miércoles, 17 de marzo de 2021

EL AROMA DE LOS DÍAS de Chiara Cesetti

 

Desde los inicios del siglo XX hasta la posguerra de la II Guerra Mundial se desarrolla la historia de la familia Barrieri, de sus cuatro hijos y de todos los personajes que, en el bien y en el mal, están a su alrededor. La I Guerra Mundial, el duro trabajo en el campo, las epidemias, el fascismo, las fugas al extranjero de los expatriados y una sociedad que cambia a veces de manera violenta y cruda, hacen de marco a una serie de acontecimientos que arrastran al lector a una síntesis fundamental de nuestra historia de la que nuestros protagonistas saldrán cambiados. Los hombres que viven su rebelión con valentía y determinación son acompañados por figuras de mujeres fuertes que saben dar lo mejor de sí mismas en los momentos más difíciles. Es el aroma de los días que no deja nada como era antes.

Así habla Chiara Cesetti de su libro. Todo es verdad. Pero no habla sólo sobre la historia de Italia. En los protagonistas, típicamente italianos, se podría reconocer a cualquier familia de cualquier lugar de Europa que haya vivido por la misma época. Es la historia de nuestros abuelos y bisabuelos, en cualquier lugar de Galicia, o de Asturias, o de Extremadura. Es la historia universal de la supervivencia ante la crueldad, la sinrazón, la guerra. Y la reacción ante esto es la misma en todos los países, en todas las épocas, sea cual sea el enemigo que se tenga enfrente: la resistencia. Una resistencia que puede ser pasiva, y entonces se intenta vivir lo mejor posible y de manera tranquila, sin hacer daño al prójimo e intentando salir adelante como mejor se puede; o también puede ser activa, la de los milicianos, la de las personas que luchan, ya sea con su mente o con su cuerpo. Cuando leí El aroma de los días tornaron a mi mente hechos que me había contado mi abuela. Creo que lo mismo le ocurrirá a muchas de las personas que se acerquen a este libro escrito por Chiara Cesetti, una profesora jubilada que ha sabido plasmar en el papel la historia de la familia Barrieri que, como he dicho antes, es la historia de todas las familias de Europa de esta época. 

Como buena profesora, Chiara Cesetti, ha utilizado palabras y expresiones sencillas, comprensibles por cualquier persona que quiera entender un periodo histórico tan turbulento como la primera mitad del siglo XX. La estructura del libro es lineal, la familia Barrieri y sus vicisitudes, captarán la atención del lector de tal forma que, con cada página leída, querrá saber más sobre ellos, sobre sus ansias, sus temores, sus anhelos y deseos. 

martes, 16 de marzo de 2021

La corona de bronce de Stefano Vignaroli - Primeras páginas

 
Bernardino había vuelto a abrir los ojos después de días y días de inconsciencia. A pesar de que su habitación estaba en penumbra fue deslumbrado por la luz y por el blanco resplandeciente del espacio en el que se encontraba. Una pequeña estancia, sin adornos, con las paredes blancas, sin cuadros, sin frescos en el techo, sin ni siquiera la compañía de una estantería con algunos libros. Creyó que había llegado al Paraíso pero los dolores lacerantes que advertía en todo su cuerpo le hicieron comprender que todavía estaba con vida. Al oírlo quejarse, una monja se le acercó y le llevó a los labios la taza de caldo de pollo que, hasta entonces, le había obligado a engullir a pesar del estado de inconsciencia. Aunque estaba frío Bernardino lo deglutió con avidez hasta que se atragantó y comenzó a toser. Pero volvió a coger el brazo de la monja, que le estaba apartando el precioso líquido, ya que sentía la garganta tan ardiente que pensaba que había salido de aquel infierno de llamas sólo unos pocos minutos antes. Y sin embargo había pasado casi un mes desde el día del incendio de su taller. 
Todavía estáis muy débil, amigo mío. Poquito a poco o tendremos un problema. El doctor me ha recomendado: pocos sorbos y a menudo. El doctor Serafino es alguien que sabe lo que hace, ¡de lo contrario a estas horas no estaríais entre nosotros! le dijo la monja con amabilidad pero con voz firme. 
El Cardenal, ha sido el Cardenal… intentó decir Bernardino, con la voz que sofocada por la tos. 
Sí, sí, ha sido el Cardenal Baldeschi el que ha querido curaros en este lugar, gracias a la intercesión de su querida sobrina1. Por desgracia el Cardenal ya no existe. Una desgracia, una horrible desgracia. El Cardenal ha sido asesinado por una de sus siervas, por lo que yo sé, una tal Mira. Lo ha hecho caer desde el balcón de su estudio, después de haberlo traspasado con un cuchillo muy afilado. Se dice que el Cardenal sorprendió a la muchacha mientras estaba robando en su estudio. Comenzaron una pelea entre los dos y el anciano se llevó la peor parte. Pero la sierva ha sido arrestada y pagará por su crimen. ¡Vaya si pagará! 
A pesar de los dolores Bernardino aferró la mano de la monja e hizo un esfuerzo sobrehumano para hablar. 
¿Me estáis diciendo que el Cardenal Artemio Baldeschi ha muerto? ¿De verdad? Pero… ¿cuánto tiempo ha pasado desde que perdí el conocimiento? Por como habláis no parecen hechos atribuibles a ayer o antes de ayer. ¿Qué ha sucedido con Lucia Baldeschi? ¡Por lo que me decís debe haberse quedado sola! 
Calmaos. Os lo he dicho, ¡no debéis hacer esfuerzos! Habéis pasado un mes en este lecho, preso de la fiebre, del delirio, de sueños que atenazaban vuestra alma y vuestro corazón. Mis hermanas y yo nos sentíamos desesperadas pensando si lo conseguiríais. Y en cambio, el Buen Dios, todavía no ha querido acogeros en su seno y aún estáis con nosotras. Haré llevar un mensaje a Lucia Baldeschi, advirtiéndole que habéis recobrado la consciencia. Se pondrá muy contenta y seguramente os vendrá a visitar en los próximos días. 
Hermana, mandad que la llamen enseguida. El Palazzo Baldeschi está enfrente, en esta misma plaza, ¡incluso puedo vislumbrarlo desde la ventana! 
La monja sonrió y apartó la mano, todavía retenida por la de Bernardino. 
Por su seguridad, la Señora se ha retirado a la residencia de campo de la familia, cerca de Monsano, junto con sus hijas y sus preceptores. El Papa ya ha procedido a nombrar un nuevo Cardenal que está a punto de llegar desde Roma. Debido a que no sé sabe cuáles son sus intenciones, la Condesa Lucia prefirió mantenerse alejada de la ciudad, por el momento. ¡Considerad que Jesi va a la deriva! Ya no tenemos ni autoridad civil, ni religiosa, y podríamos ser una presa fácil para los enemigos, tanto internos como externos. Por lo tanto, creo que es sabia la decisión de la noble dama, a fin de protegerse y de amparar a sus hijas. No debemos olvidar que su prometido, Andrea, está todavía por ahí y podría llegar de un momento a otro para reclamar su puesto de Capitano del Popolo, así como la mano de la noble Baldeschi. 
Después de todo, tiene todo el derecho. El título de Capitano del Popolo le pertenece y en las venas de la pequeña Laura corre su sangre ―dijo Bernardino con la voz que comenzaba a aclararse. 
¿Hace poco que os habéis recuperado y ya no conseguís poner freno a esa maldita boca? ¡No digáis herejías! ¿No os ha llegado con escapar de las llamas una vez? ¿Queréis acabar de nuevo en ellas? ―replicó la monja con ironía yendo a cerrar las contraventanas para dejar la habitación a oscuras. ―Reposad, ahora, ¡lo necesitáis! 
Sólo una cosa, hermana. Tengo ganas de orinar. ¿Cómo puedo hacer? ¡No conseguiré levantarme de aquí! 
¿Cómo pensáis que habéis hecho todos estos días? Relajaos, permaneced tranquilo. Os hemos puesto un tubo flexible que canaliza directamente vuestros humores2 en un recipiente que hay debajo de la cama. 
Bernardino dejó escapar la orina asombrándose de cómo, en efecto, en la estancia flotaba un olor extraño, debido a las medicinas y a los emplastos que le habían aplicado sobre las quemaduras, pero no se advertía olor a excrementos en absoluto. ¡Y ya debía de haber pasado un mes desde que estaba acostado en la cama! 
Si bien no recordaba nada de los delirios y de los sueños de los días anteriores, a partir de ese momento el reposo de Bernardino fue constantemente agitado por pesadillas, por sueños y por visiones que a él mismo, en el duermevela, casi le costaba distinguirlos de la realidad. Ya se volvía a ver rodeado de llamas, ya se sentía protegido entre los dulces brazos de Lucia. Sólo ahora comprendió que había sido ella quien lo había socorrido, quien le había salvado la vida. La había visto claramente sobre él antes de perder el conocimiento. Y habría esperado verla a su lado en cuanto abriese los ojos. Pero cada vez que se volvía a despertar se encontraba en la misma habitación semi oscura, inerme, incapaz incluso de levantarse. La única presencia humana eran las hermanas, ya una, ya otra, que se alternaban en la cabecera de su cama, que se esforzaban por extender sobre él ungüentos y emplastos, e intentaban hacerle engullir el caldo habitual. Parecía que en aquel hospital no había otro tipo de alimento. Sólo una vez había percibido la presencia del médico a su lado, un hombre rudo, con espesos cabellos blancos y con una perilla del mismo color. Había acercado la oreja a su pecho y había sentenciado: 
Dentro de tres días probaremos a levantarle. A pesar de su edad este hombre es una roca. Tiene un corazón más resistente que el mío. Mañana podemos dejar que lo visite la noble Baldeschi. ¡Sólo unos minutos, hermana! No debemos fatigarlo. Una emoción demasiado fuerte podría ser fatal para él. 
El impresor volvió a caer dormido, también debido a las medicinas que le eran suministradas para aliviar el dolor. Y esta vez soñó que estaba de nuevo trabajando en su tipografía, completamente reconstruida y renovada, más hermosa que antes. Y soñó que le daba buenos consejos a la noble Señora, su amiga. Y soñó que la veía sobre el escaño del Capitano del Popolo, en la sala de los Migliori en el interior del Palazzo del Governo. Y soñó con las niñas, Anna y Laura, que jugaban y se perseguían en el parque de una lujosa residencia en el campo mientras que él las observaba como un abuelo cariñoso. 
Cuando, volviendo a la realidad de uno de sus innumerables y turbulentos sueños, se dio cuenta de que al lado de su cama estaba la noble Lucia, tuvo la impresión de que todos los dolores de repente hubiesen desaparecido y que estuviese recuperando las fuerzas. Tanto que consiguió levantarse un poco mientras Lucia, con un gesto amable más que caritativo, le colocó una almohada detrás de la espalda de manera que estuviese más a gusto, permitiéndole, al mismo tiempo, mantener aquella posición. 
¡Decidme que no sois un sueño, mi Señora! ―dijo Bernardino con la voz interrumpida por un ataque de tos. 
Sintió las manos de Lucia buscar una de las suyas para estrecharla, haciéndole sentir una sensación de calor inesperada, que infundió en él una nueva fuerza. Se levantó un poco más con la espalda, entre las protestas de la monja que amenazaba con interrumpir enseguida la visita. El gesto que dirigió Lucia a la cara de la hermana no fue percibido por Bernardino, pero el resultado fue evidente porque ésta se calló, es más, se fue de la habitación dejando a los dos amigos libres de hablar entre ellos. 
Soy feliz de que os estéis recuperando, Bernardino. No sabéis cuánto os necesito, en este momento, a vos y a vuestros consejos. El Cardenal ha muerto y en la ciudad la situación es realmente difícil. Parece ser que el Papa nos había enviado un nuevo obispo y la elección había caído sobre el anciano Cardenal Ghislieri, de origen jesino. Debería haberse hecho cargo tanto de la Iglesia como del Gobierno de la ciudad, pero… Nunca ha llegado a Jesi. 
¿Cómo es posible, si puede saberse? ―preguntó Bernardino con curiosidad. 
Por desgracia Leone X ha muerto de repente días atrás. 
¡Pero si sólo tenía cuarenta y seis años! 
Justo, muchos creen que fue envenenado. Giovanni de’ Medici estaba demasiado próximo a su familia, a los Señores de Firenze, para que la oligarquía eclesiástica lo continuase aceptando. Y ahora, a la espera de la elección del nuevo Papa, los Cardenales reunidos en cónclave en Roma están repartiéndose los territorios entre ellos. Parece ser que ha sido nombrado el Cardenal Jacobacci como legado de la Santa Sede en nuestra ciudad, sin perjuicio de los derechos y privilegios del Concejo3
Pero Jacobacci está ligado a la peor facción integrista de los Güelfos. 
Justo pero tampoco de este tal Jacobacci hemos visto ni siquiera su sombra en Jesi. Y mientras tanto la miseria, después del saco del año 1517, hace estragos en el campo y en las ciudades. Y parece ser que la peste haya llegado a Ancona ¡y no creo que tarde en llegar hasta nosotros! 
¡Escuchadme, Lucia! Tomad las riendas del gobierno de la ciudad. Tenéis todo el derecho. No tengáis miedo por el hecho de ser mujer. Movilizad a los nobles jesinos, estarán muy contentos de poderos ayudar. Y haced poner una corona sobre el león rampante representado en la fachada del Palazzo del Governo. Recordará a todos que Jesi es una ciudad Real y que se gobernará de manera independiente a la Iglesia. Si el Cardenal tarda en aparecer, peor para él. Cuando llegue se encargará de los asuntos religiosos mientras que el Gobierno Civil será del pueblo, como debe ser. 
¿Me estáis instigando a fomentar una rebelión? 
No, os estoy diciendo que debéis asumir vuestras responsabilidades. Y coger el puesto que os corresponde. ¡No hay otra solución!


1Nota del traductor: Recordemos que Lucia es sobrina nieta del Cardenal ya que la abuela de Lucia era la hermana de éste. Utilizamos sobrina por ser una palabra más corta.

2Nota del traductor: En el sentido de cada uno de los líquidos de un organismo vivo.

3Nota del traductor: En italiano, Comune. He decidido traducirla como Concejo, por ser una palabra menos moderna que la de ayuntamiento y que parece más acorde con la época en que se desarrolla la novela.


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ANNIBALE di Gianni Granzotto - RECENSIONE

 
Annibale fa parte della storia d’Italia e anche della Spagna, un episodio che quando studiavo non lo capì bene. Mi piacevano i nomi bizzarre come Amilcare, Asdrubale e Annibale ma mi annoiavo a morte con le guerre puniche. Non sapevo cosa significava questo nome, tante battaglie raccontate in maniera sintetica non prendevano nella mia immaginazione. Certo, l’unica parte che rimassi nel mio cervello fu quella degli elefanti. Per me, nel periodo scolastico Annibale era un episodio di cui aveva che sapere alcune cose e che si poteva dimenticare subito dopo aver fatto l’esame. 
Forse è stata questa mancanza che mi attirò ad acquistare il libro come un regalo di Natale a me stessa. Lì rimase, sul tavolo: c’erano altre letture che mi attendevano. 
Mi piacciono i romanzi, ogni tanto leggo un saggio. Era da molto tempo che non lo faceva ma leggere un libro di Annibale scritto da un italiano, Gianni Granzotto, potesse fare che capisci la storia di questo grande guerriero? Non poteva essere di un altro modo: capì la storia di Annibale e sono contenta di averla letto. 
Sono consapevole che questo libro è stato scritto quaranta anni fa, che può darsi che sia un poco vecchio. Ma a me è piaciuto. Perché? Perché non è un libro scritto per storici, con un mucchio di date che non si sa cosa fare con esse; perché cerca di far capire al lettore la storia di un uomo eccezionale dall’infanzia fino alla sua morte attraverso non solo delle battaglie, del suo percorso militare. Si cerca di capire all’uomo attraverso le sue motivazione, quello che ha fatto di Annibale un genio della guerra e un personaggio di leggenda. 
Avrei potuto riempire questa recensione con un sacco di citazioni ma non lo farò. 

Per l’immaginazione infantile gli elefanti e gli Alpi vanno unite, ma quello che non si racconta nei libri di storia è la sofferenza sia degli animali sia degli uomini che furono i protagonisti di questo episodio così conosciuto, prima e poi di attraversare la montagna:

-il passo del Rodano: “Il Rodano è un fiume largo e rapido. Era necessario apprestar un ponte di passaggio molto solido, bene ancorato e resistente alle correnti. Poi c’era il problema più difficile, quello degli elefanti. Davanti all’acqua profonda si irrigidivano, non c’era verso di muoverli d’un passo”, scrisse Granzotto nella pagina 84. Ma Annibale è passione e anche immaginazione. E allora, cosa fa Annibale? 


Mise in acqua dei grandi zatteroni, accostati ai bordi erbosi della riva come ne fossero la naturale continuazione. Sulle zattere fece sparegere terra, foglie, qualche sasso; l’impressione era che non fossero elementi galleggianti, ma il terreno medesimo della sponda che sporgeva in avanti. Con quell’inganno gli elefanti si mossero (…) 

-il passo delle Alpi: Con le montagne non si scherza, soprattutto con quelle che sono tanto alte come queste che doveva attraversare Annibale, il suo esercito e… gli elefanti.

La strada cominciava a farsi scoscesa, si inerpicava con ripidi tornanti in un paesaggio sempre più solitario. Si doveva salire fino ai duemila metri, ed oltre, del passo: altitudini mai esperimentati da Annibale e dai suoi, tra nevi, nebbie e venti inquietanti (pagina 101). Immaginate la scena, così come l’ho fatto io, di guerrieri africani, che non hanno salito mai una montagna così alta, che non hanno provato il freddo della neve, dell’aria dell’alta montagna! E gli elefanti? La sofferenza di questi animali che abitano su una terra calorosa fu incredibile: 


L’unica compagni a rimanere intatta fu quella dei 37 elefanti. Non se ne perse uno in tutto il viaggio. Erano senza dubbio più forti e resistenti dei loro compagni di traversata. Ma arrivarono lividi (…); lividi e ottenebrati, più dell’altitudine e dal freddo che dalla fatica. Ansimavano da far spavento. Un elefante a duemila metri è un fatto contro natura. Deve trascinarsi dietro le sue cinque tonnellate di peso, e lo sforzo polmonare, la stretta del cuore diventano terribili anche per un gigante; soprattutto per un gigante. (…) Prima che l’anno finisse gli elefanti morirono tutti, appena arrivati alla pianura e all’inverno (pagina 103). 

Questa maniera di scrivere di Gianni Granzotto fu la colpevole di farmi continuare a leggere fino all’ultima pagina. Il suo stile, tra il romanzo, il saggio e il giornalismo, è fluido, fa interessare al lettore sia nella descrizione delle battaglie sia nella descrizione della maniera di agire del grande generale cartaginese. Un uomo testardo nel suo odio a Roma, un odio alimentato da suo padre dal momento in cui gli fece giurare, con nove anni, che sempre lotterebbe contro i romani. 
Il libro ne vale la pena leggerlo, sia per imparare di più su un argomento così interessante (come è successo a me), sia per ricordare la figura di un uomo che durante più di quindici anni cercò di essere fedele al padre Amilcare. 
Ma Annibale non era soltanto un guerriero, era un uomo geniale che “riuscì anche a riordinare le finanze di Cartagine (…). Fece riscuotere tutte le imposte arretrate (…) .Istituì organi di controllo sugli affari di guerra” dice l’autore nella pagina 299. Quindi, era anche un valido amministratore nella pace e non solo. Dopo questo periodo di pace, rimase in disparte per tre anni ritornando ai possedimenti di famiglia ad Adrumeto. Durante tre anni si mise a piantare olivi, trasformando il terreno che prima era stato dedicato a grano. Anche in questo il genio di Annibale è palese: riuscì anche a portare con grande successo questa impresa. 
Sia come uomo di guerra che come uomo di pace il genio di Annibale rimarrà per sempre nella Storia. Forse un genio un po’ pazzo, molto passionale, ma un genio alla fine. 
Gianni Granzotto, col suo libro, mi ha fatto sognare un’altra volta come se fossi una ragazzina che ha tra le sue mani un libro di avventure, ma raccontate in maniera così egregia di farmi amare un’altra volta la Storia antica, quella che è la base di quello che siamo adesso. 
Finisco con delle parole dell’autore sulla Storia:

Annibale siamo noi, duemila anni fa. La sua storia è la nostra storia. E il ricordo che riusciamo a decifrane è, in sostanza, un ricordo di noi stessi.


viernes, 12 de marzo de 2021

Patacas e máis patacas: O misterio da Casa Grande de María Acosta Díaz - Primeiro capítulo

Xoana estaba un pouco farta desta vida pero non lle quedaba outra que vivila. Dende había anos que non levantaba cabeza, os traballos non lle duraban máis que uns meses. Non era culpa súa. Ela sempre era puntual, facía todo o que lle dicían e procuraba facelo o mellor que podía. Non rifaba cos compañeiros nin cos xefes. Era a maldita crise. Só atopaba traballos nos que se choiaba moito e se pagaba pouco. Tiña que vivir e collía case calquera cousa que lle ofrecesen. Agora estaba a traballar de axudante de cociñeira nun mesón da rúa Galera.
A Coruña era unha cidade pequena, podía ir camiñando a calquera sitio. Xoana non podería vivir nunha gran cidade, onde tería que colle-lo autobús ou o metro para se desprazar. Endexamais, dende o susto que levou, puxera os pés nun autobús. Sentía auténtico pavor a montar nun daqueles trebellos con rodas cheos de xente. Tampouco saíra nunca da Coruña. Mesmo cando era rapariga e tódalas súas compañeiras de colexio ían de excursión ó campo ou na viaxe de fin de curso; poñía calquera escusa para non ir. Sentía un terror irracional a saír da súa cidade, non se quería arriscar co que existía fóra do seu mundo. Sempre rexeitaba traballos nos que tivese que desprazarse fóra de Coruña, sobre todo se tiña que coller calquera medio de transporte. 
Xa chegara á Praza de Mina. En quince minutos estaría cambiada de roupa e pelando patacas. O verán estaba a piques de chegar e Xoana xa estaba empezando a poñer roupa un pouco máis lixeira; non era alta, quizais tivera uns quilos de máis pero non lle importaba tanto como para facer dietas tolas para adelgazar, como algunha das súas amigas, claro que non quería engordar máis do debido pero para evitalo procuraba comer de forma sá e facer algo de exercicio. Ás veces tiña ido ó ximnasio pero agora mesmo non tiña tempo dabondo para iso, conformábase con ir camiñando a tódalas partes e ir á discoteca de cando en vez, dende o seu punto de vista bailar era unha boa forma de suar e de perde-los quilos que lle sobraban, ademais deste xeito podería coñecer xente. O seu cabelo era louro e tiña a pel moi clara. Gustáballe ir á praia pero tiña que ser moi coidadosa tomando o sol porque case sempre acababa vermella coma un cangrexo e logo pasábao moi mal coas queimaduras. Non tiña mozo; a razón diso non era porque foxe fea: tiña unha cara riquiña. Era moi tímida na súa relación cos mozos. As súas amigas, coas que saía tódalas fins de semana, sempre atopaban algún rapaz co que falar ou darse uns bicos, sen máis consecuencias, pero a ela esa forma de comportarse non lle gustaba. Ela quería atopar un mozo que acabase sendo o seu compañeiro, co que puidese falar e ir a tódalas partes e comparti-la súa vida. Non lle ían esas relacións de fin de semana que logo se esquecían. E a maior parte dos rapaces que tiña coñecido non desexaban comprometerse. Non é que xa buscase dende o principio cazar a un home, como dicía Carlota, a súa mellor amiga, a quen lle contaba tódalas súas penas e alegrías. Non era iso. Só buscaba un pouco de compromiso, que un fin de semana, se convertese nunha semana, que o mozo que empezase a saír con ela desexase polo menos coñecela, saber das súas inquedanzas, das cousas que lle gustaba facer nos seus momentos de lecer. Se logo a relación duraba unha semana, meses ou anos xa era outra cousa. Por iso aínda non tiña mozo. 
¡Canto tardaba en poñerse en verde o maldito semáforo! Ía chegar tarde. ¡Por fin! Había unha morea de xente a esas horas pola rúa, tivo que sortear a unas cantas persoas para non tropezar con elas. Mirou de esguello as publicacións que chegaran ó quiosco da esquina; veu un par das que mercaba sempre e pensou que logo pasaría pola libraría da súa amiga para recollelas. Tivo que acelera-lo paso. Nunca chegaba tarde os sitios e ademais o seu xefe non era moi rigoroso cos horarios, se entraba ó traballo cinco minutos tarde non pasaba nada, pero a ela gustáballe ser puntual. Segundo pasaba pola Fundación Barrié observou o anuncio da exposición do pintor Madrazo. Sen vir a conto lembrou de súpeto a película O señor dos aneis. ¡Mágoa que xa non existisen homes coma aqueles! Se é que algunha vez existiron. Era romántica de máis, o que non axudaba na súa relación cos rapaces. A súa amiga Carlota sempre lle dicía que esperaba moito dos homes e ela, ás veces, cando o pesimismo entraba no seu espírito, pensaba que o que xa non existían eran, sinxelamente, homes. Había persoas do sexo masculino, que levaban pantalóns, ó que lles gustaba o fútbol, falar de parvadas e montar moito barullo pola rúa cando tiñan quince anos. Pero, dende o seu punto de vista, homes había poucos. 
Para ela un home debía ter unha serie de calidades que raramente atopaba nos mozos cos que tentou algunha vez saír: de carácter íntegro, firme nas súas conviccións, coas ideas claras, leal, honrado, veraz na súa forma de falar, traballador, destemido coas probas que a vida lle depararía a cada paso, que a tratase con respecto e consideración, que a amase como se fose a derradeira muller sobre a terra, agarimoso. En fin, alguén tan perfecto que, estaba segura, nunca o atoparía. Pero non se rendería, se cadra quedaba solteira para os restos, se cadra non, tampouco ía tolear por iso. A vida ás veces sorpréndete. 
Xa chegara ó mesón Galera. Ana marchara un anaco a mercar. Ela foi ó almacén a cambiarse rapidamente de roupa. Aínda estaba un pouco durmida porque a noite anterior saíra coas súas amigas e chegara a casa un chisco tarde. De tódolos xeitos o que tiña que facer na próxima hora e media non precisaba moita concentración e podía seguir pensando nas súas cousas mentres pelaba patacas. 
Preparou todo e sentou na banqueta. Dende hai quince días ese era o seu traballo: collía un bidón enorme, enchíao de auga, poñíao á súa esquerda, collía o pelador de patacas, e logo xa empezaba. Collía unha pataca do saco de vinte quilos que tiña á súa dereita, deixaba caer as pelas nun cubo, e guindaba coa pataca no bidón de auga. E iso facíao durante case hora e media. Os primeiros días ía a modo porque tivo que afacerse ó pelador de patacas, pero logo xa foi collendo velocidade. O bo é que podía estar pensando noutras cousas mentres se dedicaba a isto. 
Mentres ela traballaba Manolo, na barra, poñía viños e tapas os primeiros clientes do mediodía. Non levaba nin dez minutos cando apareceu Ana con dúas bolsas cheas de leitugas. Saudouna e empezou a argalla-las verduras para cando pedisen ensalada. Xoana respondeu ó saúdo e logo continuou co seu choio. Aínda estaban a luns, estaba desexando que chegase ó mércores, era o seu día libre e por sorte coincidira cun concerto que había na praia de Riazor e que lle apetecía moito escoitar. Xa quedara con Carlota, e con María Xosé, para saír un pouco antes das oito, cear en algures e logo marchar ó concerto que empezaría ás dez. De súpeto decatouse de que tiña as mans manchadas de vermello, non sabía de que podía ser, semellaba sangue, se cadra, como lle ocorría a miúdo cortara co coitelo sen darse de conta. Foi o servicio a lavarse as mans. E aínda que mirou e remirou por ámbalas dúas mans non deu descuberto onde podía te-lo corte. Tanto daba, se non sentía dor seguro que non importaba, se cadra algún dos padrastos pretos das unllas. 
Seguiu co seu traballo. Ó pouco decatouse de que eran as patacas as que estaban manchadas de sangue. Parecíalle moi estraño. Nese almacén sempre limpaban as patacas antes de vendelas, non eran coma outros que por gañar máis diñeiro deixaban os tubérculos cheos de terra para enganar no peso do saco. Se cadra algún dos operarios cortou mentres estaba facéndoo e non se decatou do que estaba a pasar. 
Continuou co seu. Segundo se achegaba o fondo do saco ía atopando máis patacas con pingas de cor vermello. Cada vez estaba máis intrigada. Case quedou de pedra cando non quedaban xa máis que media ducia de patacas no saco: alí había un dedo. Mirou a ver que estaban a facer Manolo e máis Ana, cadanseu coa súa angueira, nin se decataron da súa cara de abraio ó descubri-lo dedo. Xoana colleuno. 
Non soubo porque o fixo, pero non dixo nada ós seus xefes, colleu un anaco de plástico de conxelar, envolveu o dedo nel e logo volveu facer a mesma operación cun anaco de papel de aluminio. Logo meteu o dedo no fondo do conxelador. Esperaba que non se decatasen do asunto. 
Rematou de pela-las patacas que quedaban e logo foi na procura de Ana a dicirlle que xa rematara. O resto da xornada transcorreu con tranquilidade; notábase que a xente comezara as vacacións, polo mediodía tiveron bastantes turistas comendo no local e case non tivo tempo de albiscar o atopado pola mañá. Por sorte nin Ana nin Manuel foron a coller nada do conxelador. Pola noite houbo unha morea de xente, non tanta coma un venres pero abondaba, de cando en vez ía ó conxelador e fitaba o dedo alí agochado. Estivo toda a tarde dándolle voltas ó asunto:¿que ía facer co dedo?¿deixaríao alí ou levaríao á súa casa?¿entregaríao á policía ou tentaría pescudar pola súa conta a quen pertencía? Aínda que intentou disimula-las súas preocupacións Ana tivo que chamarlle á atención un par de veces por non face-las cousas coa presteza habitual, pero non sospeitou nada sobre o que realmente estaba a pasar, se cadra coidaba que era debido a emoción polo concerto do mércores, pois sabía canto lle gustaba a Xoana esa clase de música e desculpaba os pequenos erros que tivera no día. 
Ó final decidiu deixa-lo dedo onde estaba polo momento. Á unha e media da madrugada xa rematara co traballo e cando saíu do almacén de cambiarse a súa amiga Carlota estaba a esperala na porta do local, xunto con María Xosé. Pero a ela ese día non lle apetecía ir tomar nada ó pub da Cidade Vella onde adoitaban remata-las noites de esmorga. Xoana marchou para á súa casa e elas foron pola outra banda cara ó pub, lembrándolle á súa cita do mércores. 
Púxose a camiñar pola rúa Galera cara ó Obelisco; estaba moi cansa pero aínda non decidira se collería un taxi ou iría andando ata a Praza de Vigo. O psicólogo dicíalle que algún día tería que decidirse a da-lo primeiro paso para cura-la súa teima de non viaxar en trebellos con rodas. E tódolos días ela intentaba superar ese medo, pero non o conseguía. Algo avanzara, polo menos agora non se poñía a tremer cando se abría a porta do autobús, pero as súas pernas se negaban a moverse para subi-lo chanzo que a levaría ó seu interior. A xente pensaba que era unha rapaza estraña cando a vía alí, parada diante da porta, sen falar, cos ollos abertos de puro terror, sen atende-las protestas dos que estaban detrás dela na cola de entrada do bus. Durante un intre quedaba paralizada e non escoitaba nin vía a ninguén; cando por fin volvía en si sentía tanta vergoña que sempre fuxía do sitio as carreiras e os que observaban o seu comportamento fitábana co cara de abraio e facendo o xesto que utiliza normalmente a xente para significar que alguén está tolo de remate. Isto non duraba máis que uns segundos pero a Xoana parecíalle unha eternidade. 
Esta noite tampouco logrou supera-lo seu medo. Tivo sorte, ninguén riu cando se achegou ó taxi e quedou alí, mirando aterrorizada, durante uns segundos ó conductor. 
¿Que Xoana, tampouco esta noite deixas que che leve? –dixo Alberte o taxista, un amigo seu que coñecía o que lle pasaba e que sentía un gran aprecio por aquela rapaza loura e un pouco baixiña que endexamais daba montado no seu taxi. 
No –respondeu Xoana, quen non podía evitar poñerse vermella coma unha papoula cada vez que Alberte lle dirixía a palabra. –Se cadra mañá, xa veremos. 
Vale, como queiras. Cando desexes os meus servicios non tes máis que dicirmo. Boas noites, Xoana, e ten moito coidado. 
Boas noites, Alberte. Tereino. Boas noites a todos –respondeu a rapaza dirixíndose ós compañeiros de Alberte. 
Boas noites, Xoana –contestaron eles. 
Marchou, coma sempre, camiñando apresuradamente cara á súa casa, na rúa Emilia Pardo Bazán. Podía observar, dende a beirarrúa do Cantón Pequeno os grupos de rapaces e rapazas que enchían os Xardín de Méndez Núñez, rindo e bebendo; mañá todo aquilo estaría feito unha porcallada. Non tiñan o máis mínimo respecto por nada. Algúns deles eran xoves de máis para estar a beber alcohol, pero nos derradeiros tempos a disciplina familiar case non existía e os rapaces, a meirande parte das veces, facían o que lles petaba, cando non rifaban cos pais por non deixarlles comportarse como auténticos bárbaros, as veces, en verdade eran as menos, os rapaces chegaban a mazar nos seus proxenitores por calquera parvada. A violencia convertérase para algúns nun comportamento tan normal e axeitado como para a xeración dos seus pais eran os bos modais. Se cadra non eran tantos os que seguían este comportamento, pero, desde logo, eran os que máis balbordo metían e dos que máis se falaba. Por sorte non se cruzou con ningunha banda de parvos deses que teñen como diversión burlarse de canta persoa se cruza no seu camiño; aínda que tímida Xoana podía chegar a ter moi mal carácter, e máis dunha vez estivo a piques de chegar as mans por unha mala contestación dela. 
Chegou sen novidade ata a Praza de Vigo, cruzou á beirarrúa fronte a praza; había alí reunida xente que non lle gustaba. Algúns deles coñecíaos, estudiaran con ela no instituto, e non lle caían nada ben. Non tiña ganas de falar con ninguén e menos con xente que lle revolvía as tripas só con vela. 
¿Que faría co ditoso dedo? Antes de saír do mesón comprobou que estaba onde o deixara pola mañá, Manolo e máis Ana marcharon ó mesmo tempo que ela, así que non tería que preocuparse por iso ata o día seguinte. Non esperaba que o atopasen, case sempre era ela a que sacaba os productos do conxelador. De calquera xeito, non quería arriscarse a que ningún deles dera co dedo e lle fixese preguntas ás que non sabería que contestar. Debería ir á policía pero non acababa de decidirse. Aínda que endexamais tivera ningún problema coa lei sentía un pouco de medo cando vía algún axente pola rúa; quizais fose porque o seu irmán foi unha vez culpado de algo que non fixera e estivo a piques de ir á cárcere. Pero de feito non sabía con certeza de onde viña esa manía que sentía cara á policía. Xa chegara á casa. Non se sentía ningún ruído. Todos estaban durmindo: o seu irmán, os seus pais, os seus avós, a súa tía era a única que tiña a luz da habitación prendida. Foi ver se aínda estaba esperta. Para nada. Quedara durmida mentres lía un deses libros de chismes políticos que tanto lle gustaba. Con coidado sacou o libro que estaba enriba dela e apagou a luz. Logo marchou a súa habitación, púxose o pixama e antes de que puidese darse de conta caeu durmida coma unha pedra. 
Cando o espertador soou alí polas oito da mañá Xoana espertou coa impresión de que durmira máis de dez horas cando en realidade non chegaran as cinco. Non lembraba nada do que soñara. Ergueuse na cama. Escoitou ruídos na cociña, seguro que eran a súa nai e maila súa tía preparando o almorzo. O seu pai marchara moi cedo ó seu traballo no peirao, acompañado do seu irmán, que rematara había pouco os estudios e aínda non sabía que ía facer coa súa vida pero que desexaba sacarse uns cartos durante o verán traballando, tanto lle daba en que. O seu avó seguro que estaba no bar cos seus amigos arranxando o país mentres tomaba un café e a súa avoa estaría no mercado comprando o necesario para a comida do día. Foi ata a cociña saudou as dúas mulleres que estaban a preparar unas torradas e mailo café e logo marchou á ducha. Tiña que darse presa. Ás nove e media comezaban as clases na academia de informática que había na Praza do Libro e quería chegar un pouco antes para poder ve-lo correo electrónico e ver se tiña algunha mensaxe dun rapaz chileno que coñecera nun chat uns días atrás. Case levaba dez días nas clases e encantáballe todo aquilo da informática. Pasábao en grande argallando cousas co ordenador e xa estaba aforrando para mercar un en canto puidese. Vivir na casa dos seus pais permitíalle gasta-lo diñeiro en cousas que non podería mercar se vivise nun piso soa e tivese que pagar un aluguer e demais. A casa era grande así que non había problema por quedar, tiña a suficiente intimidade e non sentía necesidade de marcha dela polo de agora. 
Se cadra cando tivese mozo. Pero Xoana pensaba que aínda faltaba moito para atopar á persoa apropiada. Se cadra Alberte... Púxose vermella só de pensar no seu amigo o taxista. Aínda que era amable con ela non estaba segura de que fose porque lle gustaba Xoana. Se cadra só sentía mágoa por aquela rapaza que noite tras noite tentaba vence-lo medo a coller un taxi ou calquera vehículo de rodas. Gustaríalle saír con el pero non se atrevía a propoñerllo; ¿e se dicía que non? ¿e se tiña moza ou estaba casado? ¿non sería homosexual? A Xoana dáballe auténtico pavor pensar sequera nunha negativa por parte do guapo taxista. Quizais demasiado guapo para ela. 
Bos días Xoana. 
Bos días. 
¿Como che vai no traballo? –preguntou a súa nai. 
Ben. Sempre preguntas o mesmo –respondeu Xoana un pouco farta coa teima da súa nai por empezar a falar sempre do mesmo tódalas mañás. 
Non fai falla que te enfades coa túa nai –dixo a súa tía. 
Non me enfado –respondeu Xoana acougando un anaco. Non o podía evitar, fartáballe ese costume da súa nai ó empeza-lo día. –Perdoa, non durmín moi ben. 
¿E logo? 
Moito traballo, cheguei un pouco tarde. 
Veña, toma o almorzo axiña se non queres chegar tarde á clase. ¿Que tal na academia? 
Ben, madre, ben. ¡Que paciencia hai que ter con elas! –pensou Xoana., empezando a bebe-lo zume de laranxa que lle puxera a súa tía diante dela. Botou un pouco de azucre nel pois as laranxas que compraran ultimamente estaban amargas de mais e a Xoana gustábanlle moi doces. Mirou abraiada o que lle tiñan preparado ese día: un par de ovos fritidos con patacas e máis salchichas, tres torradas enormes de pan de millo con marmelada de pexegos e unha enorme cunca de leite con cereais. Non sabía como ía dar metido todo iso no estómago. Ela veña a querer levar un réxime de comidas un pouco máis lixeiro e elas, veña, a darlle de comer como se aínda tivese quince anos. Pero non podía protestar e por non rifar con elas comíao todo. Menos mal que isto non ocorría tódolos días e, aínda que pareza incrible, cando era a súa avoa quen estaba alí para prepara-lo almorzo deixáballe que comese o que realmente lle petase a Xoana. 
Hai pouco que na súa casa compraran un deses trebellos modernos para face-la comida: metías tódolos ingredientes na cazola eléctrica, programába-lo tempo de cocción, dicindo ó programa a que hora desexabas que estivera feito o prato, e logo xa podías marchar onde te petase. A súa nai, Carme e maila súa tía Xosefina, estaban emocionadas co ditoso trebello non así a súa avoa que pensaba que un cocido non quedaba ben se non levaba as súas boas tres horas a fogo lento; dende hai tres semanas, cando o mercaron, rifaban case a cotío. O día anterior chegaran a un compromiso co respecto a el: se a avoa quería estar na cociña tres horas facendo cousas alá ela, ese día deixaríana en paz, pero cando lles tocase a elas face-lo xantar faríano como lles petase. Hoxe era a avoa a encargada de preparar todo así que alí estaban elas cortando patacas e mais cenorias para facer un puré de verduras mentres a súa avoa fora ó mercado a por un par de polos para asar. En canto a boa muller volvese elas marcharían á praia a encontrarse coas súas amigas para toma-lo sol e poñer verdes ás que non estaban presentes. 
Mirou o reloxo, case eran as nove menos cuarto. Aínda tiña tempo, a clase non comezaba ata as nove e media pero quería estar un pouco antes para ver se podía comunicarse co seu amigo chileno; na última conversa díxolle que, se cadra, podería vir pola cidade a pasar unhas semanas de vacacións e desexaba saber a resposta. Non se coñecían persoalmente, en todo o tempo que levaban conversando non se mandaron ningunha foto e a verdade era que Xoana estaba un pouco intrigada. Se cadra a el ocorríalle o mesmo. Polo que tiñan falado parecía unha boa persoa e non era doado atopar alguén medianamente normal navegando pola rede. Había moito tolo solto. 
De cando en vez observaba ás dúas mulleres atarefadas na súa angueira, silenciosas, concentradas tentando remata-lo antes posible para marchar á praia en canto a avoa volvese da praza. Non tardou en chegar a boa muller: Xoana escoitou o chamador petar forte na porta. A casa onde vivía era vella e aínda os veciños non se puxeran de acordo nin para poñer un porteiro automático nin para nada. Non é que a casa caese de pura ruína pero tiña unha fenda que ía dende a beirarrúa ata o cuarto andar que non tiña moi boa pinta. A súa tía Xosefina foi correndo polo corredor a abri-la porta á súa nai. Ó cabo Xoana escoitounas discutir, sempre rifaban porque a súa avoa sempre viña cargada de bolsas e Xosefina non desexaba que fixese ningún esforzo que a puidese mancar, pero a teimuda anciá non lle facía caso ningún. Cando chegaron á cociña Xoana puido observar a media ducia de bolsas cheas ata arriba que deixaron enriba da mesa onde ela estaba a almorzar; coas presas case lle derraman a leite que tiña na cunca, ela tivo os suficientes reflexos para collela antes de que a cousa chegase a maiores. En canto puido rematou de almorzar, deu un bico á súa avoa, colleu a mochila onde tiña tódolos trebellos de estudiar e marchou á academia. Deixaba na casa ás tres mulleres rifando por mor da teimosía da súa avoa. 
Cando entrou na academia eran as nove e dez; tiña tempo dabondo para falar co seu amigo, se estaba conectado. Mira que llelo explicou veces e aínda armábase un barullo tremendo cando tiña que calcular a diferencia de horas con Chile. Ben, non pasaba nada, se non o facía agora xa vería mañá a súa resposta. Saudou as rapazas que estaban en secretaría e logo foi cara ós ordenadores que había no corredor que separaba as diferentes aulas. ¡Mágoa! Non había Internet. Colleu a mochila e sacou os apuntes; aproveitaría para ir repasando ó que deran o día anterior. Aínda comezara hai pouco e polo de agora todo era bastante sinxelo; ás veces dubidaba de se sería capaz de rematar o ditoso curso, sobre todo cando miraba o groso manual que lle entregaran a semana anterior cando comezou o curso. Pero tiña gañas de aprender e ademais era tan teimuda como a súa avoa cando se propoñía algunha cousa. 
Saíu da clase as once; aínda tiña un pouco de tempo antes de entrar a traballar ás doce no mesón. Decidiu pasar pola libraría que a súa amiga tiña en Rego de auga, a recolle-las revistas que seguramente tiña gardadas. Cando chegou eran preto das once e media, non estaba. Esperou. Seguro que fora a por un café ou estaría no servicio que había case agochado ó fondo do local. Ó mesmo tempo que ela chegara un home xa maior, ó que coñecía porque era un cliente habitual da súa amiga. Estiveron falando un anaco. Ó pouco chegou Enka cun café na man. Atendeu ó cliente e logo deulle a Xoana os seus encargos. 
¿Como che vai no traballo? 
Bastante ben; son boa xente. E Ana cociña de marabilla; tes que vir a tomar unha tapa. 
Xa aparecerei un día destes. Este fin de semana libro; se cadra fágote unha visita o sábado pola noite. 
Cando queiras. 
Xoana marchou á súa angueira: pelar patacas.