Mi è piaciuto anche se i libri scritti tramite un insieme di lettere tra i personaggi non mi piacciono molto, faccio fatica a leggerli. Però, questo libro è di Andrea Camilleri, un grande scrittore. È così no presso il libro e ho cominciato a sfoggiarlo. Non conosco la Sicilia, soltanto quella di Montalbano che ho visto tanti volte sulla TV (in italiano) ma mi sembra che i personaggi di questo libro siano molto tipici di quella regione e quel tempo. È un libro che si legge con piacere e dove ogni lettera è stata scritta con la personalità di chi lo fa, con i loro difetti e le loro pensieri. Le lettere che inviano il Delegato di P. S. e il Maresciallo dei RR CC al Signor Questore di Montelusa e al Capitano Comandante RR CC, sono dei paragrafi più simpatici di tutto il libro.
Cuentos en castellano, gallego e italiano. Libros de María Acosta Díaz. Traducciones de libros. Reseñas de libros en castellano, gallego e italiano.
sábado, 3 de octubre de 2020
LA SCOMPARSA DI PATÒ di Andrea Camilleri - RECENSIONE

viernes, 2 de octubre de 2020
LA CORONA DEL RE LONGOBARDO di Marco Vozzolo - RECENSIONE
Acquistato il cartaceo di 600 pagine ho goduto della lettura di questo libro che racconta la storia della corona del re Ragadisio, come è diventata una reliquia e la lotta tra guelfi e ghibellini a Pistoia. Un libro realistico per quanto riguarda l'ambientazione e la maniera di agire dei protagonisti: il cavaliere ospitaliere Ruggero, la nobiltà di Pistoia, la vita dei popolani. Anche la storia di come si crea una reliquia e come da un episodio storico si può creare una leggenda. Si parla anche della avidità del potere della Chiesa e del coraggio degli uomini per lottare per i suoi, per la sua libertà e per la verità. Un libro coinvolgente e bello.

domingo, 20 de septiembre de 2020
Veneficus, el Embaucador de Piko Cordis - Primeras páginas
Marquesa
de Morvan, cuando hayáis leído esta carta habré cruzado la
frontera francesa. Voy a ver a la baronesa Von Wiffen que habéis
conocido en el baile de Bordeaux. La duquesa de Beaufortain ha usado
todo su poder para hacerme huir de París, de Versalles y de todos.
Aquellos a los que creía amigos son mis detractores más duros. Si
Dios quiere espero que sigáis siendo mi amiga y confidente. Mathis
Armançon
Francia, verano de 1781
El
castillo del marqués de Villedreuil era la referencia para todos los
aristócratas que hacían de la frivolidad su modus vivendi.
No ser invitados a aquella magnífica mansión donde incluso sus
Majestades habían sido hospedadas, significaba ser un noble
provinciano. El
salón donde tenía lugar la recepción era lujoso y luminoso. El
techo, lleno de frescos llevaba la firma de una escuela pictórica
italiana, reproducía temáticas bucólicas que daban al ambiente un
estilo refinado. En las paredes, tapicería de damasco rojo. Desde el
techo colgaban arañas con varios círculos superpuestos, donde los
cristales de prisma reflejaban la luz de las velas colocadas
alrededor.
La
duquesa Flavienne llevaba puesto para la ocasión un vestido de color
rosa intenso orillado de organza azul turquesa mientras que el conde
Mathis Armançon llevaba un traje color tabaco. El joven, desde hacía
tiempo, se relacionaba con la noble Flavienne de Beaufortain,
poderosa y rica dama de mediana edad. Aquella
tarde una multitud de personas abarrotaban la mansión del señor
Jean-Baptiste de Villedreuil, una construcción de origen medieval
con modificaciones de varias épocas. El esplendor de los mármoles,
molduras, piedras labradas y ornamentos miniados, consagraban el
orgullo y la gloria de la poderosa familia que lo habitaba. El linaje
Villedreuil se enorgullecía de su descendencia nobiliaria que
incluía valientes generales involucrados en batallas y guerras al
lado de los reyes de la dinastía Capeto. Un noble de esta dinastía
era recordado por haber estado entre aquellos que salvaron al
soberano Luis IX del rapto tramado y dirigido por el conde de
Bretagna.
–Conde,
¿vislumbráis a la marquesa de Créquy? ―preguntó madame
Flavienne a su acompañante acariciándole la mano.
–No,
desde aquí no consigo verla, os dejo un
momento para buscarla.
La
duquesa, que se había agenciado una copa de Chablis, lo degustaba
complacida, encantada por aquel suave néctar obtenido de uvas
amarillentas de Borgogna.
El
conde llegó hasta su benefactora avisándole de la llegada de la
marquesa.
Las
dos amigas, después de efectuar los saludos de rigor, se pusieron al
día.
–Duquesa,
estoy muy contenta de volveros a ver y de tener la oportunidad de
hablar con vos. Soy
la embajadora de mi amado primo el cardenal de Rohan que os hace
oficial la invitación a su castillo de Saverne para conocer al Gran
Maestro Cagliostro, su invitado de honor. Como ya
hace tiempo habéis solicitado,
seréis recibida dentro de un mes. Su Excelencia ha hecho de todo
para organizaros una semana en compañía de las personas que vos
deseáis y de Alessandro Cagliostro.
La
dama tomó de manos de la marquesa la invitación tan esperada para
luego dársela al conde Mathis. Las
dos damas continuaron conversando placenteramente para, a
continuación, unirse a los otros huéspedes y proseguir la velada en
su compañía. El
conde guardó cuidadosamente en el bolsillo de la casaca la
invitación para Saverne del cardenal y en la primera ocasión que
tuvo a
solas con la duquesa, durante la velada, volvió a
retomar la conversación:
–Al
final habéis conseguido alcanzar el objetivo que desde hacía tanto
tiempo os habíais prefijado, me complace. Ahora os esforzaréis para
llevar a cabo los diversos proyectos que más os preocupan. Pero,
decidme, ¿qué sabéis de Cagliostro?
–Poseo
alguna información sobre él, es huésped en el castillo de Saverne
de mi amigo el cardenal Rohan desde hace un año y se esfuerza para
sanar a las personas. Con sus artes y sus experimentos satisface las
expectativas de mi amigo.
La
duquesa miró a su alrededor derrochando sonrisas de circunstancia a
los invitados que le demostraban su benevolencia y con un movimiento
de la cabeza les respondía satisfecha. Respondió
el conde con un gesto de desilusión:
–Las
noticias con respecto
a él, comprendidos los diversos chismes, son las que todos saben,
me muero de ganas
de conocerlo
―exclamó con
una mirada cómplice en dirección a Mathis.
–¿Habláis
así porque querríais aprovecharos de sus poderes por alguna razón?
–Es
verdad, conde, no os equivocáis, es más, estoy meditando una
estratagema para poder rehacerme de un intolerable
incumplimiento.
El
conde levantó una ceja intuyendo las astutas intenciones de la
duquesa. Cambiando de tema señaló a una dama que llamaba su
atención.
–¿Habéis
notado el entusiasmo de madame
de Lamballe?
Sus ojos están brillantes de felicidad...
–Creo
que sé porqué están tan radiantes. Está a punto de organizar una
fiesta que, como de costumbre, hará de tapadera a los deseos de la
reina.
–¿Esperáis
una invitación también para nosotros dos? ―replicó
inmediatamente el conde.
–¿Por
qué dudáis todavía de mi indiscutible
comportamiento, mi dedicación
a la Corte,
como mis relaciones de
salón, no os han hecho entender
lo que yo represento? Sabéis bien quién soy, no lo olvidéis. La
protección de la soberana me interesa mucho.
La duquesa
se acercó a los otros nobles para rendir homenaje a la princesa
María Teresa Luisa de Savoia - Carignano, viuda de Luigi Alessandro
di Borbone, príncipe de Lamballe, en ese momento amiga íntima de la
reina María Antonietta. Mientras
tanto la sala había sido enriquecida con
nuevas personalidades prominentes y los dos cómplices se mezclaron
con los otros huéspedes, la duquesa se informó sobre los
acontecimientos de moda durante la estación, el conde emprendió una
conversación sobre la literatura inglesa con algunas damas.
La
condesa Chalons, amiga de la duquesa, después de haber expresado su
opinión sobre los nobles que intervenían
en la fiesta, con su elocuencia, puso en conocimiento de la amiga un
último chisme.
–Me
han dicho, querida amiga, que el conde Cagliostro se quedará en la
mansión del cardenal Rohan durante mucho tiempo y que os invitará a
pasar unos días en su compañía en Saverne.
–¿Cuándo
debería ocurrir eso que afirmáis?
–Perdonad,
pero no he acabado, debéis saber también que la recepción de la
princesa de Lamballe, por encargo de la
reina, se desarrollará en los mismos días en que el emperador
Giuseppe II estará en Francia.
–¿El
hermano de nuestra reina estará en la corte?
–Sí,
ha sido confirmado. Sin embargo, pienso que para vos será complicado
escoger entre la reina y Rohan, no se le puede decir no a ninguno de
los dos.
La
observación de la condesa llamó la
atención de su interlocutora que, en ese momento, fue asaltada por
un increíble dilema y, para no ser tomada por sorpresa, respondió:
–Confiad
en mí, querida amiga, no cometeré errores diplomáticos. La
circunstancia me obligará a una elección pero, no lo dudéis,
escogeré de la mejor manera.
Después
de decir esto, la duquesa y la condesa se separaron. Pero, mientras
tanto, la angustia se había introducido
en la cabeza de la noble
dama. Ella no podía estar en dos lugares
al mismo tiempo, de todas formas creyó que sabría cómo actuar. La velada
transcurrió alegremente entre manjares soberbios y bebidas añejas.
El conde Mathis se entretuvo con el dueño de la casa conversando de
esgrima. Jean-Baptiste se enorgullecía de una prestigiosa colección
de armaduras y, vanidoso como era, quería mostrárselas al joven.
Las dos salas del tesoro incluían una miríada de panoplias y
corazas dispuestas sobre un lado de la pared, una serie de yelmos con
cimeras y otros de tipo barbuta1.
Los pertrechos completos, pertenecientes a personajes ilustres de la
historia, se apoyaban sobre tapices provenientes de Savonnerie.
El marqués
de Villedreuil, como sus antepasados, amaba la confrontación en el
campo, las campañas militares, pero también las reuniones mundanas
y los bailes, subyugado por aquella vanidad de la que no podía
sustraerse. A última
hora de la tarde, después de las diversiones y los juegos de cartas,
Mathis y la duquesa decidieron tomar el camino de vuelta a casa.
Durante el trayecto en la carroza la mujer, más resuelta que nunca,
pidió al joven que cumpliese una misión en su nombre.
–Conde,
sabéis perfectamente cuánto me fío de vos, por desgracia debo
poneros al corriente de que, durante los días de fiesta de la
princesa de Lamballe, no estaremos juntos...
–Madame,
¿vais a dejarme sólo en vuestro castillo?
–No he
dicho esto, vos no vais a estar solo en mi mansión. Es más,
tendréis mucho que hacer, trabajaréis para mi demostrándome
vuestra lealtad.
El joven
insistió:
–¿Qué
queréis decir exactamente?
–Esos
días vos iréis al castillo de Saverne y, justo en ese lugar,
conoceréis a muchas personas entre las que se encuentra el conde
Cagliostro. Lo que quiero es un informe detallado de lo que ocurra y,
sobre todo, desearía también poseer algunas de sus pociones para
mis fines.
El conde
se quedó en silencio escuchando con solicitud las instrucciones de
la mujer, comprendiendo que la duquesa había decidido no aceptar la
invitación de Rohan.
–Sí,
haré como ordenáis, pero no os escondo la desilusión que me
provoca el alejarme de vos.
–Mi
queridísimo Mathis, después de todo sólo deberéis ser paciente
durante unos días.
–¿Unos
días? –exclamó desesperado el noble
–Sí, lo
habéis entendido, pero no os angustiéis, veréis como la diversión
no os va a faltar, sin embargo, cuidado, debéis recordar siempre que
estaréis allí para desempeñar una misión que es muy importante
para mí.
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miércoles, 16 de septiembre de 2020
El aroma de los días de Chiara Cesetti - Primeras páginas
―¡Gracias a Dios! Ha terminado
―¡Qué noche, qué noche!
Las dos mujeres se movían nerviosas
intentando poner orden entre los objetos esparcidos por la cocina. Se
paraban de vez en cuando sin motivo, arrugando con nerviosismo el
delantal con las manos o apartando de los ojos un invisible mechón
de cabellos.
―Es un milagro que haya acabado
bien.
―¡Qué va! No es un milagro ―.
La voz del doctor Marinucci les hizo volverse de golpe hacia la
puerta. ―No es un milagro, Ada, Ha sido un parto largo pero no
arriesgado. Giulia ha sufrido pero se recuperará enseguida y el niño
está sano y es fuerte. Y ahora, ¡preparadme un buen café! ―dijo
batiendo las manos.
La sonrisa del médico deshizo en un
instante la tensión y por primera vez Ada y María comenzaron a
saborear la esperada alegría que es el nacimiento de un niño. Desde la ventana entró el primer
rayo de sol.
El invierno había sido largo, casi
interminable, pero el día en que nació Antonio un templado sol
prometía una reposada primavera. Las preocupaciones de la noche habían
dado paso a la satisfacción por el jubiloso acontecimiento. A los
ruidos inquietos de las horas precedentes les había sucedido un
silencioso respetuoso por las fatigas vividas por la madre. Ahora
Giulia reposaba al lado del niño de cabellos y ojos oscuros. El pequeño tenía la forma ancha de
los ojos de ella y el color oscuro del padre. Los minúsculos labios
fuertemente cerrados en una mueca sin expresión le daban el aspecto
dudoso de quien, totalmente indefenso, ha caído sin quererlo en un
lugar desconocido. Giovanni tenía miedo de tocarlo.
Estaba envuelto en mantas, bien
fajado, abrigado por una de las innumerables colchas de lana que las
tías habían confeccionado para él.
―Cógelo en brazos ―le dijo
Giulia.
―No, no. Es tan pequeño ―respondía
mientras miraba con temor la pequeña cabeza que colgaba todavía
inerte. Ella reía por su miedo y haciendo cosquillas en el mentón
del niño conseguía ya arrancarle una sonrisa.
Era una mujer bastante pequeña de
estatura, con un cuerpo bien proporcionado que la hacía parecer más
alta de lo que era en realidad. En el rostro, no especialmente
hermoso, encuadrados por espesas cejas, resaltaban luminosos sus ojos
color avellana en los que la vivacidad se veía contenida, a duras
penas, por el esfuerzo de reflexionar antes de hablar. Se
transparentaba a través de su persona una solidez de las propias
convicciones que le hacían de escudo contra las dificultades
cotidianas y, a pesar de que todavía era muy joven, tenía la
silenciosa capacidad de conquistar su lugar en cualquier
circunstancia.
Giovanni, en cambio, era alto, casi
poderoso, y era, según decían todos, un hombre hermoso. No pocos se
habían asombrado cuando había pedido a Giulia casarse con él pero
sólo porque no sabían leer en su alma. La había conocido en casa
de un pariente común y enseguida había sentido en aquella pequeña
mujer algo que no encontraría en ninguna otra. Por su parte, Giulia,
había experimentado una fuerte atracción, bien disimulada en
presencia de los otros, pero que le llenaba el alma y, a veces, de
manera repentina e incontrolable, desbordaba en las miradas que
posaba sobre él.
Se habían casado pocos meses después
de su encuentro, el doce de mayo del año 1906. En las fotos de la
boda la esposa era sólo un poco más baja que el marido porque quien
hizo el retrato insistió en subirla a un pequeño taburete. Se habían ido a vivir con la familia
de Giovanni: el padre y las dos hermanas solteras, Ada y María, en
una casa en las afueras del pueblo. Al principio Giulia se sentía
observada y juzgada: diariamente debía superar un examen ante los
ojos de los nuevos parientes. Comprendió enseguida cuáles eran los
límites de cada uno y luchó silenciosamente para conquistar su
espacio.
De esta manera, día tras días,
entre las palabras no dichas que se materializaban en pequeños
gestos mudos, las rápidas alusiones de las miradas y las
preocupaciones cotidianas, cada uno modificó un poco su manera de
actuar y la casa aguantó la presencia de tres mujeres.
Las cuñadas aprendieron enseguida
que los silencios de Giulia eran muy locuaces y comenzaron a temer
sus opiniones, sin que, por otra parte, pudieran culparla de nada,
dado que no recibían ni la más pequeña descortesía por su parte.
Y mientras las dos hermanas intercambiaban sus impresiones y
manifestaban su descontento, Giulia ni siquiera le mostraba sus
pequeños temores al marido. Giovanni no se dio cuenta de las
pequeñas luchas subterráneas que ocurrían entre los muros
domésticos y por la noche podía gozar de la cálida presencia de
ella sin preocupaciones, cada vez más consciente y casi asombrado
por la fuerza íntima de su pequeña mujer.
Pocos meses más tarde el viejo
Antonio Barrieri murió serenamente en su cama. Se dieron cuenta las
hijas por la mañana cuando, como de costumbre, subieron a su
habitación para llevarle el desayuno. El dolor fue mitigado por la
convicción de que el
anciano señor se había marchado sin sufrir, con la satisfacción de
saber que pronto tendría un heredero. Desde hacía ya unos años
había dejado por completo la hacienda en manos del hijo y las cosas,
también después de su muerte, continuaron exactamente como antes.
La casa era grande, una de las más
grandes del pueblo, circundada por terrenos propiedad de la familia.
Con dos pisos, con las ventanas del desván permanentemente cerradas,
el gran portón de la entrada coronado por el balcón con la
balaustrada de pequeñas columnas grises, dominaba el valle hasta el
río que delimitaba la propiedad. A la derecha, más abajo, estaba el
bosque, donde los animales pastaban libres: caballos, vacas, cerdos
que eran cuidados y vendidos, porque los Barrieri, además de ser
labriegos, eran tratantes de ganado.
El nacimiento del pequeño Antonio
convirtió a Giulia en patrona absoluta de la casa. Las tías estaban
ya preparadas para ceder el cetro a las manos de quien había dado a
la familia el fruto precioso de su femineidad. Aquella maternidad que
a ellas le había sido negada, les había hecho reconocer la
indiscutible superioridad: se sometían al pequeño que dormía
tranquilamente arriba y, en consecuencia, a su madre. Por su parte la
joven mujer no dio nunca la impresión de aprovecharse de su
condición y silenciosamente, con el tiempo, ordenó y guió la vida
de la casa según sus deseos.
Durante los siguientes cinco años
nacieron otros tres hijos: Clara, Agnese y Luciano, y se necesitó la
ayuda de todos. Clara era igual que el padre. El
cabello negro y rizado, la piel dorada y luminosa, los ojos de un
indefinido verde oscuro y el porte erguido habían hecho siempre de
ella una hermosísima criatura. De su actitud resaltaba un control y
una inflexibilidad que ponía freno a cualquier pelea con ella. La
madre, cuando la miraba, pedía al cielo que en la vida hiciese
siempre las elecciones justas, porque sabía que nadie conseguiría
disuadirla de sus ideas. Ni siquiera para ella era fácil llegar
hasta el fondo del alma de su hija. A veces, con aprensión, en medio
de una discusión, la veía aislarse en sus pensamientos, excluirse
voluntariamente de las conversaciones y seguir su sentimiento
escondido, para luego volver, con esfuerzo, por si misma y participar
en la conversación. Casi como creándose una coartada con respecto a
los otros, para no ser interrogada sobre su silencio.
Una tarde, tenía poco más de tres
años, estaban todos sentados alrededor de la mesa para cenar. La
cocina estaba bien iluminada y calentada por el fuego de la gran
chimenea. La habitación se comunicaba con un amplio vestíbulo
oscuro en el fondo del cual había una puerta de entrada de la casa y
a mitad del pasillo la escalera llevaba a las habitaciones de arriba.
Todos estaban en torno a la mesa. La niña, silenciosa como de
costumbre, estaba sentada con la espalda vuelta hacia la entrada. De
repente emitió un grito y bajó de la silla.
–¿Qué pasa? ¿Qué sucede?
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