera había un taxi esperándolo: el propietario del bar lo había llamado y también pagado en nombre de la vieja amistad que tenía con Sam.
« ¡Al aeropuerto!» fue lo único que consiguió decir Sam antes de entornar los ojos y reclinar la cabeza hacia atrás.

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Fantasmas del Pasado

Dos jóvenes, Sam y Stacie, viven los años de Universidad en plena armonía. Pasan los años, cambian las circunstancias y las ambiciones. Los dos protagonistas se separan y llevarán vidas paralelas. Después de un tiempo, casualmente, sus destinos se cruzarán nuevamente pero en el fondo no será ya más aquel alocado de la Universidad.
La ciudad de Nueva York y el río Hudson son el ambiente perfecto para una historia extraña e intrigante, con personajes que sufren pero que luchan por salir adelante, a pesar de sus dudas y de sus fantasmas del presente y... del pasado.
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martes, 29 de enero de 2019

La Última Oportunidad de María Acosta y Sergio Presciutti - Primeras páginas

Pr
imavera de 2014, Ancona (Le Marche)
Se había despertado a las seis de la madrugada. Estaba tan nervioso que no había conseguido volver a dormirse después de habérsele ocurrido la solución a sus problemas, así, por pura casualidad, mientras estaba en la cocina comiendo un trozo de crostata di mele.1 A veces este dulce le ayudaba a relajarse, otras personas lo conseguían tomando una taza de té o un vaso de leche caliente. A él, la crostata di mele le hacía el mismo efecto que una tisana. La comía despacio, deleitándose. En ese momento su cerebro dejaba de pensar en el problema y su mente hacía borrón y cuenta nueva y recomenzaba desde el principio. A veces funcionaba y a veces no. Pero esta vez lo había hecho: el problema había dejado de existir.
Vivía en un piso en vía Flaminia, cerca del mar; tenía casi doscientos metros cuadrados, era lo que los ingleses llaman un loft, un espacio enorme con los muebles precisos para vivir con comodidad, con estrechas alfombras de colores que dividían el espacio en distintos ambientes. Al fondo, con una ventana que iba desde el suelo al techo, estaba la cocina. Le gustaba cocinar, y comer, pero no lo hacía a menudo porque debía trabajar como un loco en su laboratorio, un edificio moderno no muy alejado del antiguo faro de Ancona, donde estaba la vieja estación de telégrafos desde donde su antepasado, Guglielmo Marconi, había conseguido llevar a cabo sus primeros experimentos con las señales de radio, en el año 1904. Aquella histórica fecha quedaba muy lejos, la tecnología había evolucionado muy rápidamente y, ahora, en el siglo XXI, era algo cotidiano. La tecnología estaba por todas partes.
Siempre había sido un loco de la tecnología, de los ordenadores y de la electricidad; había comenzado a desmontar sus juguetes desde edad muy temprana, luego los arreglaba. Siempre había sido así. Después se convirtió en ingeniero, aprendió todo lo necesario para desarrollar sus ideas y desde hacía diez años trabajaba por cuenta propia, poniendo en práctica sus proyectos que tenían como base los ordenadores y el bienestar de los ciudadanos. Tenía un montón de patentes y ahora estaba a punto de acabar un invento tan revolucionario que le haría ganar no sólo un montón de dinero, incluso podría convertirse en un benefactor de la Humanidad. La verdad es que le importaba un pimiento. A él, lo que en realidad le gustaba, era el reto en sí: pensar que podía hacer algo y conseguirlo. No trabajaba solo, por supuesto. Un proyecto tan ambicioso no habría sido posible sin la ayuda de su equipo, un grupo de ingenieros de diversos campos, inteligentes y trabajadores, a los que les gustaba formar parte de su empresa, donde nadie era subvalorado: eran los mejores de toda Italia, hombres y mujeres de todas las edades con la ambición y la experiencia necesarias para sacar adelante cualquier idea revolucionaria pero factible. Todos eran fantásticos, todos eran imprescindibles. El era el jefe del equipo, pero esto no significaba que no trabajase duro. Él era el propietario, tenía el dinero, las ideas, había construido el edificio donde trabajaban, había comprado la maquinaria, pero, al mismo tiempo, era un trabajador de la empresa, uno de ellos. Los beneficios se dividían a partes iguales: estaba el activo para invertir en tecnología y luego los beneficios que se repartían entre todos.
Gianluca encendió el ordenador que estaba al lado de la cocina, en la parte opuesta de la ventana: tenía que hacer una cosa antes de salir. Todavía era muy temprano. ¿Podría desarrollar su idea antes de ir a trabajar?
Creía que sí.
El piso donde vivía había sido reestructurado por él mismo. Todo lo que tenía relación con la tecnología era obra suya: el suelo autolimpiable, las luces que se encendían solas dependiendo de donde se encontrase en ese momento, los estantes escondidos entre las paredes, los muebles transformables y provistos con ruedas que se movían por medio de control remoto con la ayuda de leds colocados en los laterales, las alfombras ignífugas que cambiaban de color dependiendo de la luz que entraba por las ventanas. Y luego las mismas ventanas, indeformables, los muebles de la cocina que no se ensuciaban jamás porque habían sido fabricados con productos que rechazaban la suciedad, los tabiques escondidos debajo del suelo del piso que aparecían o desaparecían con la ayuda de un programa que controlaba por medio del ordenador o la tablet que utilizaba todos los días. Todo esto y mucho más había sido producido por su imaginación y por su trabajo de ingeniero. Esto no significaba que hubiese sido fácil sacarlos adelante, al contrario, había trabajado como un loco durante un año, y otro, y otro más. No tenía novia, ni siquiera una compañera sentimental. A pesar de los consejos de su madre: “Hijo mío, no trabajes tanto, encuentra una muchacha, tendrías que descansar, pasear, divertirte,” él sonreía y no decía nada. Para él divertirse significaba inventar algo nuevo, su trabajo no sólo era importante, era también su principal pasatiempo.
¡Conseguido! Había resuelto el problema. Gianluca miró el reloj que estaba detrás del ordenador, colgado de la pared. Ya era la hora.
¡Apágate! –dijo en voz alta.
El ordenador hizo su sonido característico y después de unos segundos volvió el silencio al apartamento. A continuación Gianluca cogió una mochila que siempre llevaba con él y se fue.

Su empresa, cercana a la antigua estación de radio, estaba bajo tierra. Un pequeño edificio reestructurado era la entrada hacia las modernas instalaciones donde él y sus compañeros desarrollaban sus ideas. No lo había hecho así por secretismo sino porque no quería destruir el bellísimo paisaje de los alrededores de la antigua estación de telégrafos. El edificio que estaba encima de las instalaciones era una especie de museo tecnológico, con modelos (tanto en madera como de metal) de sus inventos. Un ascensor, en el que se entraba sólo por medio de una llave especial que poseía todo aquel que trabajase bajo tierra, daba acceso a los otros pisos: también la llave había sido una invención suya. Sólo él era capaz de hacer una copia. Nadie dudaba que fuese un gran científico pero no alardeaba de ello. En el piso más próximo a la superficie estaban las oficinas de administración y publicidad, en el piso de abajo la planta donde se desarrollaban los proyectos, y en la planta más lejana a la superficie estaban los prototipos. Era allí donde tendría que trabajar esa mañana para resolver los problemas del humanoide. Consistía en un proyecto que había comenzado a desarrollar de manera práctica a comienzos del mes de enero. Desde el momento en que se le había ocurrido la idea había sido consciente de la dificultad de ponerla en práctica, pero esto no le atemorizaba. El reto, esto era lo más importante: aceptar el reto y trabajar para que se convirtiese en realidad.
En aquella habitación estaban amontonados todos los prototipos que había construido en los últimos diez años. Por motivos de seguridad ninguno de ellos funcionaba, a cada uno le faltaba algo, las piezas sustraídas estaban en un lugar que sólo él conocía. En el centro de la habitación había un robot, tan grande como un niño de diez años, sus compañeros estaban reunidos entorno a él: Iva, Federico, Nino, Alessandra, Chiara y Fabrizio. Cada uno de ellos estaba sentado delante de un ordenador intentando resolver el problema que desde había tanto tiempo les estaba volviendo locos. Gianluca se sentó en su puesto, entre Nino y Alexandra. Desde cada ordenador salía un cable que iba a parar a una parte distinta del robot. Dio los buenos días y empezó a explicar la solución que, sólo unas cuantas horas antes, había encontrado.
-Entonces, ¿lo hemos conseguido? –preguntó Iva.
-Creo que sí –respondió Gianluca. –Veamos qué ocurre. ¡Ánimo muchachos!
En aquel momento siete cabezas se concentraron sobre las pantallas de los ordenadores desarrollando lo que Gianluca, de manera impecable, había pensado. Los meses siguientes serían muy duros pero ahora sabían perfectamente qué deberían hacer y cómo hacerlo.


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La Última Oportunidad

Año 2014 en Ancona (Le Marche) un científico, descendiente de Guglielmo Marconi, está a punto de terminar un invento que cambiará la Humanidad.
Año 7485, los animales se han adueñado de la Terra y los humanos se han convertido en sus esclavos.
Hay alguien que no está de acuerdo con esta situación. Toro, un hermoso y enorme toro de lidia tiene algo que decir en la Estancia del Comité, en La Pedriza. Ahora los animales hablan y, desde el momento en que vencieron en la Batalla de la Llanura Padana, son libres para hacer todo lo que desean.
Para arreglar las cosas, sería necesario cambiar iel futuro pero para conseguirlo, habría que cambiar el pasado. Un viaje en el tiempo podría poner las cosas en orden. ¿O quizás no?

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