jueves, 30 de septiembre de 2021

El secreto del viento - dejavù de Alessandra Montali - Primeras páginas


La luz del día que estaba despuntando se filtraba entre las viejas persianas del pequeño apartamento. Francesca se había despertado hacía poco y permanecía acurrucada bajo el calor de las mantas de lana que le había traído la dueña de la casa.
Cuando el despertador se puso a sonar se lo pensó dos veces antes de sacar fuera la mano para pulsar el botón y silenciarlo. 
¡Qué frío! –pensó, retirando enseguida el brazo.
Escudriñó entre las persianas y se dio cuenta de que afuera la jornada prometía buen tiempo. 
Se estiró, desperezándose, se puso las mantas tapando la cara y se quedó quieta durante unos segundos inmersa en el silencio de la habitación. 
Debo levantarme… ¡Debo encontrar un trabajo! –la voz retumbó en la estancia.
Apartó las mantas y se levantó cubriéndose enseguida con la bata de lana. Luego abrió la ventana y con la punta de los dedos empujó hacia afuera las persianas que chirriaron de manera poco alentadora. La luz entró en la habitación e iluminó la pequeña estancia amueblada con un estilo antiguo. 
Francesca, con los brazos cruzados y el aire absorto, estaba inmóvil al lado de la cama contemplando la que desde hacía dos noches era su nueva residencia. Dio unos pasos hacia el espejo sobre la cómoda, se paró para mirarse y le costó reconocerse: ¿aquella muchacha con el cabello corto y oscuro era ella? 
Todavía no se identificaba con aquel nuevo corte y sobre todo con aquel color. Durante veintiocho años siempre había sido rubia y con el cabello largo, más abajo de los hombros. Apoyó los codos sobre la cómoda y se dijo que no había sido una gran elección. También se había teñido las cejas y ahora el resultado final no le gustaba en absoluto. 
Encendió el teléfono móvil y esperó unos segundos con la esperanza de escuchar el sonido de los mensajes que, puntualmente, llegó.
Sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho y antes de mirar la pantalla, rezó:

Haz que sea Giorgio.

Cerró los ojos, pulsó un botón y después de respirar hondo, los abrió y leyó el mensaje.

Hola, cariño, soy mamá. ¿Cómo estás? Llámame en cuanto puedas. Te quiero.

De repente, como si las fuerzas le hubieran abandonado, se sentó en el lecho y, moviendo la cabeza, dijo en voz alta:

–No me llamará más, no debo ilusionarme. ¿Entendido, Francesca? ¡Resignate!

Se pasó una mano entre los cabellos y, poniéndose en pie, fue a la cocina y abrió el frigorífico. El vacío total que allí reinaba no hizo otra cosa que añadir más melancolía.

– Debo ir a hacer la compra si no quiero morir de hambre. Y luego tengo que encontrar un trabajo si quiero seguir comiendo… –constató.

Después de media hora ya estaba lista para salir, se dio un toque de brillo labial, se puso en la cabeza el gorrito de lana blanca, se envolvió la larga bufanda alrededor del cuello y bajó a la calle. 
Sintió escalofríos a pesar de que el sol brillaba en el cielo azul celeste ligeramente violeta de febrero y, arropándose en el plumífero, siguió la indicación para ir al centro. Levantó la mirada y se acordó que el pueblo se alzaba en dos niveles. Desde la posición en la que se encontraba podía ver arriba la muralla que englobaba el centro, desde donde sobresalía, imponente, una torre cuyas campanas, justo en ese momento, estaban dando los tañidos de las ocho. Esperaba encontrarse con una calle que subía en pequeñas curvas, en cambio, delante de ella, vio un remonte: un gran ascensor que subía traqueteando por una rampa. Francesca se paró dudando. 
Lo miró fijamente con aire no demasiado satisfecho y pensó:

Hace años no estaba.

Siempre le habían disgustado los ascensores y ahora aquella gran jaula transparente le producía una cierta inquietud. Estaba buscando con la mirada otra forma de llegar al centro cuando una voz a sus espaldas la sobresaltó.

–¿Y bien, entras?

Se volvió de repente y se encontró ante un joven con la bufanda hasta la nariz y la capucha que le cubría hasta las cejas. 
Francesca asintió y en cuanto puso el pie en el ascensor el joven pulsó el botón rojo y el artefacto se puso en marcha.

–¿Tienes miedo? –le preguntó observando el modo en que Francesca se había agarrado a la manija.

–No me gustan los ascensores. ¿Hay otra manera de llegar al centro?

El joven bajó la bufanda y le explicó que debería recorrer por lo menos un kilómetro subiendo.

–Comprendido: deberé habituarme a esta jaula –concluyó Francesca evitando mirar hacia afuera y hacia abajo y, después de unos minutos, el ascensor se paró.

El joven se ajustó la bufanda alrededor del cuello y, sin ni siquiera despedirse, saltó afuera, cogió las escaleras mecánicas de subida y luego desapareció en un callejón. Francesca se arrebujó en el plumífero y recorrió la pequeña cuesta que había delante de ella.

¡Cuánto frío hace! Quizás debería haber escogido un lugar más cálido. Quién se lo podía imaginar –pensó la muchacha, calándose todavía más el gorrito en la cabeza.

Llegó a lo alto de la cuesta y la plaza apareció delante de ella. Amplia y luminosa estaba rodeada por edificios altos y elegantes que resaltaban, en la luz matutina, con antigua majestuosidad. A la derecha había una fuente de base rectangular, de hierro oscuro, grande y elevada sobre tres escalones de piedra clara. Francesca se quedó fascinada por ella, indiferente a las ráfagas de viento que a ratos la embestían, descubrió que no conseguía apartar su mirada de allí. Todo a su alrededor estaba en silencio. Durante un instante se sintió absorbida por aquella desierta inmensidad que imperaba, se dejó acunar por el gotear del agua que, desde lo alto de la fuente, caía en la pileta. Y fue entonces cuando una imagen apareció de repente, una especie de alucinación a cámara lenta que le mostró a una chiquilla sentada en los escalones de la fuente. Reía y enseñaba una muñeca a una señora rubia, de la que Francesca no conseguía distinguir el rostro. La chiquilla estaba de espaldas y Francesca se dio cuenta de que tenía los cabellos rubios recogidos en una cola, el viento hacía que le oscilase y algunos mechones se habían escapado de la goma. La chiquilla ahora se había girado, mostrando el perfil redondo de la nariz hacia arriba. Con la mano se estaba rascando detrás de la oreja izquierda y justo allí Francesca vio una pequeña mancha roja. De repente la muchacha se llevó la mano detrás de su oreja izquierda y se dio cuenta de que la niña rubia tenía su mismo antojo en forma de fresa.

–¡Pero… Soy yo esa chiquilla! – murmuró desconcertada. Apenas había terminado la frase cuando algunas gotas de la fuente, desviadas por el viento, le golpearon de lleno en la cara haciéndola volver enseguida a la realidad.

Una risotada a sus espaldas le hizo girarse repentinamente y se encontró delante de una mujer anciana que caminaba apoyándose en un bastón.

–¿Sabes? Esta es la fuente de la fortuna y si esa fuente te moja…

Francesca sintió una voz de niña adelantarse a las mismas palabras que la anciana señora estaba pronunciando:

–...tu vida será afortunada… 

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miércoles, 21 de julio de 2021

Bajo el emblema del león de Stefano Vignaroli - Primer capítulo

 
Bernardino, en el umbral de su imprenta, que daba a la Via delle Botteghe, a la altura del arco de la antigua Domus Verronum, observaba desfilar, con gran satisfacción, el cortejo nupcial. Finalmente, después de tantos obstáculos y altibajos, la condesa Lucia Baldeschi, en un radiante día de finales del verano de 1523, se casaría con Andrea De’ Franciolini. Es más, para ser exactos, con el Marchese Franciolino De’ Franciolini, Señor dell’Alto Montefeltro y Capitano d’arme de la regia Ciudad de Jesi. El cortejo propiamente dicho había sido precedido por estruendo de tambores y toques de trompeta, por la exhibición de abanderados, por las evoluciones de las elegantes aves rapaces lanzadas al vuelo por hábiles halconeros, e incluso por el desfile de familias de la nobleza de los distintos distritos de la ciudad, cada una de ellas identificada por el proprio abanderado y por el estandarte de la jurisdicción a la que pertenecía. La ciudad era un derroche de colores. Cada calle, cada callejón y cada palacio estaban engalanados. El aire fresco de septiembre, hacia las horas centrales del día, había dado paso a los rayos del sol que estaban caldeando la atmósfera de manera realmente insólita para aquella estación, tanto que a muchos nobles se les desparramaba el sudor en el interior de sus vestidos de brocado o terciopelo. Las más afortunadas eran las damas que habían escogido vestir frescos trajes de seda de colores. Bernardino había reconocido a aquellos que pertenecían a las familias más importantes de Jesi, no sólo por los emblemas sino porque conocía bien sus fisonomías. Los Condes Marcelli, los Marqueses Honorati, Amatori, Amici y Colocci. Todos se dirigían hacia la Piazza San Floriano para asistir a la función religiosa presidida por el Cardenal Piersimone Ghislieri, obispo muy amado por toda la ciudadanía. Después del paso de malabaristas y tragafuegos y otra tanda de abanderados, apareció finalmente la novia, muy hermosa, sobre un caballo con el manto blanco inmaculado, con la crin arreglada en finas y pequeñas trenzas que caían por ambos lados del elegante cuello del animal. Lucía iba ataviada con una espléndida gamurra de seda adamascada roja, enriquecida con motivos florales bordados de realce. En el cuello rectangular y en los bordes de las mangas habían sido añadidos encajes blancos. El traje, que le llegaba hasta los pies, adornado con botones engarzados y gemas preciosas, apretado en la cintura por un cinturón finamente trenzado, no permitía a la dama sentarse a caballo a la amazona, de la manera en que ella estaba habituada a hacerlo. Las dos piernas debían estar apoyadas en el mismo lado de la cabalgadura, haciendo todavía más difícil y penoso mantener el equilibrio en la silla. Pero Lucia conservaba una mirada altanera, sosteniéndose liviana con las riendas, sin mirar fijamente a ningún ciudadano a los ojos. Se dejaba admirar, sin intercambiar la mirada con nadie. Sólo cuando pasó al lado de Bernardino, su rostro se iluminó y esbozó una sonrisa a modo de saludo dirigida a su amigo y mentor. El impresor se dio cuenta y se regocijó por ello sin exteriorizarlo. Mientras miraba con obsequiosa admiración a la Condesa Baldeschi, se dio cuenta de que el rojo era el color preferido de las novias de la época. El rojo era el símbolo de la potencia creadora y, por lo tanto, de la fertilidad pero, sobre todo, los tejidos de aquel color eran los más caros y apreciados. El cortejo nupcial era considerado parte integrante de la ceremonia del matrimonio. Habitualmente, constituía una representación pública de ostentación de la riqueza de la familia de la novia que desfilaba por las calles de la ciudad con sus valiosas prendas nupciales, acompañada por los nobles caballeros de la familia. Nada de esto sucedía con Lucia Baldeschi que no había querido a ningún presunto caballero perteneciente a su familia a su alrededor. Su sobria elegancia y su porte eran casi el de una reina que iba al altar para casarse con su príncipe. Una reina que, de todos modos, había sido siempre amada por su pueblo, por lo que era y no por lo que quería aparentar. Y nunca se habría permitido aparecer de otra forma sólo porque ese era un día especial. Todos los jesinos habían aprendido a amarla como una mujer de carácter fuerte y determinado pero, al mismo tiempo, con un alma buena y amable. Bernardino se sumó al cortejo que, dentro de poco, llegaría al atrio de la iglesia de San Floriano, donde debería estar esperándolo el novio junto con el cardenal Ghislieri. Allí, en el atrio, se desarrollaría la ceremonia nupcial con el intercambio de los anillos. Después de lo cual, los celebrantes y los invitados, entrarían en la iglesia para la celebración de la auténtica misa. 
Aunque no lo pareciese, Lucia estaba de los nervios. No veía la hora de bajar del caballo y acercarse a su prometido, tendiendo hacia delante su mano izquierda, de tal manera que él pudiese besarla y la mantuviese asida a la suya. Pero en cuanto el caballo blanco pisó la plaza, que en su momento había sido el lugar de nacimiento del emperador Svevo, fue evidente para la novia y para todo su séquito que el Capitano Franciolini no estaba en su puesto, debajo del palio preparado a tal fin delante de la iglesia. El obispo, el cardenal Ghislieri, acogió a la joven novia abriendo los brazos incómodo. Era evidente que no sabía por dónde empezar para darle las debidas explicaciones.

Hombres del Duca della Rovere… Sí, justo hombres del Duca della Rovere fueron los que se presentaron hace poco. Han intercambiado unas palabras con el Marchese y le han dado una carta sellada. Él la ha leído en un abrir y cerrar de ojos, luego, sin decir una palabra, ha saltado sobre su caballo y ha partido corriendo detrás de esos hombres. Antes de desaparecer se ha girado gritándome “¡Excusadme con la condesa pero se requiere mi presencia en Mantova con la máxima urgencia!”

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martes, 13 de julio de 2021

STONEHENGE de Bernard Cornwell - RESEÑA

 
Debo reconocer que el periodo prehistórico no es mi preferido como argumento para una novela. Pero este libro estaba escrito por Bernard Cornwell, era una edición muy cuidada y la editorial también me gustaba (Edhasa), así que lo compré. Un auto regalo de Reyes de hace ocho años del que no me arrepiento. No todos los libros se leen cuando los compras, algunos tardan años en llamarte desde la estantería de tu pequeña biblioteca. Y por fin, a principios de este mes de julio de 2021 lo cogí y me tumbé en el sofá.
Dado que sobre la prehistoria no existen documentos escritos, obvio, ni han llegado hasta nosotros demasiados monumentos que cuenten cómo era la vida en una época tan lejana, representa un hecho titánico y un esfuerzo imaginativo enorme el lanzarse a escribir una novela de este tipo. Confiaba en Cornwell y no me ha defraudado en absoluto.
Partiendo de una situación bastante común a muchas civilizaciones y épocas, los tres hijos de un jefe, o de un rey o de un emperador, eso da lo mismo, con distintas características y valores, Cornwell escribe un libro apasionante, lleno de magia, de luchas intestinas, de crueldad, de ansias de saber. Estructurada en tres partes (El Templo del Cielo, El Templo de las Sombras, El Templo de los Muertos) Stonehenge narra las vicisitudes de un pueblo para sobrevivir, sus luchas con los pueblos vecinos, su confianza en los dioses de la naturaleza, la lucha entre estos dioses, sobre todo, la más importante, entre el Sol y la Luna. Cornwell intenta describir de la manera más fiel posible y sin darse a fantasías excesivas la manera de vivir de las personas de 2000 años antes de la era cristiana, unas personas que estaban inmersas en la naturaleza, que creían en ella como algo incomprensible y que regía sus vidas. La vida de los tres hermanos (Saban, Lengar y Camaban) del cual uno es un tullido, otro un guerrero despiadado y otro, Saban, un muchacho a punto de convertirse en hombre por medio de un rito de iniciación, es también la historia de cómo deberían ser un hechicero, un guerrero prehistórico y un constructor de templos. Porque Stonehenge es un templo, pero ¿cómo se construyó, quién lo hizo, cómo fue posible tallar aquellas piedras tan asombrosas? A esto es a lo que Cornwell intenta dar respuesta con este libro y debo reconocer que, aunque no sé nada de arqueología, me ha parecido tan coherente su historia que casi estoy convencida de que fue así como sucedió.
Se podría pensar que un argumento tan simple en esencia sobre el que giran las más de 400 páginas de este libro, harían de Stonehegen un volumen pesado y aburrido. Muy al contrario, cada página es un descubrimiento, una lección de cómo escribir una historia apasionante, entretenida y para nada aburrida.

IL LEOPARDO di Jo Nesbo - RECENSIONE

Un vero mattone di 760 pagine ma un mattone che ne vale la pena leggere. Questo è stato il primo libro di Jo Nesbo che ho letto in italiano, gli altri li ho letti in spagnolo. Comunque, Jo Nesbo è della Norvegia. Era da molto tempo che no mi immergeva nella lettura di un noir del Nord di Europa e mi è piaciuto farlo. Il personaggio principale, un poliziotto a chi piace drogarsi e bere fino allo sfinamento non è proprio un eroe. Ci sono un sacco di questi personaggi nei film statunitensi e può darsi che l'autore abbia preso questa caratteristica del suo personaggio di tanti altri romanzi neri classici. Va benissimo, sono personaggi più umani, con pregi e difetti, che subiscono, amano e vengono prese a volte in giro per quelli più belli e normali del romanzo. 
Si può pensare che un libro di 700 pagine sia pieno di descrizioni e di dialoghi superflui ma non è così. Ogni parola, ogni frase è necessaria.