lunes, 13 de abril de 2020

Extravagancia Mortal, primera parte

Tenía suerte de ser quien era, el hijo de un padre con dinero; lo que no significó que nunca diese un palo al agua, siempre había sabido buscarse la vida desde pequeño, cuando sacaba sus tesoros a la calle para venderlos a otros chicos del barrio o a quien le interesasen.
Todos los domingos por la mañana una cantidad indeterminada de chiquillos, en la mayoría de los barrios de la ciudad, ponían sus pertenencias, a veces muy queridas, todas bien colocadas, encima de una caja de frutas vuelta del revés y cubierta con un viejo mantel. Regateaban, discutían, pero al final siempre conseguían sacar dinero de un trompo sin cordel, una caja de música sin bailarina, los libros de texto del año anterior, o lápices de colores a medio consumir. Él se había hecho con una mesita de madera que su madre había querido tirar por pasada de moda, y vendía sobre una tela de raso plumillas, tinteros de porcelana, tazas sin asa, correas de reloj, figurillas de cristal de Murano, un tirabuzón de cuando se había cortado el pelo su prima, una tapa de reloj de bolsillo, e incluso el tapizado del sofá cuando la madre se aburría y le daba por cambiar la decoración.
Siempre le había gustado el trapicheo. Con el tiempo se convirtió en una profesión, haciéndose un mediano experto en antigüedades, lo suficientemente experto como para montar su propia tienda a los veintidós años.
No estaba nervioso, tendría que trabajar un poco más para ultimar los detalles pero sabía que sería un éxito, nunca le había salido mal ningún negocio ni nada de lo que había emprendido con ilusión y arduo trabajo; Juan Alfonso se sabía inteligente. Además, siempre estaría la familia para ayudarle a salir de cualquier atolladero en que se metiese, aunque realmente nunca le había ocurrido algo tan grave como para que ellos tomasen cartas en el asunto.
Los relojes de cuco de la trastienda, unos valiosos objetos del siglo XV sólo aptos para entendidos, habían dado puntualmente las nueve de la noche. Casi había perdido la noción del tiempo, de hecho no se había dado cuenta de la hora que era hasta que los relojes lo sacaron de su ensoñación. Se había pasado las últimas cuatro horas ordenando y colocando objetos en los estantes y vitrinas acristaladas y había dejado volar su pensamiento a sus tiempos de chaval; aunque era un hombre joven, su prodigiosa memoria le hizo recordar muchos momentos felices de su infancia. A base de ordenar y darle vueltas a sus recuerdos había olvidado los minutos y los segundos de los que se compone la realidad, lo que no había sido óbice para que hubiera puesto cada cosa en su sitio  con esa exquisita elegancia que lo caracterizaba, la misma con la que había decorado su habitación, de forma tan particular y sensata que todo el que lo conocía, cuando penetraba en su alcoba, sentía una placidez y tranquilidad tales que permanecían en ella más tiempo del que se habían imaginado poder pasar.
Todavía le faltaban un par de cosas, y su vuelta al mundo terrenal le hizo sentir que desde el mediodía no había probado bocado; así que cerró la tienda, conectó la alarma de su invención, y se dirigió a un restaurante italiano, una trattoria, ubicada detrás de la Iglesia de San Andrés: le encantaban los spaghetti, la lasaña y, sobre todo, los canelones con carne. Era jueves y todavía demasiado temprano, tan sólo una pareja de novios comiendo acaramelados unos fetuccini; cogió una mesa al lado de la ventana, pues le gustaba observar la parte de atrás de la iglesia y la oscuridad del callejón.
Al empezar a leer la carta se le abrió aún más el apetito, así que pidió unos espaguetis a la boloñesa, un ossobuco y un tinto del país; poco a poco el restaurante se fue llenando de clientes. Comía despacio, deleitándose con cada bocado; estaba ya en el postre y a punto de pedir la cuenta cuando un hombre, de unos cuarenta y cinco años, se sentó en una mesa próxima a él, traía una carpeta, pidió de comer y, mientras esperaba a que el camarero le sirviera, la cogió y sacó de ella unas ampliaciones fotográficas; Juan Alfonso era una persona discreta y no le gustaba espiar a la gente, pero el hombre estaba tan cerca de él que no pudo evitar observar que aquello que tenía en la mano eran las fotos de unas espléndidas y, al parecer antiquísimas, estufas alemanas de cerámica.
Había oído hablar de ellas, había visto libros de arte y antigüedades en donde aparecían, pero aquello eran fotos. Quizás hechas por el mismo hombre que las estaba mirando o tal vez le podría decir quién había sido el autor de ellas. Siempre había querido viajar a Alemania, o a Suiza, pues sabía que en el Museo Nacional de Zurcí existían dos ejemplares, con asientos laterales, una auténtica maravilla. El helado se le derritió por completo, tan absorto se había quedado; se puso colorado como un tomate pues pensó que el desconocido se había dado cuenta de su mirada inquisitiva, pero cuando miró al hombre vio que estaba tan abstraído como lo había estado él.
Aun así, no sabía como entablar conversación con el desconocido. El camarero vino a resolverle el problema: llegó con la ensalada de brécol, el hombre, apresuradamente, puso las fotos encima de la carpeta, al coger el tenedor las empujó y cayeron al suelo; un par de ellas fueron a parar debajo de la mesa de Juan Alfonso, que se precipitó a recogerlas.
- Gracias – dijo el hombre, que se había levantado con prontitud.
- Realmente bellas, parecen del siglo XIII, y  los mosaicos son realmente exquisitos...
- Sí, creo que sí, gracias señor...
- Seoane, Juan Alfonso Seoane: anticuario.
- ¿Tan joven? – replicó el desconocido – Eduardo Gutiérrez de Brañas, profesor de Historia del Arte en el Instituto Eusebio da Guarda; tanto gusto, siéntese conmigo, por favor.
- Si no es molestia...  – replicó tímidamente Juan Alfonso.
- No, por favor; así tal vez me pueda ayudar.
Mientras Eduardo Gutiérrez comía Juan Alfonso se dedicó a estudiar detenidamente aquellas fotografías, no eran muchas, aproximadamente una docena, y en ellas se veían, desde todos los ángulos posibles, la conformación de dos preciosas estufas alemanas de cerámica: una de ellas, la más pequeña, había sido construida para el uso de un solo individuo pues únicamente tenía adosado un asiento; la otra era de matrimonio, con un asiento a cada lado del cuerpo central. La imaginación de Juan Alfonso hizo que pensara en como en las tardes de invierno el matrimonio propietario se sentaba rodeado de calor por todas partes allí, durante horas; imaginó a la mujer vestida con los complicados tocados suizos de mediados del XIV, ensimismada en un bordado, y al marido leyendo su libro de horas engalanado de hermosas y complicadas miniaturas. Apenas hablaron mientras Eduardo comía, tan sólo de vez en cuando, para contarse pequeños detalles de sus respectivas vidas. Eduardo le contó que no era natural de La Coruña sino de Toledo, pero que desde hacía quince años había sido trasladado a Galicia por el Ministerio de Educación; siempre había vivido aquí, a su tierra iba de vez en cuando, de vacaciones, aunque a menudo aprovechaba las de verano para viajar tanto por España como por Europa, visitando museos y perdiendo mañanas enteras en las tiendas de antigüedades; Juan Alfonso le contó que había dejado de estudiar al finalizar el bachillerato y que, gustándole mucho el mundo del arte, había seguido un par de cursos en la Universidad de Hildenberg, pues siempre había tenido facilidad para los idiomas. Hablaba correctamente, aparte del castellano y el gallego, el inglés, el francés y el alemán; poseía un don para los negocios y, conociendo suficientemente bien el mundo de las antigüedades, había decidido montar una tienda, la cual pensaba inaugurar al día siguiente.
De poco más hablaron; mientras Eduardo remataba su cena con un café irlandés Juan Alfonso volvió al estudio detenido de las fotografías, parecían auténticas aquellas estufas, le hubiera gustado tener una en su casa. Eduardo aún no le había informado de la ayuda que podía prestarle y Juan Alfonso no quería apurarlo, a lo mejor sólo lo había dicho por decir.
- Me gustaría mucho ver su tienda, si me dice donde la tiene, tal vez mañana, que afortunadamente no tengo clase, podría acercarme a visitarla.
- Queda cerca. Si tiene tiempo podría venir ahora conmigo, aún tengo que trabajar un rato en ella antes de cerrarla – respondió solícito Juan Alfonso.
- No quisiera entretenerle innecesariamente, será mejor mañana.
- Como prefiera, venga conmigo y le enseñaré su ubicación.
Pagaron sus respectivas cuentas en la trattoria y salieron al oscuro callejón; hacía una noche agradable, doblaron la esquina y se metieron en la calle del Orzán, no caminaron más de diez minutos, cruzaron a la acera de enfrente y allí estaba Antigüedades Seoane. A pesar de la penumbra en que estaba sumido el interior, la luz de la farola al lado del escaparate dejó a Eduardo vislumbrar la exquisitez de los muebles y de los objetos que contenía, Juan Alfonso le dijo que al día siguiente, a las cinco de la tarde, la inauguraría con unos pocos amigos y que le gustaría que él también apareciera a aquella hora. Eduardo dijo que así lo haría, se estrecharon las manos y el profesor desapareció calle del Orzán adelante. Juan Alfonso desconectó la alarma y entró, cerró la puerta y encendió la luz.
¡Qué hombre más raro! Dice que necesita su ayuda y no vuelve a hablar de ello, tal vez había pensado que era una inconveniencia, no se suele hablar así a un desconocido; bueno, si era algo relacionado con las estufas podría echarle una mano. ¡Qué hermosas eran aquellas estufas! Pensaba mientras desembalaba la última caja, llena de pequeños objetos que debía poner en la vitrina central, en aquella preciosa vitrina de caoba de forma octogonal; ella misma era una antigüedad: había pertenecido a su tatarabuela materna. Su madre, que durante toda su vida se había dedicado a tener hijos (Juan Alfonso tenía ocho hermanos), salir con las amigas de compras, ir a la peluquería, leer y escribir en su diario, hacer mermeladas y conservas, y asistir a fiestas benéficas, había tenido como única profesión la de decoradora; eso hasta que nació su primer hijo, el hermano mayor de Juan Alfonso, que se llamaba Sergio y estaba en la Armada. Pues su madre, como decíamos, cada temporada (que para ella significaban dos o tres años) decidía que tenía que redecorar toda la casa, o al menos parte de ella.
Cuando se casó, su madre le regaló aquella antigua vitrina de caoba octogonal, de metro y medio de alto, con cinco baldas, totalmente acristalada, y en donde los pomos de las cinco puertecillas eran de cristal de Bohemia: una verdadera maravilla que, por supuesto, no vendería jamás. La madre sólo había tenido hijos varones; no sabiendo a quién dar la vitrina acabó en manos de Juan Alfonso pues imaginó que de sus hijos sería el único que la valoraría justamente. Allí fue colocando: un plumier de cuero, que abrió cuidadosamente y en el que pudo admirar por enésima vez todos sus artilugios hechos de nácar con incrustaciones de plata; abrió el guardaplumines, contenía dos plumillas de oro, brillantes; jugueteó un poco con el portaminas, comprobó el filo del abrecartas y la limpieza del sello para el lacre, luego lo cerró. Lo puso con cuidado en el estante superior, al lado de él un bonito huevo de nácar que servía de pastillero y que podía llevarse colgado del cuello. Acabó de decorarla con una mesa en miniatura hecha con alas de mariposa, dos broches de bronce de filigrana y tres boquillas de plata labrada, cada una más larga que la anterior; todas esas cosas le eran muy queridas pero eran tan bonitas que, aunque no las vendiera en la vida, le servirían de reclamo para el resto de las que pondría en el mueble.
Se quedó contemplándola un rato antes de terminar su trabajo, luego rellenó el resto de los estantes con otras menudencias, dio un último vistazo a la tienda fijando su vista en lo que sería el mostrador: una mesa de roble de tamaño mediano, con sus cajones y escondrijos secretos, como tiene toda mesa antigua que se precie. Los relojes de cuco dieron las doce, Juan Alfonso conectó la alarma, cerró cuidadosamente la tienda, sacó, ya en la calle, un mando a distancia, apretó un botón y una pesada y silenciosa plancha de acero ocultó a los curiosos lo que había detrás.
Luego, con paso tranquilo, se encaminó hacia la calle de San Andrés, antes de regresar a su casa, un precioso chalet de principios del siglo XX con jardín propio en plena calle de Juan Flórez, decidió visitar a un amigo, propietario de un Púb. al que solía acudir todos los viernes por la noche. A diferencia de otros días apenas probó el alcohol, no estaba preocupado por la tienda sino sumamente intrigado por el hombre al que había conocido en el restaurante. Tomó un par de cervezas y luego regresó tranquilamente a su casa, una pura anacronía en medio de la ciudad: una casa de campo con su jardín y su torre. Nada se podía hacer por las pintadas que decoraban las paredes exteriores, al principio habían intentado borrarlas pero reaparecían enseguida; era inútil gastar pintura; una pena, uno de los pocos edificios que recordaban que en un tiempo no tan lejano aquella populosa y comercial calle había sido pleno campo; la gente no llenaba las cafeterías y pubs pero se empezaba a notar que al día siguiente comenzaba el fin de semana y que había ganas de juerga. Sacó la llave que abría la verja, en el primer piso de la torre aún había luz, lo que significaba que su padre estaría leyendo o escribiendo en su estudio; un par de gatos pasaron ante él. Su jardín era el refugio de algunos felinos callejeros, era su hermano menor el que les proporcionaba el sustento y había tenido la feliz idea, mañoso como era, de construirles una réplica en miniatura del chalet, donde se refugiaban algunos de ellos cuando la lluvia o el frío eran más intensos.
Subió la media docena de escalones que conducían  a la puerta principal, sólo tuvo que empujarla pues hasta cerca de las dos, que era cuando él solía retirarse a dormir, no se cerraba; todo estaba a oscuras, subió por la escalera hasta el primer piso, llamó a una de las puertas pero nadie contestó, la abrió con sigilo observando que su padre, otra vez, se había quedado dormido mientras leía, apagó la luz y subió a su cuarto. Todas las noches, antes de acostarse, escribía algo en su diario, unas veces más y otras menos, un grueso libro encuadernado en tela azul acero, con cuatro nervios en el lomo y el número cinco grabado en oro. Luego, sintiendo que el sueño lo vencía, bajó a cerrar la puerta, acostándose a continuación. Soñó con las estufas alemanas del profesor de arte: se encontró andando por un bosque de árboles altos y esbeltos, de escasa copa, las hojas doradas del otoño caían a su paso, seguía la vereda limitada por los árboles, un camino ancho y no en exceso sinuoso, el gris del alba lo envolvía, llegó a un claro, a lo lejos vio una casona o un castillo, no distinguía su verdadera arquitectura con esa luz y a esa distancia. Las montañas se recortaban a su espalda, comenzó a andar decidido y en menos tiempo del que había pensado se encontró a las puertas de la edificación: era un castillo semejante al que había visto en las películas, le recordaba aquel de El nido de las águilas, era realmente bello; la puerta estaba abierta.

Los sueños son muy extraños, si hubiera estado despierto no se hubiera atrevido a entrar no habiendo sido invitado, pero le dio la impresión de que la puerta había sido abierta para recibirle, empezó a recorrerlo. En contra de su primera impresión el castillo estaba habitado, se encontró con un montón de sirvientes que iban de aquí para allá, unos llevando jofainas, otros dirigiéndose hacia las habitaciones con bandejas de desayunos, y todos iban vestidos a la moda del siglo XVI. No parecía sorprenderles que un muchacho en vaqueros y con camiseta curioseara por toda la casa: Juan Alfonso creía que no lo veían o que les daba lo mismo. Fue testigo de toda la vida cotidiana de una casa rica (alemana o suiza, no era experto en trajes nacionales.)En un momento fueron pasando ante él todos los instantes del día, hasta llegar a la noche. Empezó a nevar y él seguía recorriendo el castillo sin que nadie interrumpiera sus obligaciones ni hiciera caso de su curiosidad. El edificio era el sueño de cualquier anticuario, en todos los aspectos; vio a un sirviente que llevaba un gran saco de arpillera, evidentemente bastante pesado, pues iba andando totalmente doblado mientras apoyaba una de sus manos en los riñones.

domingo, 12 de abril de 2020

Nuvole Nere, Nuvole Bianche

Molto tempo fa, nella piccola valle, tutto succedeva preciso come un orologio: il sole si alzava presto la mattina, sempre splendente, dopo, il vento soffiava e, con l’aiuto del sole, sciaquava le gocce di acqua che la pioggia della notte, a volte la nebbia, lasciava sull’erba, sui fiori e sulle foglie degli alberi.
I contadini, già svegliati prima di alzarsi il sole, lavoravano fino a mezzogiorno, si fermavano un po’ e guardavano il cielo e le montagne in torno a loro. Si chiedevano, già con angoscia già con desiderio, che cosa succederebbe la sera: pioverà? Nevicherà? Rimarrà il cielo come durante mattina?
Soltanto le nuvole sapevano la verità. C’erano due gruppi: Nuvole Nere e Nuvole Bianche. Dalle Nuvole Nere scendeva la pioggia, dalle Nuvole Bianche cadeva la neve. In inverno c’erano esclusivamente Nuvole Bianche. La valle compariva al mattino bianca e bella. In primavera c’erano unicamente Nuvole Nere, ed allora la pioggia cadeva pian pianino sulla valle. In autunno a volte c’era il sole, a volte c’erano le Nuvole Nere e le ombre erano meno lunghe che durante l’estate. In questa ultima stagione Nuvole Nere e Nuvole Bianche ritornavano a casa sua, da dietro le montagne. Allora il sole, durante tre mesi, era il dono assoluto del cielo e le uniche tracce di tutta l’acqua caduta da nove mesi fa erano l’erba con una altezza mai vista, i fiori di colori scintillanti e gli alberi grandi come chiese.
Succedeva così ogni anno. Tutti erano felici.
Ma, una volta, una piccola Nuvola Bianca, che non capiva perché le Nuvole Nere avevano più giorni di gioco che le Nuvole Bianche, è fuggita dal suo gregge e, mentre le Nuvole Nere stavanno lavorando e lasciando cadere la pioggia sulla valle, si è introdotto tra le Nuvole Nere senza che loro si rendano conto e, allo stesso modo delle sue sorelle maggiori, ha cominciato a liberare la neve che era in sè.
“Cosa succede?” –dicevano le Nuvole Nere guardando stupiti quei fiocchi di neve scendendo tra le sue gocce d’acqua. La nuvola bianca era veramente piccolina e si era nascosta dietro la più grande nuvola nera. Ma, una nuvola nera di simile dimensione, che giocava volando tra le altre nuvole nere, si l’ha incontrata e ha cominciato a urlare.
“Qui, venite qui, c’e un intruso!”
Le Nuvole Nere si riunirono in torno alla piccola nuvola bianca e cominciarono a gridarle. Lei ha iniziato, un’altra volta, a liberare più fiocchi di neve perchè aveva molta paura.
Le Nuvole Bianche si renderono conto: la più piccolina fra loro non c’era. Attravesarono le montagne e volarono rapidamente fino alle Nuvole Nere che seguivano a gritare. La più vecchia tra loro si è messa davanti la piccolina Nuvola Bianca. Tutto è rimasto in silenzio. Durante un po’ le due nuvole parlano e dopo pocchi minuti la più vecchia ha detto:
“Sentite! Ha già capito perché noi giochiamo meno tempo che voi. Questo non significa che siamo meno importanti se non diverse, e ogni cosa, persona, animale, anche le nuvole, hanno una funzione, un lavoro preciso, che devono fare nel tempo adatto”.
La piccola Nuvola Bianca è tornata con le sue sorelle ed è rimasta  dietro le montagne fino al inverno prossimo.


sábado, 11 de abril de 2020

Una bruja moderna, segunda parte

El día siguiente transcurrió con normalidad. Fui al trabajo, tuve un par de reuniones, comí en un restaurante de Santa Cruz con una amiga, volví a casa, seguí trabajando desde mi ordenador, que estaba conectado con la oficina, durante poco más de dos horas y, cuando llegó el momento, cogí el teléfono y llamé a Esmeralda. Todo se había resuelto satisfactoriamente. Mi marido, al parecer, estaba curado. Tenía razón, su amor por mí era fuerte e intenso. Ya no volvería a mirar a nadie más en su vida. Nunca más me sería infiel. De todas formas, faltaba la última prueba, si la pasaba con éxito podríamos volver juntos a casa esa misma noche. Estaba exultante. No me lo podía creer. Le repetí cientos de veces lo agradecida que estaba por todo lo que había hecho por nosotros. Esmeralda, aunque estaba convencida de que había resuelto nuestro problema, deseaba hacer una última prueba: había organizado una pequeña fiesta con unos cuantos amigos para esa misma noche; si Carlos la pasaba, podía estar segura de su definitiva curación, si no la pasaba podríamos intentar todavía otros métodos para sanarlo de su infidelidad. Pero no quería adelantar acontecimientos. De lo que sucediese esta noche dependería nuestra futura actuación con respecto a él.
Nunca había visto tanta gente guapa reunida en un mismo lugar. Las amigas y amigos de Esmeralda eran tan hermosos y fascinantes como ella. Cuando llegué estaban todos degustando canapés y deliciosos licores en el enorme y moderno salón de la planta baja de la casa. No veía a Carlos por ninguna parte.
Esmeralda me recibió engalanada con un ceñido vestido de seda negro, con un discreto escote en la parte delantera, pero que mostraba casi en su totalidad la bien formada espalda de la bruja.
-Voy a buscar a tu marido. Tranquila, todo saldrá bien.
Mientras ella subía las escaleras, camino de la habitación donde había dejado el día anterior a mi marido, sus amigos tuvieron a bien presentarse y darme conversación hasta su regreso. Cuando ella entró de nuevo en el salón, esta vez acompañada de Carlos, pude realmente constatar que se había producido un milagro. Carlos ignorando al resto de la gente que había en la estancia, se dirigió directamente hacia mí y me dio, en presencia de todos, un beso tan apasionado que casi me deja sin respiración. Cuando me recuperé de la sorpresa y miré a mi alrededor, pensando que todos nos estaban mirando, me sorprendí al darme cuenta de que nadie pareció percatarse de lo que había  ocurrido. Semejaba que a ninguno de ellos le interesaba lo que mi marido y yo pudiéramos decir o hacer, y tampoco parecía que a Carlos le importasen ellos. Estaba profundamente asombrada. Realmente esta mujer era una bruja, aunque no como las que nos habían descrito los viejos libros de cuentos y de leyendas.
Estuvimos un buen rato disfrutando de la compañía de Esmeralda y sus atentos y simpáticos amigos hasta que llegó la hora de marcharnos; entonces Esmeralda nos acompañó a la puerta.
-Tenías razón. Te ama mucho y siempre te ha amado. De otro modo no hubiera sido posible una curación tan rápida. Me alegra haberos sido útil.
-Soy tan feliz que no sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por nosotros.
-No tienes que agradecerme nada. Ya es bastante recompensa veros juntos y felices, seguros de vuestro amor.
-De todas formas, tenemos que hacerte algún regalo para demostrar nuestro más profundo reconocimiento –respondió Carlos, sin expresar la más mínima emoción por estar en presencia de una hermosa y fascinante mujer.
-Como queráis pero, repito, no es necesario. Hasta pronto –respondió ella mientras nos estrechaba la mano a modo de despedida.
Nosotros volvimos a nuestra casa con el mismo taxista amigo de Esmeralda que, del mismo modo que el día anterior, nos estaba esperando a la puerta de su vivienda. Antes de que el taxi se pusiese en marcha pudimos oír el eco de las risas y de las animadas conversaciones procedentes del salón de la moderna bruja.
Mientras Carlos y Mariana charlaban animadamente en el sofá de su casa Esmeralda estaba despidiendo a sus amigos en la suya. Cuando por fin quedó a solas siguió la rutina que desde hacía unos años se había impuesto: fue a comprobar que todos sus perros estaban en perfectas condiciones, dejó a cada uno de ellos un caramelo, semejante al que le había dado a Carlos el día anterior, en sus respectivos cuencos de comida; cerró la puerta del jardín, apagó todas las luces de la planta baja, comprobó que tanto la puerta de entrada como las ventanas estaban correctamente cerradas y la alarma conectada y, sólo entonces, cogió un pesado candelabro con una enorme vela azul, la encendió y subió las escaleras para dirigirse a su dormitorio.
Era esta la única habitación que no había mostrado nunca a ninguna de sus clientes; era un sitio íntimo en el que nunca nadie había entrado, ni siquiera sus mejores amigos, ni tampoco ninguno de sus amantes; para esos menesteres poseía otra casa. Esta vivienda de la calle de la Merced era su castillo inexpugnable, al que sólo se accedía por estricta invitación y esta habitación era su celda, su lugar sagrado, donde ella dejaba vagar sus pensamientos con tranquilidad sin miedo a posibles intromisiones.
Era muy parecida a la estancia en donde Carlos había permanecido encerrado las últimas veinticuatro horas sólo que ésta habitación estaba profusamente amueblada con elementos encontrados en anticuarios de todas las partes del mundo. En la habitación había, aparte de una cama con dosel, un baúl a los pies de la misma, dos hermosas y pequeñas mesitas de noche a ambos lados de la cabecera, un armario ropero pegado a una ventana con vidrieras, un enorme buró donde Esmeralda todas las noches, sentada en una cómoda banqueta forrada de terciopelo rojo, antes de sumergirse en la suavidad de sus sábanas de seda, escribía su diario. Al lado una puerta labrada daba paso al vestidor de la moderna bruja. A diferencia de la otra puerta esta no tenía ni cerradura ni pomo que pudiese servir para abrirla. Ni falta que hacía. En cuanto Esmeralda se acercó a ella la puerta se abrió silenciosamente y dejó ver un pequeño cuarto con un sillón de orejas en donde se encontraba un precioso pijama de dos piezas del mismo color que los ojos de Esmeralda. Se lo puso y a continuación salió del cuarto que se cerró a su espalda de la misma manera silenciosa que en su apertura.
Luego se sentó en la banqueta, bajó la pesada tapa y acarició con evidente cariño un enorme libro con tapas de cuero viejo en las que no había ningún tipo de inscripción ni símbolo. Cogió una pluma de ave que había a su derecha, la introdujo en un pequeño y hermoso tintero de plata y, de la misma forma que la puerta, nada más acercar la pluma al enorme libro este se abrió por la página adecuada y Esmeralda comenzó a escribir:

8 de octubre de 2005
He ayudado a otra mujer. Todo ha salido según lo planeado. He perfeccionado el método. Ahora ya no me desespero con ellos, los trato como si fueran niños pequeños. Sigo convirtiéndolos en perros para enseñarles lo que significa la palabra fidelidad y les muestro la foto de su compañera, novia, amante o esposa para que la relacionen con el ser al que deben ser incondicionalmente fieles y también les enseño el dolor que se siente cuando se es ignorado. La mayoría comprenden cómo deben comportarse: los llevo a pasear y les impido que traten con otros perros, al fin al cabo son humanos y no puedo interferir en la relación entre especies, y aprenden que sólo deben obedecer a mi voz y que cuánto más dóciles sean conmigo más cerca están de recuperar su forma humana. Acaban comprendiendo el valor de tener a alguien a quien amar y con el que compartir su vida, sus alegrías y sus tristezas, sus éxitos y sus fracasos. A algunos debo tratarlos más cruelmente que a otros, como a los seis que tengo en el jardín, que todavía no han aprendido la lección, ni creo que la aprendan en la vida. Esos son casos perdidos aunque siempre mantengo la esperanza de que puedan ser curados. Pero en cuanto los vuelvo a convertir en hombres olvidan mis enseñanzas y vuelven a reincidir en su lascivia. Con Carlos fue sencillo; quizás demasiado fácil, espero que no tenga que volver a tenerlo de cliente. Es un hombre muy atractivo y, aunque en todo el tiempo que llevo haciendo este trabajo he conseguido no sentirme atraída por ninguno de ellos, con él me resultó más difícil. Al fin al cabo, aunque bruja también soy humana. Pero yo estoy aquí para ayudar a sus compañeras no para sumirlas en la desesperación por un capricho de mi instinto sexual.
He logrado mejorar la píldora transformadora. Antes, cuando dejaba de surtir efecto, los que la tomaban recordaban, aunque de forma nebulosa, no haber sido ellos mismos durante un tiempo. Ahora he conseguido fabricar un componente que permite que olviden totalmente su etapa de animales y que sólo permanezcan en su subconsciente las pautas de comportamiento que deben seguir con la persona con la que están conviviendo. Tampoco sufren ya con la transformación, como ocurría al principio, cuando era tan lenta que incluso algunos observaban aterrorizados como sus miembros y todo su cuerpo se llenaba de un espeso y oscuro pelo, y cómo sus miembros inferiores eran incapaces de sostenerlos en posición vertical. Lo que antes duraba cinco minutos he logrado reducirlo a apenas treinta segundos. El cambio de naturaleza es casi instantáneo e indoloro y eso también es importante. No deben de sufrir innecesariamente.
Estoy satisfecha con lo que hago y me gusta ayudar a la gente. Espero poder seguir haciéndolo durante muchos años.

Esmeralda dejó la pluma en su sitio, el diario se cerró y ella volvió a colocar en su sitio la tapa del buró. Luego se dirigió a la cama, leyó durante cinco minutos unas cuantas páginas de un pesado libro que tenía en la mesilla de la izquierda, apagó la vela del candelabro y se durmió.
Como todos los días Esmeralda marchó a su trabajo de programadora en una empresa en el polígono de La Grela-Bens. Le gustaba también este otro trabajo que le permitía mantenerse y hacer lo que realmente deseaba: seguir investigando en el comportamiento humano y utilizar sus conocimientos mágicos para hacer de este mundo un lugar mejor. A las cinco de la tarde regresó a su casa. En cuanto abrió la puerta se dirigió apresuradamente hacia el teléfono, que había escuchado empezar a sonar cuando todavía estaba abriendo la puerta. Era Mariana: esa misma tarde iría a visitarla y a llevarle un regalo para demostrar su agradecimiento por todo lo que había hecho por ellos. Esmeralda no puso objeción alguna a su visita.
Cerca de las siete Esmeralda escuchó el ruido de una furgoneta que se acercaba. Descorrió la cortina de la cocina. Eran Carlos y Mariana. Cargaban entre los dos un paquete enorme; no imaginaba lo que podría ser. Abrió enseguida la puerta y bajó los tres escalones que la separaban de la entrada de la casa para ayudarlos a introducir el paquete en el salón.
-Claudia fue la que nos dio la idea. Parece que te conoce muy bien –dijo Mariana.
-Somos amigas desde que éramos pequeñas –respondió Esmeralda comenzando a desenvolver el enorme paquete que habían colocado, no sin esfuerzo, en su despacho.
Le estaba costando sacar todo aquel papel pues el paquete de vez en cuando se tambaleaba; Esmeralda estaba empezando a intuir lo que podría ser. Y había tenido razón: una hermosa y esbelta mecedora de madera con asiento de rejilla, muy parecida a la que tenía su abuela materna, meiga[1] durante muchos años de su aldea del interior de Galicia.
-Muchas gracias. No teníais que haberos molestado.
-Gracias a ti todo se ha arreglado –replicó Carlos –era lo menos que podíamos hacer.
-Ya nos vamos. Gracias de nuevo –dijo Mariana.
-Espero que no volváis a necesitar de mis servicios como experta, como amiga siempre estaré a vuestra disposición.
-Lo tendremos en cuenta. Ahora debemos irnos. Vamos a celebrar nuestro aniversario de boda –explicó el feliz matrimonio mientras bajaban la escalera que conducía hasta la salida de la casa.
Esmeralda estrechó las manos de ambos y los despidió con un fuerte abrazo de agradecimiento. Generalmente la mayoría de las personas a las que había ayudado no se acordaban más de ella después de resolver sus problemas. Era evidente que Carlos y Mariana eran distintos. Nada más irse subió corriendo las escaleras; quería observar con atención la mecedora. Puede que fuesen imaginaciones suyas pero el mueble le resultaba tremendamente familiar. Entró como una tromba en el despacho, levantó la mecedora y la volteó totalmente. Allí estaba. Su intuición no le había fallado. Semioculta por el polvo de años, en la parte frontal e interior de una de las espirales, el dibujo que ella había grabado con una pequeña navaja cuando sólo tenía siete años y su abuela empezó a introducirla en los misterios de la magia, las pociones y los sortilegios. Era la mecedora de su abuela.





[1] En gallego, bruja

viernes, 10 de abril de 2020

Una bruja moderna, primera parte

Le haría caso a su amiga Claudia. Pediría ayuda profesional. Estaba más que harta de las infidelidades de Carlos. Le habían hablado mucho de ella y de lo bien que había resuelto siempre hasta las situaciones más complicadas. Nunca había creído en esas cosas pero le parecía que ya era hora de probar otros métodos distintos a los tradicionales. Ni las visitas a los psicólogos, ni las más extrañas asociaciones de ayuda a las relaciones de pareja habían ayudado. Carlos seguía engañándola con otras y otros. Era realmente desesperante porque, a pesar de todo, ella lo quería. Pero ya no podía soportarlo más.
Él, para colmo, le contaba todo y siempre, siempre sin excepción, le pedía perdón y juraba y perjuraba que nunca más lo volvería a hacer. Tanto le daba el físico de la persona con la que la engañaba. Hubo un tiempo en que era ella quien elegía los secretarios y secretarias de Carlos. Era inútil. Aunque fueran más feos que Picio, Carlos terminaba liándose con sus empleados o empleadas.
Ella no dudaba de su amor. Se lo había demostrado con creces durante todos estos años, pero Carlos era polígamo por naturaleza y no podía evitar tener relaciones sexuales con otras personas, fuese cual fuese su físico o su nivel económico o intelectual. Tanto le daba. Ya había desistido de intentar controlarlo. ¡Pero le habían hablado tan bien de ella…! Si esto fallaba tendría que pensar seriamente en separarse de Carlos, a pesar de lo mucho que lo amaba.
Se acomodó en el sofá del salón de su preciosa casa de Bergondo, una población cercana a Coruña, cogió el teléfono y marcó el número que le había facilitado su amiga Claudia. Mientras lo hacía dudó por un momento si realmente contar a una extraña su problema. Claudia había insistido en que era la única persona que podría ayudarla si realmente quería curar a Carlos de su obsesión.
Estaba a punto de colgar el teléfono arrepentida de querer contratar los servicios de una bruja cuando, una hermosa voz femenina, respondió al otro lado de la línea:
-¿Diga? Esmeralda resolverá cualquier problema que tenga. Espere unos segundos, estoy atendiendo otra llamada; en breve, será atendida.
Odiaba los contestadores. A veces, como en esta ocasión, estaban tan bien construidos los mensajes que antes de que te dieses cuenta estabas contándole tus problemas a una máquina. Al contrario de lo que solía ocurrir en este tipo de situaciones, la música de espera era tan hermosa que no sentía tentaciones de cortar la comunicación sino de esperar indefinidamente deseando que aquella bella melodía no acabase jamás. Evidentemente, bruja o no bruja, aquella mujer sabía tratar a la gente si era capaz de conseguir tenerte colgada al teléfono esperando pacientemente a ser escuchada.
Mientras aguardaba intentó ordenar sus ideas. ¿Qué iba a decirle a la mujer? ¿Cómo abordar el tema? Le daba tanta vergüenza. Siempre le había costado mucho expresar sus sentimientos. Le habían dicho que era mucho más sencillo hacerlo cuando te abrías ante un extraño, como cuando te confesabas con un cura. Pero ella nunca lo había hecho; sus padres eran ateos y nunca se les pasó por la cabeza bautizarla y, mucho menos, llevarla a misa ni nada semejante. Esto había sido un enorme problema cuando ella era niña pues, al contrario que sus progenitores, los padres de ambos, eran católicos fervientes y nunca aceptaron esa decisión. Ella, aunque víctima ocasional de alguna que otra pequeña depresión, nunca había pedido ayuda para aliviar sus problemas emocionales o existenciales. Siempre había logrado salir a flote gracias a su fuerza de voluntad. A pesar de que había intentado buscar remedio a los problemas de relación con Carlos nunca había conseguido nada positivo. No había manera de solventar el problema por sus propios medios. Estaba desesperada. Si Esmeralda no podía encontrar la solución a las infidelidades de Carlos dudaba que otra persona lo consiguiese.
Claudia le había repetido una y otra vez que ella sabría cómo resolver su problema, que era infalible pues muchas amigas suyas habían conseguido cambiar totalmente la manera de actuar de sus compañeros, novios y maridos con su ayuda. Nunca. Nunca había fracasado.
Mariana dudaba de la existencia de nadie tan perfecto. Seguro que Claudia no le estaba diciendo toda la verdad. Pero necesitaba creer en la infalibilidad de Esmeralda.
La música cesó de repente y la misma voz de antes se escuchó al otro lado:
-Buenos días. Habla con Esmeralda. Perdone la espera. ¿Cuál es su problema?
-Mi marido me es infiel –respondió Mariana sorprendida por lo fácil que le había resultado expresar sus sentimientos.
-Si lo que desea es venganza, no podré hacer nada. Si lo que realmente quiere es que le ayude a cambiar los sentimientos de él hacia usted, tampoco podré hacer nada. Si lo que espera es que cambie de actitud con respecto a las personas con la que la engaña, podré entonces echarle una mano. Pero, en cualquier caso, tiene que existir un sentimiento positivo de su hombre hacia usted, de lo contrario no hay nada que hacer.
-Sé que él me ama, lo que no puede evitar es liarse con todo bicho viviente, sea guapo o feo, hombre o mujer. ¿Qué puedo hacer?
-¿Podría venir a mi consulta mañana por la tarde a la caída del sol? –respondió con su voz melodiosa Esmeralda.
-No creo que haya ningún problema. Lo que desearía saber es cuánto me van a costar sus servicios.
-Esta clase de servicios son gratuitos.
-¿En serio?
-Si usted, agradecida, quiere hacerme algún regalo no lo voy a impedir, pero no tiene la obligación de hacerlo. Nunca acepto dinero. No es necesario.
-Perfecto. ¿Dónde tiene la consulta?
Esmeralda me dio la dirección. Conocía el sitio: una pequeña y bonita casa en la calle de la Merced. La única casa unifamiliar que resistía a la creciente urbanización de la zona.
No tuve que convencer a Carlos de ir a visitarla. Él deseaba tanto como yo arreglar esta situación incómoda que duraba desde casi recién casados. A él le pareció bien que yo hubiera tomado la iniciativa. Haría todo lo posible para que todo saliese bien. Lo malo de todo esto es que Carlos era guapísimo y que rara vez se le resistía nadie si él lo abordaba para conseguir tener relaciones sexuales con esa persona. ¿Y si Esmeralda no era inmune al tremendo atractivo de Carlos? ¿Y si acababa liado con la supuesta bruja? Mariana esperaba que esto no ocurriese. Claudia le había asegurado que Esmeralda nunca se había relacionado, más allá de lo estrictamente profesional, con ninguno de sus clientes. Mariana deseaba que esto fuese cierto. Sólo faltaría que Carlos enamorase a la bruja para decidirla, definitivamente, a abandonarlo.
Llegaron a casa de Esmeralda poco antes de que definitivamente se hiciese de noche. Cruzaron la pequeña verja y subieron los tres escalones que los separaban de la puerta de entrada de la casa. No había ningún timbre a la vista pero sí un pequeño llamador de bronce con forma de mano sosteniendo una pequeña bola que, por lo que pudo vislumbrar Mariana, tenía grabada someramente un esquemático mapamundi. Aunque débil, el sonido del llamador debió de surtir efecto pues casi antes de que se extinguiese su eco una mujer alta, con una silueta que quitaba el aliento, una larga y espesa cabellera negra, de ojos verdes y rasgados como los de algunos gatos, vistiendo un ceñido mono negro de tela vaquera, les abrió. Enseguida Mariana se dio cuenta de lo que pasaba por la mente de Carlos pero, al contrario de lo que había observado otras veces, Esmeralda no pareció darse cuenta de nada. O quizás realmente era inmune al evidente atractivo de su marido. Esto que observara le dio pié a sentir cierta esperanza con respecto a su curación.
-Bienvenidos a mi casa. Pasen –dijo Esmeralda retirándose a un lado y haciendo un gesto invitándoles a franquear el umbral.
Carlos estaba como atontado por la visión de la bruja. Mariana también había quedado impresionada. Nunca había conocido a nadie como ella. Emanaba una tranquilidad y una confianza en si misma que nunca había notado en ninguna de las personas que conocía ni había conocido nunca. Tal vez ella realmente pudiera ayudarles.
La casa era enorme, decorada de forma moderna pero con muy buen gusto. Tenía todas las comodidades inimaginables. Si Mariana esperaba encontrar un ambiente oscuro, lleno de símbolos esotéricos, con gatos por todas partes, desorden, telarañas y demás tópicos se llevó una grata sorpresa al constatar la extrema limpieza y orden que reinaban en la morada de Esmeralda. Nada de gatos, pero sí una media docena de perros, cada uno en su caseta, en el jardín que la bruja poseía en la parte trasera de la casa, y al que se accedía desde una puerta acristalada que había en la cocina. Todos estaban muy bien cuidados y parecían muy amistosos y dóciles. Adoraban a Esmeralda,  a la que seguían fielmente mientras nos mostraba el hermoso y cuidado jardín que poseía, y seguían con la mirada los movimientos de la bruja. Ninguno de raza pura, cada uno con un tamaño y carácter distinto, pero todos, absolutamente todos,  pendientes de sus menores gestos y, evidentemente, fascinados por la melodiosa voz que de vez en cuando les dedicaba un halago o les daba una orden. Nunca habíamos visto animales tan bien educados, cariñosos y fieles como aquellos perros.
Luego Esmeralda nos llevó hasta su despacho, en la planta alta de la casa. La estancia estaba decorada de forma bien distinta al resto del edificio: una mesa grande y circular ocupaba el centro de la habitación, cubierta por un tapete de terciopelo rojo bordeado por infinidad de flecos de color morado; todas las paredes estaban cubiertas de estanterías donde se almacenaban los más diversos y dispares objetos, desde las típicas lechuzas que se podían ver en todas las consultas de adivinos, videntes y similares, hasta libros de esoterismo, conjuros y demás temas afines, pasando por pequeñas muestras de cerámica provenientes, pensaba, de los más variados países y culturas. Una araña de siete brazos, imitando los antiguos candelabros medievales, se cernía sobre el mismo centro de la mesa. En la única pared libre de estanterías había una alacena con frascos de cristal tallado y de cerámica, cada uno con su inscripción en letras que yo, por alguna razón que ignoro, pensé que eran de tipo gótico. Por lo menos la apariencia de los recipientes era bastante parecida a los que había visto una vez cuando visité la Farmacia del Palacio Real de Madrid. No pude discernir si eran auténticos o unas buenas imitaciones, de cualquier forma eran objetos muy bellos. La única concesión a la modernidad era una pequeña nevera al lado de la alacena en la que Esmeralda acumulaba una ingente cantidad de botellines de agua. Al lado de esta, una puerta de madera labrada con una gran cerradura.
Esmeralda nos pidió que nos sentásemos alrededor de la mesa.
-Puedo ayudaros con vuestro problema, siempre que ambos estéis de acuerdo en que deseáis resolverlo –dijo mientras nos taladraba con su mirada intensamente verde.
Carlos y yo asentimos con un gesto. De reojo miré a mi marido que, desde que habíamos llegado a la casa, no apartaba la mirada del rostro de Esmeralda, como si estuviese hipnotizado. Nunca lo había visto así. Estaba empezando a arrepentirme de haberlo traído.
-Tu marido deberá permanecer en esta casa un tiempo determinado, que dependerá de la intensidad de su deseo de curarse. Cuanto mayor sean sus ansias de resolver el problema menor será el tiempo que permanezca bajo mi techo. Vuestro caso parece grave, dada la intensidad de sus sentimientos hacia mí, pero si, como dices, él realmente te quiere, todo se resolverá de la mejor manera en poco tiempo. Espero que no me hayas mentido al respecto –dijo Esmeralda.
-Sé positivamente que me ama; en todos estos años no he dejado de sentir la profundidad e intensidad de sus sentimientos. Sé que sus otras relaciones son exclusivamente algo físico, algo que no puede evitar, como cuando pasas por al lado de una pastelería y ves un apetitoso pastel de crema y a pesar de que sabes que no te conviene no puedes escapar de su atractivo aspecto.
-Bien, si tan segura estás empecemos con el tratamiento.
Esmeralda se levantó y se dirigió primero a la alacena, la abrió y de un frasco de cristal tallado de color rojo sacó lo que parecía un apetitoso caramelo de fresa; luego, abrió el frigorífico y sacó un botellín de agua. A continuación se dirigió a Carlos, que no había dejado de seguirla con la mirada, y le dio el caramelo y el agua. Mi marido, dócilmente, siguiendo sus indicaciones se tragó la pequeña píldora acompañada de un buen trago de fresca y transparente agua. Luego Esmeralda lo cogió de la mano, descolgó una enorme llave que había en la parte superior del marco de la puerta de madera labrada, la metió en la cerradura e hizo girar sin apenas esfuerzo la descomunal llave en ella. La puerta se abrió suavemente, sin emitir sonido alguno, y dejó ver una espaciosa habitación con las paredes de piedra en donde únicamente, por todo mobiliario, había un gigantesco y mullido cojín en su centro.
-No tengas miedo, es una habitación preciosa, quédate aquí un rato, yo volveré enseguida y entonces hablaremos –dijo con voz suave aquella extraña bruja que no fabricaba pociones ni hechizos.
-¿Qué le has dado? Parecía un caramelo.
-Es un caramelo, no tiene nada especial. Ahora va a pasar aquí la noche, él y yo hablaremos y mañana, a esta misma hora, llámame y te informaré del resultado de nuestros esfuerzos por curar a tu marido. No tengas miedo. No le va a pasar nada. Sólo necesita un ambiente adecuado para reflexionar y pensar en su futuro contigo.
¿Qué podía perder? Lo peor que podría ocurrir es que Carlos se enamorase de la bruja, lo cual me parecía que ya había ocurrido. Pero ella no parecía interesada en lo que mi marido pudiese sentir o no por ella. Emanaba seguridad en si misma y me hacía sentir una confianza en que todo se arreglaría que no había experimentado ni con los asesores matrimoniales ni con todas aquellas extravagantes asociaciones de apoyo a las que habíamos recurrido en los últimos años intentando solucionar su infidelidad.

Después de dejar solo a Carlos en aquella habitación, semejante a una celda de una monja de clausura, Esmeralda y yo fuimos a la cocina donde ella preparó un té; durante unos minutos, mientras degustábamos el delicioso brebaje, hablamos de cosas de mujeres, como si fuéramos dos viejas amigas que no nos habíamos visto desde hacía años. Luego, recordándome que debía comunicarme con ella al día siguiente, me acompañó hasta la puerta, donde había un taxi esperándome. El taxista era amigo de Esmeralda y no quiso cobrarme la carrera hasta mi casa. Le agradecí el detalle y, aunque quise darle una propina por su amabilidad, no quiso aceptarla. Entré en casa y no tardé en meterme en la cama y caer dormida casi antes de acabar de apoyar la cabeza en la almohada.