martes, 29 de diciembre de 2020

CIACCO. L'ENNESIMA INVOLONTARIA INCHIESTA DELL'INEFFABILE DI TUCCIO di Valerio Tagliaferri - RECENSIONE

 

Libro originale e simpatico questo di Valerio Tagliaferri.

Originale per la struttura, cinque capitoli ognuno di essi suddivisi in tante parti che cominciano con la prima frase che, forse, gli è venuta in mente all’autore, forse l’ha fatto di proposito. Comunque, originale.

Simpatico perché il personaggio principale, Corrado Di Tuccio, che fa l’addetto alla pulizia, è in realtà un dottore in Fisica a chi piace le civette, cioè quelle notizie a volte bizzarre a volte da far ridere che alcuni giornali mettono in bella mostra per vendere più esemplari.

Di Tuccio ha un amico che si chiama Tino, fa il poliziotto e abita a Roma. Un giorno chiama Corrado: un suo conoscente, Nacci Fasso, è morto. Lui era un noto giornalista della tv con un programma molto famoso, “Cronaca Rosso Sangue”, sulla tv fanno uno speciale su questo uomo dove si mostrano quattro delle puntate più strabilianti: Lo sventramento di Molfetta; La testa mozzata di Cuneo; Il bagno di sangue di Parma; Il massacro di Genova. È morto di morte naturale, sottolinea il poliziotto affinché Corrado non si metta a indagare su questo fatto. Ma Di Tuccio non potrà fare a meno.

Tra una battuta e un’altra Valerio Tagliaferri fa una critica della società italiana, dei rapporti tra donne e uomini, le relazioni all’interno della famiglia, la vita sconosciuta di quelli che ci sono intorno a noi e a cui non diamo retta. E la cosa più importante: una critica feroce verso i giornalisti di cronaca nera.

Valerio Taglliaferri ha scritto un libro facile di leggere che ci strappa un sorriso e a volte una risata ma che, allo stesso tempo, ti fa riflettere sulla nostra forma di vedere il mondo, sulla compassione e sulla comprensione verso gli altri.

sábado, 26 de diciembre de 2020

LAS CONFESIONES DE UNA CONCUBINA de Roberta Mezzabarba - PRIMERAS PÁGINAS


1. Las confesiones de una concubina

Las confesiones de una concubina. 
No soy nada más.
Nada más que la concubina con mis dolores, con mis insatisfacciones, con mis frustraciones, con mis necesidades puntualmente desatendidas, ignoradas, pisoteadas, vilipendiadas, despreciadas, quemadas en una hoguera.
Soy yo, despojada de toda dignidad, arrodillada sobre el altar de los deseos ajenos.
Obligada.
Forzada a formar parte de lugares angostos que mal se adaptan a mis ansias de libertad.
Al final de cada día sólo queda una penetrante sensación de vacío, dentro, como si me hubiesen robado las vísceras.
Y espero todavía tener ganas de escapar y no escuchar nada más, olvidar este tormento que nunca me abandona.
Por la noche sueño con los ojos abiertos que soy capaz de librarme de los lazos que he dejado que me encadenen y consigo prescindir de ellos. Conseguir prescindir de lo poco que, mendigando, logro obtener de manera vergonzosa.
La mía es una vida de sentido único, la dicotomía entre el dar y el recibir, entre el desgarrador deseo de vivir y la existencia que se consume a cada instante, en un vano intento por recuperar mi vida, como siempre quise.
Y no hay ninguna respuesta desde el vacío lleno de gente que me rodea.
De esta manera he aprendido a refugiarme en el universo solitario de jornadas desvaídas.
Siempre lo he comprendido demasiado tarde y, atrapada, tomaba conciencia del papel que debería personificar en aquel momento de mi vida, en esa situación, mientras de noche los pensamientos se mezclaban con los sueños y los sueños con los recuerdos.
Con el tiempo he aprendido a dejar colgado de una percha del armario el YO que hubiera querido ser y mi vida proseguía inexorable, en un esfuerzo, jamás consumado, por escapar de la incompetencia a la que nadie nunca había puesto remedio.

2. Recuerdos

Desde que era niña he tenido un temor casi reverencial por la opinión de mi familia, de mis padres.
Avanzaba con pasos inseguros en mi vida con un ojo siempre puesto en las reacciones que suscitaban mis acciones.
Nunca, ni siquiera una vez, fue necesario que me dijesen qué les hubiera gustado que hiciese, qué elección hacer, qué decisión tomar.
Una mirada.
Bastaba sólo esto para llevar a cabo, inconscientemente, lo que deseaban.
A lo mejor podría haber tomado una decisión distinta pero esta sensación nunca salió de la antesala de mis pensamientos, por lo tanto no existía en mi cabeza.
Sólo quería complacer, obedecer, además porque era lo único que sabía hacer.
Sin darme cuenta, en aquellos días, la pequeña concubina ha tomado forma y ha comenzado a dar sus primeros pasos.
Recuerdo que amaba con locura las lecciones de música que me daba un anciano director de orquesta que, después de jubilarse, se había establecido cerca de la casa de mis padres.
Esperaba con ansia el jueves por la tarde, el día en que iba a casa del maestro: él me recibía en el salón y me daba lecciones de música, haciéndome practicar con su piano.
Un día, cuando regresaba de la escuela, mientras estábamos todos alrededor de la mesa y mi hermana Silvia estaba haciendo un barullo impresionante en la trona con cucharones y tapaderas, mi madre me sonrió y me dijo:
«Misia, tu padre y yo hemos decidido que ya no irás a clases de música sino que, a partir de la próxima semana irás a lecciones de gimnasia artística en el gimnasio municipal. No es normal que todas tus coetáneas vayan a esas clases mientras que tú, con tu música, ¡cada día te encierras más! »
Fue como un rayo en un día sin nubes. Nada me había hecho presagiar aquel cambio repentino pero, si bien con pesar, acepté la decisión de mi familia sin decir palabra.
No estaba dotada para la actividad física, tanto era así que el profesor me dejaba siempre de última y, a veces, pasaba por alto que hiciera los ejercicios, que hacia ejecutar a todas las demás.
Nunca he tenido la sensación de verme obligada a comportarme de cierta manera, creo haber hecho todo con gran ligereza, guiada por la confiada mano de quien me había traído al mundo.
Si es justo seguir los dictámenes sociales y de comportamiento impuestos por la familia en la que uno crece, es también justo hacerse preguntas, interrogantes con todos los si y con todos los pero que pululan por nuestra cabeza.
Pero yo no tenía, tan ciega era la confianza en las manos que me guiaban.
Guía sabia que exige sin pedir, que obtiene sin solicitar, que acapara sin dar las gracias.
Esa vez, por ejemplo, habría podido decir a mi familia que hubiera querido continuar con las clases de música pero no estaba familiarizada a pensar por mi cuenta.
Todo me parecía tan normal, pensándolo bien, que si me encontraba con que tenía que tomar una decisión no teniendo consanguíneos cerca de mí, detenía el mundo y buscaba consejo.
Consejos, lo más estúpido y arrogante que se pueda pedir y pretender dar.
Mi abuela decía: Una cosa es morir y otra hablar de muerte.
Quizás sólo ella no había tenido nunca la pretensión de manejarme, de moldearme según sus deseos, de seccionarme en partes y luego quedarse con las gratas y desechar las no gratas.
Quizás sólo con ella, sin darme cuenta, el verdadero YO salía fuera y se movía libremente bailando con los ojos cerrados.
Recuerdo que reíamos a carcajadas por las cosas más estúpidas o que nos conmovíamos mirando, en la televisión, las películas de amor que a ella tanto le gustaban.
Me acariciaba los cabellos y me hacía sentir única en el mundo.
Única… una hermosa sensación.
Mi adolescencia nació y floreció a la sombra de severas reglas.
Nunca he salido por las noche ni he pedido poderlo hacer.
Me refugiaba en la música y en la lectura que me permitían evadirme de lo que yo no veía como una prisión, pero que lo era.
1. Las confesiones de una concubina
Las confesiones de una concubina. 
No soy nada más. 
Nada más que la concubina con mis dolores, con mis insatisfacciones, con mis frustraciones, con mis necesidades puntualmente desatendidas, ignoradas, pisoteadas, vilipendiadas, despreciadas, quemadas en una hoguera. 
Soy yo, despojada de toda dignidad, arrodillada sobre el altar de los deseos ajenos.
 Obligada. 
Forzada a formar parte de lugares angostos que mal se adaptan a mis ansias de libertad. 
Al final de cada día sólo queda una penetrante sensación de vacío, dentro, como si me hubiesen robado las vísceras. 
Y espero todavía tener ganas de escapar y no escuchar nada más, olvidar este tormento que nunca me abandona.
 Por la noche sueño con los ojos abiertos que soy capaz de librarme de los lazos que he dejado que me  encadenen y consigo prescindir de ellos. Conseguir prescindir de lo poco que, mendigando, logro obtener de manera vergonzosa. 
La mía es una vida de sentido único, la dicotomía entre el dar y el recibir, entre el desgarrador deseo de vivir y la existencia que se consume a cada instante, en un vano intento por recuperar mi vida, como siempre quise. 
Y no hay ninguna respuesta desde el vacío lleno de gente que me rodea. 
De esta manera he aprendido a refugiarme en el universo solitario de jornadas desvaídas. 
Siempre lo he comprendido demasiado tarde y, atrapada, tomaba conciencia del papel que debería personificar en aquel momento de mi vida, en esa situación, mientras de noche los pensamientos se mezclaban con los sueños y los sueños con los recuerdos.
 Con el tiempo he aprendido a dejar colgado de una percha del armario el YO que hubiera querido ser y mi vida proseguía inexorable, en un esfuerzo, jamás consumado, por escapar de la incompetencia a la que nadie nunca había puesto remedio.
2. Recuerdos
Desde que era niña he tenido un temor casi reverencial por la opinión de mi familia, de mis padres.
Avanzaba con pasos inseguros en mi vida con un ojo siempre puesto en las reacciones que suscitaban mis acciones.
Nunca, ni siquiera una vez, fue necesario que me dijesen qué les hubiera gustado que hiciese, qué elección hacer, qué decisión tomar.
Una mirada.
Bastaba sólo esto para llevar a cabo, inconscientemente, lo que deseaban.
A lo mejor podría haber tomado una decisión distinta pero esta sensación nunca salió de la antesala de mis pensamientos, por lo tanto no existía en mi cabeza.
Sólo quería complacer, obedecer, además porque era lo único que sabía hacer.
Sin darme cuenta, en aquellos días, la pequeña concubina ha tomado forma y ha comenzado a dar sus primeros pasos.
Recuerdo que amaba con locura las lecciones de música que me daba un anciano director de orquesta que, después de jubilarse, se había establecido cerca de la casa de mis padres.
Esperaba con ansia el jueves por la tarde, el día en que iba a casa del maestro: él me recibía en el salón y me daba lecciones de música, haciéndome practicar con su piano.
Un día, cuando regresaba de la escuela, mientras estábamos todos alrededor de la mesa y mi hermana Silvia estaba haciendo un barullo impresionante en la trona con cucharones y tapaderas, mi madre me sonrió y me dijo:
«Misia, tu padre y yo hemos decidido que ya no irás a clases de música sino que, a partir de la próxima semana irás a lecciones de gimnasia artística en el gimnasio municipal. No es normal que todas tus coetáneas vayan a esas clases mientras que tú, con tu música, ¡cada día te encierras más! »
Fue como un rayo en un día sin nubes. Nada me había hecho presagiar aquel cambio repentino pero,  si bien con pesar, acepté la decisión de mi familia sin decir palabra.
No estaba dotada para la actividad física, tanto era así que el profesor me dejaba siempre de última y, a veces, pasaba por alto que hiciera los ejercicios, que hacia ejecutar a todas las demás.
Nunca he tenido la sensación de verme obligada a comportarme de cierta manera, creo haber hecho todo con gran ligereza, guiada por la confiada mano de quien me había traído al mundo.
Si es justo seguir los dictámenes sociales y de comportamiento impuestos por la familia en la que uno crece, es también justo hacerse preguntas, interrogantes con todos los si y con todos los pero que pululan por nuestra cabeza.
Pero yo no tenía, tan ciega era la confianza en las manos que me guiaban.
Guía sabia que exige sin pedir, que obtiene sin solicitar, que acapara sin dar las gracias.
Esa vez, por ejemplo, habría podido decir a mi familia que hubiera querido continuar con las clases de música pero no estaba familiarizada a pensar por mi cuenta.
Todo me parecía tan normal, pensándolo bien, que si me encontraba con que tenía que tomar una decisión no teniendo consanguíneos cerca de mí, detenía el mundo y buscaba consejo.
Consejos, lo más estúpido y arrogante que se pueda pedir y pretender dar.
Mi abuela decía: Una cosa es morir y otra hablar de muerte.
Quizás sólo ella no había tenido nunca la pretensión de manejarme, de moldearme según sus deseos,  de seccionarme en partes y luego quedarse con las gratas y desechar las no gratas.
Quizás sólo con ella, sin darme cuenta, el verdadero YO salía fuera y se movía libremente bailando con los ojos cerrados.
Recuerdo que reíamos a carcajadas por las cosas más estúpidas o que nos conmovíamos mirando, en la televisión, las películas de amor que a ella tanto le gustaban.
Me acariciaba los cabellos y me hacía sentir única en el mundo.
Única… una hermosa sensación.
Mi adolescencia nació y floreció a la sombra de severas reglas.
Nunca he salido por las noche ni he pedido poderlo hacer.
Me refugiaba en la música y en la lectura que me permitían evadirme de lo que yo no veía como una prisión, pero que lo era.


viernes, 25 de diciembre de 2020

TESTIGO DE CARGO de Agatha Christie - RESEÑA

 

Todos recordamos la película con Tyrone Power, Marlene Dietrich, Elsa Lancaster, Charles Laughton y otros grandes actores de los que no recuerdo el nombre. Releyendo las novelas de Agatha Christie que llevan más de 40 años en mi casa me sorprendió un poco ver que en realidad no es una novela larga sino forma parte de un volumen de pequeñas historias. Y debo decir que de un argumento tan sintético se consiguió hacer un gran film. Tanto uno como el otro son impecables y esta vez la película no defraudó al adaptar un relato de la Dama del Misterio a la gran pantalla.

martes, 22 de diciembre de 2020

LA DAMA DE BLANCO de Wilkie Collins - RESEÑA

 

Libro de misterio escrito de manera particular por Wilkie Collins. La historia se cuenta de manera lineal pero la originalidad de Collins estriba en hacerlo mediante los puntos de vista de cada personaje. Cada uno de ellos cuenta lo que sabe, cuando su intervención acaba Collins continua la historia haciendo que otro personaje intervenga. Un libro un poco extraño para el lector del siglo XXI no tanto por el tipo de personajes que aparecen sino por el tipo de expresiones utilizadas, de finales del XIX. "La dama de blanco" posee todos los ingredientes de un folletín, es decir, de las novelas escritas por entregas para un periódico o unos suscriptores que pedían que el autor les entretuviese: una figura (no se sabe si benigna o maligna) que es la Dama de Blanco que aparece y desaparece a lo largo de las páginas; un joven pobre que tiene que buscar trabajo para ayudar a su madre y hermana a sobrevivir y que se encuentra, de repente, involucrado en una historia extraordinaria; el señor tacaño, que vive en su mansión del campo, con dos jóvenes damiselas, su hija y su sobrina; el noble venido a menos que intenta hacer un casamiento provechoso; el abogado de la familia, puntilloso y lógico; el personaje simpático pero al mismo tiempo malévolo. Y flotando entre ellos "La Dama de Blanco" que aparece y desaparece de manera sorprendente. No es un libro para cualquier lector pero si os gusta Dickens, Eugenio Sue o cualquier otro escritor de la época de oro de la novela por entregas, os gustará Wilkie Collins.