sábado, 3 de octubre de 2020

LA SCOMPARSA DI PATÒ di Andrea Camilleri - RECENSIONE

 

Mi è piaciuto anche se i libri scritti tramite un insieme di lettere tra i personaggi non mi piacciono molto, faccio fatica a leggerli. Però, questo libro è di Andrea Camilleri, un grande scrittore. È così no presso il libro e ho cominciato a sfoggiarlo. Non conosco la Sicilia, soltanto quella di Montalbano che ho visto tanti volte sulla TV (in italiano) ma mi sembra che i personaggi di questo libro siano molto tipici di quella regione e quel tempo. È un libro che si legge con piacere e dove ogni lettera è stata scritta con la personalità di chi lo fa, con i loro difetti e le loro pensieri. Le lettere che inviano il Delegato di P. S. e il Maresciallo dei RR CC al Signor Questore di Montelusa e al Capitano Comandante RR CC, sono dei paragrafi più simpatici di tutto il libro.

viernes, 2 de octubre de 2020

LA CORONA DEL RE LONGOBARDO di Marco Vozzolo - RECENSIONE


 Acquistato il cartaceo di 600 pagine ho goduto della lettura di questo libro che racconta la storia della corona del re Ragadisio, come è diventata una reliquia e la lotta tra guelfi e ghibellini a Pistoia. Un libro realistico per quanto riguarda l'ambientazione e la maniera di agire dei protagonisti: il cavaliere ospitaliere Ruggero, la nobiltà di Pistoia, la vita dei popolani. Anche la storia di come si crea una reliquia e come da un episodio storico si può creare una leggenda. Si parla anche della avidità del potere della Chiesa e del coraggio degli uomini per lottare per i suoi, per la sua libertà e per la verità. Un libro coinvolgente e bello.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Veneficus, el Embaucador de Piko Cordis - Primeras páginas


Marquesa de Morvan, cuando hayáis leído esta carta habré cruzado la frontera francesa. Voy a ver a la baronesa Von Wiffen que habéis conocido en el baile de Bordeaux. La duquesa de Beaufortain ha usado todo su poder para hacerme huir de París, de Versalles y de todos. Aquellos a los que creía amigos son mis detractores más duros. Si Dios quiere espero que sigáis siendo mi amiga y confidente. Mathis Armançon

Francia, verano de 1781

El castillo del marqués de Villedreuil era la referencia para todos los aristócratas que hacían de la frivolidad su modus vivendi. No ser invitados a aquella magnífica mansión donde incluso sus Majestades habían sido hospedadas, significaba ser un noble provinciano. El salón donde tenía lugar la recepción era lujoso y luminoso. El techo, lleno de frescos llevaba la firma de una escuela pictórica italiana, reproducía temáticas bucólicas que daban al ambiente un estilo refinado. En las paredes, tapicería de damasco rojo. Desde el techo colgaban arañas con varios círculos superpuestos, donde los cristales de prisma reflejaban la luz de las velas colocadas alrededor.
La duquesa Flavienne llevaba puesto para la ocasión un vestido de color rosa intenso orillado de organza azul turquesa mientras que el conde Mathis Armançon llevaba un traje color tabaco. El joven, desde hacía tiempo, se relacionaba con la noble Flavienne de Beaufortain, poderosa y rica dama de mediana edad. Aquella tarde una multitud de personas abarrotaban la mansión del señor Jean-Baptiste de Villedreuil, una construcción de origen medieval con modificaciones de varias épocas. El esplendor de los mármoles, molduras, piedras labradas y ornamentos miniados, consagraban el orgullo y la gloria de la poderosa familia que lo habitaba. El linaje Villedreuil se enorgullecía de su descendencia nobiliaria que incluía valientes generales involucrados en batallas y guerras al lado de los reyes de la dinastía Capeto. Un noble de esta dinastía era recordado por haber estado entre aquellos que salvaron al soberano Luis IX del rapto tramado y dirigido por el conde de Bretagna.
Conde, ¿vislumbráis a la marquesa de Créquy? ―preguntó madame Flavienne a su acompañante acariciándole la mano.
No, desde aquí no consigo verla, os dejo un momento para buscarla.
La duquesa, que se había agenciado una copa de Chablis, lo degustaba complacida, encantada por aquel suave néctar obtenido de uvas amarillentas de Borgogna.
El conde llegó hasta su benefactora avisándole de la llegada de la marquesa.
Las dos amigas, después de efectuar los saludos de rigor, se pusieron al día.
Duquesa, estoy muy contenta de volveros a ver y de tener la oportunidad de hablar con vos. Soy la embajadora de mi amado primo el cardenal de Rohan que os hace oficial la invitación a su castillo de Saverne para conocer al Gran Maestro Cagliostro, su invitado de honor. Como ya hace tiempo habéis solicitado, seréis recibida dentro de un mes. Su Excelencia ha hecho de todo para organizaros una semana en compañía de las personas que vos deseáis y de Alessandro Cagliostro.
La dama tomó de manos de la marquesa la invitación tan esperada para luego dársela al conde Mathis. Las dos damas continuaron conversando placenteramente para, a continuación, unirse a los otros huéspedes y proseguir la velada en su compañía. El conde guardó cuidadosamente en el bolsillo de la casaca la invitación para Saverne del cardenal y en la primera ocasión que tuvo a solas con la duquesa, durante la velada, volvió a retomar la conversación:
Al final habéis conseguido alcanzar el objetivo que desde hacía tanto tiempo os habíais prefijado, me complace. Ahora os esforzaréis para llevar a cabo los diversos proyectos que más os preocupan. Pero, decidme, ¿qué sabéis de Cagliostro?
Poseo alguna información sobre él, es huésped en el castillo de Saverne de mi amigo el cardenal Rohan desde hace un año y se esfuerza para sanar a las personas. Con sus artes y sus experimentos satisface las expectativas de mi amigo.
La duquesa miró a su alrededor derrochando sonrisas de circunstancia a los invitados que le demostraban su benevolencia y con un movimiento de la cabeza les respondía satisfecha. Respondió el conde con un gesto de desilusión:
Las noticias con respecto a él, comprendidos los diversos chismes, son las que todos saben, me muero de ganas de conocerlo ―exclamó con una mirada cómplice en dirección a Mathis.
¿Habláis así porque querríais aprovecharos de sus poderes por alguna razón?
Es verdad, conde, no os equivocáis, es más, estoy meditando una estratagema para poder rehacerme de un intolerable incumplimiento.
El conde levantó una ceja intuyendo las astutas intenciones de la duquesa. Cambiando de tema señaló a una dama que llamaba su atención.
¿Habéis notado el entusiasmo de madame de Lamballe? Sus ojos están brillantes de felicidad...
Creo que sé porqué están tan radiantes. Está a punto de organizar una fiesta que, como de costumbre, hará de tapadera a los deseos de la reina.
¿Esperáis una invitación también para nosotros dos? ―replicó inmediatamente el conde.
¿Por qué dudáis todavía de mi indiscutible comportamiento, mi dedicación a la Corte, como mis relaciones de salón, no os han hecho entender lo que yo represento? Sabéis bien quién soy, no lo olvidéis. La protección de la soberana me interesa mucho.
La duquesa se acercó a los otros nobles para rendir homenaje a la princesa María Teresa Luisa de Savoia - Carignano, viuda de Luigi Alessandro di Borbone, príncipe de Lamballe, en ese momento amiga íntima de la reina María Antonietta. Mientras tanto la sala había sido enriquecida con nuevas personalidades prominentes y los dos cómplices se mezclaron con los otros huéspedes, la duquesa se informó sobre los acontecimientos de moda durante la estación, el conde emprendió una conversación sobre la literatura inglesa con algunas damas.
La condesa Chalons, amiga de la duquesa, después de haber expresado su opinión sobre los nobles que intervenían en la fiesta, con su elocuencia, puso en conocimiento de la amiga un último chisme.
Me han dicho, querida amiga, que el conde Cagliostro se quedará en la mansión del cardenal Rohan durante mucho tiempo y que os invitará a pasar unos días en su compañía en Saverne.
¿Cuándo debería ocurrir eso que afirmáis?
Perdonad, pero no he acabado, debéis saber también que la recepción de la princesa de Lamballe, por encargo de la reina, se desarrollará en los mismos días en que el emperador Giuseppe II estará en Francia.
¿El hermano de nuestra reina estará en la corte?
Sí, ha sido confirmado. Sin embargo, pienso que para vos será complicado escoger entre la reina y Rohan, no se le puede decir no a ninguno de los dos.
La observación de la condesa llamó la atención de su interlocutora que, en ese momento, fue asaltada por un increíble dilema y, para no ser tomada por sorpresa, respondió:
Confiad en mí, querida amiga, no cometeré errores diplomáticos. La circunstancia me obligará a una elección pero, no lo dudéis, escogeré de la mejor manera.
Después de decir esto, la duquesa y la condesa se separaron. Pero, mientras tanto, la angustia se había introducido en la cabeza de la noble dama. Ella no podía estar en dos lugares al mismo tiempo, de todas formas creyó que sabría cómo actuar. La velada transcurrió alegremente entre manjares soberbios y bebidas añejas. El conde Mathis se entretuvo con el dueño de la casa conversando de esgrima. Jean-Baptiste se enorgullecía de una prestigiosa colección de armaduras y, vanidoso como era, quería mostrárselas al joven. Las dos salas del tesoro incluían una miríada de panoplias y corazas dispuestas sobre un lado de la pared, una serie de yelmos con cimeras y otros de tipo barbuta1. Los pertrechos completos, pertenecientes a personajes ilustres de la historia, se apoyaban sobre tapices provenientes de Savonnerie.
El marqués de Villedreuil, como sus antepasados, amaba la confrontación en el campo, las campañas militares, pero también las reuniones mundanas y los bailes, subyugado por aquella vanidad de la que no podía sustraerse. A última hora de la tarde, después de las diversiones y los juegos de cartas, Mathis y la duquesa decidieron tomar el camino de vuelta a casa. Durante el trayecto en la carroza la mujer, más resuelta que nunca, pidió al joven que cumpliese una misión en su nombre.
Conde, sabéis perfectamente cuánto me fío de vos, por desgracia debo poneros al corriente de que, durante los días de fiesta de la princesa de Lamballe, no estaremos juntos...
Madame, ¿vais a dejarme sólo en vuestro castillo?
No he dicho esto, vos no vais a estar solo en mi mansión. Es más, tendréis mucho que hacer, trabajaréis para mi demostrándome vuestra lealtad.
El joven insistió:
¿Qué queréis decir exactamente?
Esos días vos iréis al castillo de Saverne y, justo en ese lugar, conoceréis a muchas personas entre las que se encuentra el conde Cagliostro. Lo que quiero es un informe detallado de lo que ocurra y, sobre todo, desearía también poseer algunas de sus pociones para mis fines.
El conde se quedó en silencio escuchando con solicitud las instrucciones de la mujer, comprendiendo que la duquesa había decidido no aceptar la invitación de Rohan.
Sí, haré como ordenáis, pero no os escondo la desilusión que me provoca el alejarme de vos.
Mi queridísimo Mathis, después de todo sólo deberéis ser paciente durante unos días.
¿Unos días? –exclamó desesperado el noble
Sí, lo habéis entendido, pero no os angustiéis, veréis como la diversión no os va a faltar, sin embargo, cuidado, debéis recordar siempre que estaréis allí para desempeñar una misión que es muy importante para mí.

Ver en Amazon

Ir a TRADUCCIONES


miércoles, 16 de septiembre de 2020

El aroma de los días de Chiara Cesetti - Primeras páginas

―¡Gracias a Dios! Ha terminado
¡Qué noche, qué noche!
Las dos mujeres se movían nerviosas intentando poner orden entre los objetos esparcidos por la cocina. Se paraban de vez en cuando sin motivo, arrugando con nerviosismo el delantal con las manos o apartando de los ojos un invisible mechón de cabellos.
Es un milagro que haya acabado bien.
―¡Qué va! No es un milagro ―. La voz del doctor Marinucci les hizo volverse de golpe hacia la puerta. ―No es un milagro, Ada, Ha sido un parto largo pero no arriesgado. Giulia ha sufrido pero se recuperará enseguida y el niño está sano y es fuerte. Y ahora, ¡preparadme un buen café! ―dijo batiendo las manos.
La sonrisa del médico deshizo en un instante la tensión y por primera vez Ada y María comenzaron a saborear la esperada alegría que es el nacimiento de un niño. Desde la ventana entró el primer rayo de sol.
El invierno había sido largo, casi interminable, pero el día en que nació Antonio un templado sol prometía una reposada primavera. Las preocupaciones de la noche habían dado paso a la satisfacción por el jubiloso acontecimiento. A los ruidos inquietos de las horas precedentes les había sucedido un silencioso respetuoso por las fatigas vividas por la madre. Ahora Giulia reposaba al lado del niño de cabellos y ojos oscuros. El pequeño tenía la forma ancha de los ojos de ella y el color oscuro del padre. Los minúsculos labios fuertemente cerrados en una mueca sin expresión le daban el aspecto dudoso de quien, totalmente indefenso, ha caído sin quererlo en un lugar desconocido. Giovanni tenía miedo de tocarlo. 
Estaba envuelto en mantas, bien fajado, abrigado por una de las innumerables colchas de lana que las tías habían confeccionado para él.
―Cógelo en brazos ―le dijo Giulia.
―No, no. Es tan pequeño ―respondía mientras miraba con temor la pequeña cabeza que colgaba todavía inerte. Ella reía por su miedo y haciendo cosquillas en el mentón del niño conseguía ya arrancarle una sonrisa.
Era una mujer bastante pequeña de estatura, con un cuerpo bien proporcionado que la hacía parecer más alta de lo que era en realidad. En el rostro, no especialmente hermoso, encuadrados por espesas cejas, resaltaban luminosos sus ojos color avellana en los que la vivacidad se veía contenida, a duras penas, por el esfuerzo de reflexionar antes de hablar. Se transparentaba a través de su persona una solidez de las propias convicciones que le hacían de escudo contra las dificultades cotidianas y, a pesar de que todavía era muy joven, tenía la silenciosa capacidad de conquistar su lugar en cualquier circunstancia. 
Giovanni, en cambio, era alto, casi poderoso, y era, según decían todos, un hombre hermoso. No pocos se habían asombrado cuando había pedido a Giulia casarse con él pero sólo porque no sabían leer en su alma. La había conocido en casa de un pariente común y enseguida había sentido en aquella pequeña mujer algo que no encontraría en ninguna otra. Por su parte, Giulia, había experimentado una fuerte atracción, bien disimulada en presencia de los otros, pero que le llenaba el alma y, a veces, de manera repentina e incontrolable, desbordaba en las miradas que posaba sobre él.
Se habían casado pocos meses después de su encuentro, el doce de mayo del año 1906. En las fotos de la boda la esposa era sólo un poco más baja que el marido porque quien hizo el retrato insistió en subirla a un pequeño taburete. Se habían ido a vivir con la familia de Giovanni: el padre y las dos hermanas solteras, Ada y María, en una casa en las afueras del pueblo. Al principio Giulia se sentía observada y juzgada: diariamente debía superar un examen ante los ojos de los nuevos parientes. Comprendió enseguida cuáles eran los límites de cada uno y luchó silenciosamente para conquistar su espacio.
De esta manera, día tras días, entre las palabras no dichas que se materializaban en pequeños gestos mudos, las rápidas alusiones de las miradas y las preocupaciones cotidianas, cada uno modificó un poco su manera de actuar y la casa aguantó la presencia de tres mujeres.
Las cuñadas aprendieron enseguida que los silencios de Giulia eran muy locuaces y comenzaron a temer sus opiniones, sin que, por otra parte, pudieran culparla de nada, dado que no recibían ni la más pequeña descortesía por su parte. Y mientras las dos hermanas intercambiaban sus impresiones y manifestaban su descontento, Giulia ni siquiera le mostraba sus pequeños temores al marido. Giovanni no se dio cuenta de las pequeñas luchas subterráneas que ocurrían entre los muros domésticos y por la noche podía gozar de la cálida presencia de ella sin preocupaciones, cada vez más consciente y casi asombrado por la fuerza íntima de su pequeña mujer.
Pocos meses más tarde el viejo Antonio Barrieri murió serenamente en su cama. Se dieron cuenta las hijas por la mañana cuando, como de costumbre, subieron a su habitación para llevarle el desayuno. El dolor fue mitigado por la convicción de que el anciano señor se había marchado sin sufrir, con la satisfacción de saber que pronto tendría un heredero. Desde hacía ya unos años había dejado por completo la hacienda en manos del hijo y las cosas, también después de su muerte, continuaron exactamente como antes.
La casa era grande, una de las más grandes del pueblo, circundada por terrenos propiedad de la familia. Con dos pisos, con las ventanas del desván permanentemente cerradas, el gran portón de la entrada coronado por el balcón con la balaustrada de pequeñas columnas grises, dominaba el valle hasta el río que delimitaba la propiedad. A la derecha, más abajo, estaba el bosque, donde los animales pastaban libres: caballos, vacas, cerdos que eran cuidados y vendidos, porque los Barrieri, además de ser labriegos, eran tratantes de ganado.
El nacimiento del pequeño Antonio convirtió a Giulia en patrona absoluta de la casa. Las tías estaban ya preparadas para ceder el cetro a las manos de quien había dado a la familia el fruto precioso de su femineidad. Aquella maternidad que a ellas le había sido negada, les había hecho reconocer la indiscutible superioridad: se sometían al pequeño que dormía tranquilamente arriba y, en consecuencia, a su madre. Por su parte la joven mujer no dio nunca la impresión de aprovecharse de su condición y silenciosamente, con el tiempo, ordenó y guió la vida de la casa según sus deseos.
Durante los siguientes cinco años nacieron otros tres hijos: Clara, Agnese y Luciano, y se necesitó la ayuda de todos. Clara era igual que el padre. El cabello negro y rizado, la piel dorada y luminosa, los ojos de un indefinido verde oscuro y el porte erguido habían hecho siempre de ella una hermosísima criatura. De su actitud resaltaba un control y una inflexibilidad que ponía freno a cualquier pelea con ella. La madre, cuando la miraba, pedía al cielo que en la vida hiciese siempre las elecciones justas, porque sabía que nadie conseguiría disuadirla de sus ideas. Ni siquiera para ella era fácil llegar hasta el fondo del alma de su hija. A veces, con aprensión, en medio de una discusión, la veía aislarse en sus pensamientos, excluirse voluntariamente de las conversaciones y seguir su sentimiento escondido, para luego volver, con esfuerzo, por si misma y participar en la conversación. Casi como creándose una coartada con respecto a los otros, para no ser interrogada sobre su silencio.
Una tarde, tenía poco más de tres años, estaban todos sentados alrededor de la mesa para cenar. La cocina estaba bien iluminada y calentada por el fuego de la gran chimenea. La habitación se comunicaba con un amplio vestíbulo oscuro en el fondo del cual había una puerta de entrada de la casa y a mitad del pasillo la escalera llevaba a las habitaciones de arriba. Todos estaban en torno a la mesa. La niña, silenciosa como de costumbre, estaba sentada con la espalda vuelta hacia la entrada. De repente emitió un grito y bajó de la silla.
–¿Qué pasa? ¿Qué sucede?

Ver en Amazon

Ir a TRADUCCIONES