jueves, 9 de abril de 2020

Una cena speciale

Martedì prossimo Luigi fa una cena per festeggiare che si è trasferito di casa; sará una cenetta intima, soltanto undici persone. Sa già chi sono i commensali, ma adesso deve assegnare i posti dei suoi ospiti a tavola. Per fortuna la tavola è rotonda e non ci sarà problema su chi dovrebbe essere il capotavola. Adesso, con molta cura, deve decidere dove sedere ognuno:
Alla sua destra, Tiziano, un amico del paese dei suoi. È una brava persona però anche un tifoso del Milan, e non può essere vicino al Padre Pietro, al quale piace l’Inter ma pensa che la gente del Sud... Beh, ci sarebbe un bagno di sangue.
Alla sua sinistra, Mari Carmen, una ragazza spagnola che ha conosciuto l’altro giorno, non parla niente d’italiano. Accanto a lei, Francesco, un vecchio amico dell’Università, e alla sinistra di Francesco metterebbe il Padre Pietro. Queste tre persone bevono molto: Mari Carmen riderebbe e non direbbe niente, Francesco parlerebbe di molte cose interessanti e il Padre Pietro sarebbe compiaciuto di essere vicino a un uomo come il suo amico, colto e del Nord.
Alla sinistra del Padre Pietro, Gennaro. Si, lo zio Gennarino è napoletano e ci sarebbe un problema con il Padre Pietro che non può vedere i terroni, come lui chiama alla gente da Piacenza in giù; ma Gennaro è un po’ fascista, e per lui le tre cose più importanti nel mondo sono la patria, la famiglia e la religione. Inoltre, ha un sacco di soldi... Si, potrebbe essere una buona idea.
Dopo, Chiara, mia sorella, lontana da Francesco, con chi ha avuto una storia che è diventata un disastro. Sarebbe meglio la sua compagna alla cena Daniela, una giovane giornalista. Mia sorella avrebbe bisogno di una persona come Daniela, che parlerebbe di cose senza importanza, sufficienti conversazioni colte ha già da lunedì a venerdì.
Alla sinistra di Daniela, Filippo, un mio collega di lavoro, un po’ ambiguo, timido e riservato. È un bravo ragazzo,  sempre disposto a fare qualcosa per i suoi colleghi, ma non ha amici. Forse Alessandro, che era il mio psicologo sei anni fa, sarebbe una buona elezione; potrebbero innamorarsi. Ho la certezza che Filippo è omosessuale.
Alla sinistra di Alessandro, Mara, la sorella di Francesco. Lei e Tiziano... non sono sicuro: Mara è un’ecologista radicale e Tiziano un esperto cacciatore, però Tiziano è molto amabile con le donne. Mara si arrabbierebbe se sa questo, ma potrebbe parlare con lui e non direbbe niente della sua passione per la caccia.

Ecco fatto!

martes, 7 de abril de 2020

La anciana

Una soleada tarde de primavera paseaba con un amigo por los jardines de Méndez Nuñez. Hacía por lo menos diez años que habíamos perdido el contacto; después de informar cada uno al otro de lo más significativo de nuestras vidas ocurrido durante este intervalo de tiempo, pasamos a hablar de cómo a veces la vida real supera a la ficción. Ël no estaba de acuerdo conmigo, pensaba que en lo cotidiano sólo existía vulgaridad y pocas personas podrían contar hechos siquiera la décima parte de emocionantes a los referidos en las novelas  románticas del siglo XIX. Nos sentamos en un banco, observé que, próxima a nosotros, estaba una señora mayor leyendo, la cual, de vez en cuando, levantaba la vista del libro para posarla en una niña que se estaba ensuciando con la tierra debido a su afán por fabricar pasteles de barro. Yo la conocía asi que le dije:
-¿Qué piensas de esa anciana que está en ese banco? Imagina su historia, su entorno, conocidos, familia…y piensa que tiene más de setenta años.
-Es elegante, reposada, posiblemente la viuda de un militar…un coronel, con el que se casó cuando tenía dieciocho años; nunca engañó a su marido aunque una vez estuvo tentada pero fue sólo un instante. Tuvo cinco hijos, tres niños y dos niñas; uno de ellos salió militar, como el padre, otro comerciante y el menor está finalizando la carrera de Derecho, la hija mayor está casada con un capitán de la marina mercante y la menor tiene novio y estudia Informática. La nieta es la primera que tiene y está muy mimada. Tiene un tío por parte de madre que es cura y una tía por parte de padre que es monja, muy ancianos, casi centenarios. En Navidad aparecen todos por casa de la abuela y cantan villancicos alrededor del belén. Veranean en un pueblo al que van desde hace quince años. La anciana pertenece a cuatro o cinco asociaciones benéficas y la mayor parte de su pensión vaa parar a ellas, por lo que riñe de continuo con los hijos aunque nadie ha podido disuadirla de que no lo siga haciendo. La niña va a un colegio de religiosas muy severo en el que la piensan dejar hasta acabar los estudios primarios, luego cursará el bachillerato en Irlanda, Estados Unidos o Gran Bretaña; yo me inclino a pensar que será en Estados Unidos.
-¿Nada más?-pregunto, divertida por la invención.
-No se me ocurre nada.
-Ahora te voy a contar lo que realmente ha vivido esa mujer:
Su nombre es Irene, proviene de un pueblo pesquero de la Costa da Morte, pobre y pequeño, al menos cuando nació en 1928, ahora ha progresado un poco pero no llega a los mil habitantes; la menor de doce hermanos, seis hombres y seis mujeres: ellos, marineros; ellas, la tierra (el minifundio herencia de una tía materna) y la casa; algo de contrabando todos. Tres de sus hermanos murieron en la mar, como diría ella, los otros emigraron a Francia y montaron, al cabo de los años, un restaurante gallego en París, un año de estos volverán. Dos de las hermanas decidieron marchar también, eligieron Madrid: una se casó con un profesor de la academia nocturna a la que iba después de finalizar su trabajo de camarera  en una cafetería de la zona de Recoletos, la otra se enamoró de un actor y ahora, junto con su marido, posee una compañía de teatro, nada conocida en España ya que trabajan argumentos experimentales y demasiado vanguardistas para este país, son muy conocidos en Japón y Alemania. Las otras dos quedaron con los padres, ella, la menor, cuando cumplió los quince años se largó también, a París. Allí sirvió durante dos años en diferentes casas; viendo el poco futuro que tenía con aquel trabajo comenzó a barruntar su partida; le llegaron noticias por medio de una muchacha amiga suya que trabajaba en la Embajada de España de que en Australia se necesitaban mujeres, se informó y compró un pasaje, sólo de ida.
Allí aprendió a hablar inglés rápidamente, ya que tenía una predisposición natural para los idiomas, algo que hasta ese momento no sabía. Entró a trabajar en una fábrica de hilaturas, al cabo de un año estaba harta también de este trabajo asi que fue a una tienda a comprar lo necesario para internarse en el país en busca de oro. Le habían hablado de unas montañas en pleno desierto; allá se fue, sola, tenía dieciocho años. Vagó por aquellas tierras durante tres o cuatro años, no encontró ni rastro del oro pero aprendió muchísimas cosas: cómo poner trampas, cómo cazar, y los distintos dialectos de los aborígenes, entre los que había adquirido un gran prestigio tanto por su inteligencia como por su valor. Ni siquiera en Australia, país donde los aventureros proleferaban allá por los años cuarenta, era frecuente encontrar mujeres dispuestas a internarse en el desierto y mucho menos solas; estaba bien allí, era feliz, tenía muchos amigos, pero su naturaleza inquieta le pedía más, por lo que después de despedirse de todos su conocidos contrató un pasaje en “La Estrella de Oriente”. Este barco era propiedad de un gallego amigo suyo que hacía normalmente la ruta Sidney-Madras (India), Irene quería llegar a Grecia e intentar traficar con perlas; después de un viaje difícil en el que estuvieron a punto de irse a pique varias veces debido a los fuertes temporales, llegaron a Madras, donde su amigo le puso en contacto con un comerciante griego que estaba introducido en el negocio de perlas y telas exóticas , dueño de una pequeña flota de barcos. Su nombre era Alejandro. El griego se enamoró inmediatamente de ella y le pidió que se casara con él, ella se nego pero, con tanta cortesía que, apasionado como era Alejandro asi como un hombre de impulsos generosos, le regaló uno de sus mejores barcos y puso a su disposición una tripulación de diez hombres al mando de su primo Mikis. También le vendió, a bajo precio, multitud de telas que podría cambiar por perlas a otro primo suyo, con quien normalmente hacía estos negocios, y que vivía en Parós, una de las islas Cícladas (en el Mar Egeo). El viaje transcurrió sin novedad: Colombo (ahora se llama Sri Lanka), Bombay, Karachi (Pakistán), Salala (Omán), Adén (Yemen), Jidah (Artabia Saudí), Suez, Port Said (Egipto), Nicosia (Chipre), islas de Kásos y Amorgós, y por fin Parós.
Allí estaban esperándole todos los familiares de Alejandro, que les había escrito una carta pidiénoles que la acogieran y ayudaran a iniciar su negocio; hubo una gran fiesta durante tres días y tres noches en su honor. La trataron con la mayor deferencia ya que entre los griegos los deseos del patriarca de la familia deben ser satisfechos en todo momento, y este era Alejandro, el hombre que se había enamorado de ella.
Permaneció allí duranter seis meses que aprovechó para negociar con varios comerciantes de las islas, aparte de consolidar su relación cada vez más cordial con Aristóteles, el primo de Alejandro. En esta familia tenían la creencia de que si ponían a sus primogénitos varones nombres antiguos de grandes hombres, en ciaerta manera su fama influiría en ellos para que llevasen a buen término sus ambiciones, y como ellos serían el inicio de nuevas familias, los próximos patriarcas de sus respectivas ramas, eso les ayudaría tanto a que su autoridad fuese respetada como a picarles en su orgullo para que, si no igualar a los antiguos héroes y sabios, por lo menos intentarían llevarlo con honor y honradez. Así se lo contó Aristóteles a Irene, si bien con un lenguaje mucho más rimbombante que el utilizado por mí. Se familiariza con el idioma griego y un par de sus dialectos, asi como con las costumbres y leyendas de este antiguo pueblo. Una tarde de primavera decide que es hora de ir a vender las perlas acumuladas durante estos meses en los mercados de París y Londres; le dan una gran fiesta de despedida en la que le ofrecen regalos y recomendaciones todo el mundo, y al día siguiente embarcan con la nve repleta de regalos destinados a los familiares asentados en Francia y Gran Bretaña. Por la mañana temprano levan anclas, sin sospechar que este viaje les va a traer más de una sorpresa.
Europa estaba en guerra, pero no había llegado todavía a Francia; en cuanto a Gran Bretaña, era prácticamente imposible de invadir debido a su insularidad. Lo primero que hace al desembarcar es visitar a los parientes que Alejandro tiene en Marsella, deja a dos marineros al cuidado del barco mientras ella con el resto de la tripulación y Mikis se dirigen a la casa del hermano menor de su enamorado; debía resultar curioso verla pasear por la ciudad acompañada de nueve fornidos griegos, siempre a su alrededor protegiéndola, aunque ella no lo necesitase. Teo la trata como si fuera una hermana, le hace regalos y está atento al menor de sus deseos, al cabo de tres días le entrega una carta de presentación para “monsieur” de La Croix, un banquero parisién con el que Teo lleva haciendo tratos desde hace diez años, socio en sus negocios y amigo personal desde que llegó a Francia en 1932. Le dará alojamiento en París a ella y sus acompañantes. Irene decide dejar el barco con cinco marineros en Marsella, viajará con Mikis y cuatro acompañantes más. El bueno de Mikis, siempre callado y servicial, y siempre enamorado de la mujer que nunca podrá conquistar porque ella no se ha fijado en él, está demasiado ocupada traficando, comprando y vendiendo, como para darse cuenta de su ciega abnegación y de su profundo amor. En veinte días deben ir a París, hacer el trato con el banquero, pasar el estrecho de Calais, dirigirse a Dover, entablar contacto con otro pariente de Alejandro, que a su vez les pondrá en comunicación con un anticuario y un banquero londinense y volver a Marsella.
Deja pagado a los que se quedan dos meses de sueldo y cogen un tren a París, ninguno de ellos había estado antes en esta ciudad, caminan asombrados intentando verlo todo: las luces, los comercios, los parques, los restaurantes, los bulevares, la gente,…Compran ropa adecuada para la ocasión e inmediatamente se dirigen a ver a “monsieur” de La Croix, director de uno de los bancos más antiguos y prestigiosos de la capital de Francia; en cuanto ella entrega la carta de presentación al banquero este se deshace en elogios hacia Teo y su familia, hacia la amistad, etc., un buen hombre aunque un poco cursi y peswado, aunque muy generoso ya que les invita a cenar a todos en el Ritz y, por supuesto, hace con ellos de cicerone en la noche parisina; llegan a un acuerdo cerrando el negocio por la mañana: les comprará la mitad de las perlas por medio millón de francos. No sólo eso sino que también pone a su disposición su coche particular que será el que les lleve hasta Calais. A Irene Francia le recuerda su tierra, hace casi ocho años que salió de ella y perdió el contacto con sus padres y hermanas y, aunque los días que ha permanecido en París le han servido para reencontrarse con sus hermanos y ellos le han dado noticias de su pueblo, siente la nostalgia del gallego por volver al lugar donde nació. Pero aún le queda mucho por hacer y mucho por vivir, no ha llegado el momento de retornar a sus raíces, aún le queda mucho que aprender; es joven, tiene veintiún años, y ambiciosa, pero no tacaña pues comparte todo con quienes le vinene ayudando desde que salió de Parós, la tripulación la aprecia…¿qué más puede desear?
Tardaron dos o tres días en llegar pero no pudieron embarcar aquella noche debido al fuerte temporal, muy frecuentes en esa época del año. Pasaron la noche en una posada y salieron en el “ferry” de madrugada, el chofer y el coche con ellos, pues tenía órdenes de acompañarlos a Londres asi como de esperar a que llevasen a buen término sus gestiones y volver con ellos a París. No estaba acostumbrada a que la tratasen así, nunca había buscado compasión ni ayuda, siempre se había valido de sus propios medios y fuerzas, y había sabido salir delante de las situaciones más comprometidas, pero Alejandro la amaba y, aunque no tuviese esperanzas en  cuanto a conseguir que Irene le correspondiese, hacía por ella todo lo que podía. Al igual que en París arregló sus asuntos rápidamente, de manera que recorrieron Londres y sus alrededores durante unos días antes de volver a París, en Marsella no les esperaban hasta dentro de diez días. Pensando en regresar fueron a despedirse de Mr. Brigg, el anticuario, y de Sir Nelson McKinks-Attenborough, el banquero. Con ellos estaba otro hombre; le dijeron que se llamaba Donald Roodwaters. Deseaba, si no tenía inconveniente, hablar con ella a solas sobre un asunto de la mayor importancia, como era muy curiosa aceptó; entraron en una pequeña sala anexa a donde se encontraban: Alejandro le había escrito sobre ella, (¡era increíble a cuánta gente conocía este hombre!), en los términos más elogiosos. Quería proponerle un negocio bien pagado pero peligroso, el asunto trataba de lo siguiente: Alemania había invadido Polonia y no se sabía hasta donde podía llegar con su política de agresión, el gobierno inglés le había encargado la formación de una red de agentes dispuestos a todo, que entrarían en acción tan pronto como Francia fuera invadida, también se temía por Grecia. Le habían hablado de su valentía y coraje, de su vida en Australia, y de muchas otras cosas que ella no se explicaba cómo era posible que las hubiera sabido. Dijo que sí. Volvieron a Marsella donde pasaron unos días comprando regalos para la familia, luego pusieron rumbo a Parós.
Alejandro, que había ido a visitar a su  primo, se puso muy contenta al verla. Estuvo un año comerciando con perlas y telas, siempre acompañada por Mikis. Le gustaba este trabajo, tenía tratos con Arabia, Pakistán y Yemen, aprendió árabe. Un día que iba a partir rumbo a Karachi, en Pakistán, le llegó un telegrama urgente: era de Donald Roodwaters. La necesitaba en Gran Bretaña, a ella, a su barco y tripulación; asi que cambió sus planes y partió. Tardaron casi una semana en llegar a Dover, allí estaba él esperandoles, subió al barco: debían partir esa misma noche con un cargamento de armas , que recogerían en una cala de la resistencia francesa en Bretaña, a continuación se dirigirían a Barcelona. El barco sería cargado también con telas y otras mercancías con el objeto de no despertar sospechas entre el contraespionaje alemán; figuraría un barco mercante que se dedica tan sólo a sus negocios.
En Barcelona deberían recoger a un pasajero llamado Peter, lo incluiría en su tripulación y lo llevaría a Grecia; en concreto, a Yithión, al sur del Peloponeso. Tenía la misión de formar una red de agentes en todas y cada una de las islas griegas.
Irene trabajó para el servicio de inteligencia inglés hasta el final de la guerra, nunca fue descubierta aunque una vez que estuvieron a punto de hacerlo la salvó Mikis. Corrían ciertos rumores en el campo alemán: una mujer, propietaria de un barco, podía estar colaborando con los inglese en calidad de correo. Se pusieron a buscarla. Llevaba más de cuatro meses trabajando para Donald Roodwaters cuando, un día, a la altura de Lisboa, una patrullera alemana divisó el barco. Dado que no estaba muy próximo a las rutas comerciales decidieron darle el alto y pedir su identificación; Irene poseía una abundante cabellera negra y Mikis pensó que sería mejor ocultarla antes de que los alemanes subieran a bordo, asi que se la cortó, le puso una gorra y la hizo bajar a la sala de máquinas. Los alemanes saltaron a cubierta, pidieron a Mikis que reuniera a la tripulación pues estaban buscando a una mujer, él contestó que en su barco no había ninguna, que daban mala suerte, le dijeron que recibiría una sustanciosa recompensa por ella, a lo que el valiente muchacho contestó que lo tendría en cuenta. Formaron todos en cubierta, incluso Irene con la cara sucia de carbón:
-¿Quién es ese muchacho?-preguntó el oficial al mando.
-Es mi hermano pequeño, está a mi cargo porque nuestros padres murieron en un incendio en nuestro pueblo-contestó Mikis.
-Registrad el barco-ordenó el comandante alemán.
-Sólo llevamos telas-informó Mikis.
-No nos interesan, buscamos armas.
Por suerte el barco estaba provisto de un doble casco, que era donde iban las armas, y también una cantidad indeterminada de algodón con el fin de que no sonase a hueco y no descubriesen el escondite; y asi ocurrió: no lo detectaron. No teniendo nada contra ellos dejaron que continuasen su viaje.
Después, al irse los alemanes, Irene bajó de nuevo a las calderas, Mikis la siguió:
-Gracias.
-Hubiese hecho cualquier cosa por ti-le respondió él mirándola fijamente a los ojos.
-Mikis, ¿por qué me miras así?
-Te quiero Irene-contestó él-quiero que te cases conmigo.
-Tal vez, tal vez; dame tiempo para pensarlo-respondió, intentando ocultar sus emociones pues lo apreciaba pero todavía no estaba segura si lo que sentía por él era amor o tan sólo agradecimiento por haberle salvado la vida.
Después de terminada la guerra siguió comerciando con Alejandro. El sentimiento hacia Mikis se fue consolidando y fortalenciendo, y asi se lo dijo el día que él cumplía veinticuatro años, pues no era ninguna mojigata y sí una mujer de acción. Mikis aulló de contento y, por supuesto, montó una fiesta por todo lo alto durante siete días. Alejandro se alegró mucho por ellos.
Desde aquella, marido y mujer no se separaron, navegando juntos durante años a la par que urdían una intrincada red de relaciones comerciales desde Grecia a La India. Un buen día, ella le habló de su tierra y de su deseo, desde hacía muchos años, de volver allí. Lo primero que hicieron fue volver al pueblo donde vivían sus padres, hacía catorce años que había abandonado la Costa da Morte y no los había visto desde aquella: murieran, aunque todavía permanecían en la casa dos de sus hermanas, la otra, harta de la vida en el pueblo, se había largado a Bilbao donde casó con un médico.
Permanecieron una larga temporada allí, Mikis estaba encantado. Las hermanas deseaban marchar a Coruña pero no tenían una idea concreta sobre lo que deseaban hacer allí, entonces se le ocurrió una idea: iría a medias con ellas, montarían una joyería, mientras Ella y Mikis se encargaban de la compra y transporte de la mercancía ellas permanecerían en la tienda. A todos les pareció una idea excelente. Las cosas les fueron bien desde el principio; con el tiempo Irene quedó embarazada y, entonces, de mutuo acuerdo con Mikis, decidieron que lo mejor era permanecer en la tienda los dos. Llamaron a uno de los hermanos de él para que se encargara del barco mientras ellos, desde tierra, seguían en contacto con sus conocidos en los negocios. De vez en cuando surgía alguna dificultad, se alejaban temporalmente de la joyería, pero ya se había acabado aquella vida de ir de un lado para otro constantemente: tenían un hijo que educar y era seguro que vendrían más, asi que había que tener un sitio para recibirles. Sólo esporádicamente se hacían a la mar, cuando ambos sentían la nostalgia de aquellos tiempos de continuo deambular. Los hijos crecieron y todo siguió su curso natural.
-Me estás tomando el pelo, parece de película; esa dulce ancianita  no puede haber hecho todo eso.
-Es la pura verdad, ella misma me lo contó.
-Reconoce que se ha aprovechado de tu ingenuidad, que te ha engañado.
-Es imposible.
-Dime ¿por qué?

-Porque esa anciana es mi madre.

lunes, 6 de abril de 2020

O crime da princesa, cuarta e última parte

Mentres el estaba a argalla-la miña cea eu púxeme a botar unha ollada ós papeis, quedábame moito por ler pero como non podía ir a ningures se cadra nun día a miña curiosidade quedaría satisfeita. Ó pouco Roberto chegou cunha bandexa coa comida para el e para min. Ceamos en silencio e rapidamente, non falamos máis do caso; prendín o televisor e estivemos a ver unha serie de policías que poñían en Telecinco ata que chegou Carme, que viña tan amolada do ximnasio que, segundo dixo, só ía tomar un vaso de leite e deitaríase de contado. Roberto quedou ata o final da película e logo marchou, prometendo vir ó día seguinte. Eu, como durmira polo serán, non tiña agora sono así que collín os papeis que trouxera o meu amigo, busquei onde quedara a derradeira vez e proseguín a lectura:
“O viúvo non estaba para moitas lerias así que tiven que ser eu quen se fixese cargo dos preparativos do enterro de Isabella; tódolos traballadores foron despedidos e só quedaron os invitados que trocaran a súa vinda a unha petición de man por un enterro. Ós tres días celebrouse a cerimonia, viñeron moitos máis parentes e coñecidos dende tódalas partes do país e tamén xente dende Francia e máis España. Isabella foi enterrada no seu sitio preferido: debaixo dun fermoso e grande carballo, onde, nas tardes de verán, sentábase a ler ou a escribir no seu diario. Despois da cerimonia e de da-lo pésame á familia os invitados marcharon. O conde non se decataba de nada do que pasaba ó seu derredor, cando vía a alguén pola casa preguntaba por Isabella, se tardaría en chegar do seu paseo a cabalo ou das súas compras á cidade. Daba tanta mágoa velo camiñar coa cabeza baixa e facendo plans para as vacacións coa súa muller, cando foran a ver á súa filla ó internado, que ninguén ousaba lembrarlle que a súa dona morrera hai catro días e que a súa filla era xa unha moza que casaría cando rematase o loito pola súa dona.
Xusto á semana do enterro o avogado da familia, que era tamén un curmán de Isabella, leu as derradeiras vontades da defunta. Todo foi moi solemne, como sempre ocorría nesta familia nas grandes ocasións; foi na biblioteca, e non houbo ningunha sorpresa: unha parte da fortuna ía parar ó seu marido e outra ós fillos. Só houbo unha cláusula un pouco estraña: a familia debería agasallar como mellor soubese a unha parella de xemelgos, un home e unha muller, que chegarían quince días despois da súa morte. Endexamais soubemos quen eran porque non apareceron.
Dende a morte da miña querida amiga dáballe voltas á cabeza tentando descubrir quen era o asasino. Pensei na súa filla Estefanía, sabía que adoraba ós seus pais pero tamén que de rapariga caera e danara a cabeza, e por mor diso sufría episodios de esquizofrenia, e cando lle daban,  sen podelo evitar, arremetía contra o primeiro que tivese diante dela, xa fose unha cousa ou unha persoa. Negábame a considerar esta posibilidade. Tamén podía haber sido calquera dos serventes; aínda que Isabella era unha boa muller e a maioría das veces trataba ós seus serventes dun xeito considerado, tamén é verdade que era unha aristócrata moi rica e conservaba certos prexuízos cara ás persoas que traballaban para ela e, a miúdo, sen se decatar, abaixábaos. Sei de certo que tivo rifas cun dos meus irmáns, quen era agora o xardineiro xefe, pero Paolo, aínda que de xenio forte, sei que é incapaz de facer dano a ninguén. Tamén sei que reprendeu á cociñeira a véspera do seu aniversario por mor dunha comida que non lle gustaba como a fixera, pero non penso que, aínda que a cociñeira sexa o demo, poda ser unha asasina. Co mordomo tamén tivo as súas disputas; morreu ó pouco de facelo Isabella, era un home vello que herdara o traballo do seu pai e, ás veces, comportábase dun xeito impertinente coa miña amiga, como se fose el, e non ela, o dono do castelo. Isabella apreciábao pero non consentía, (aínda que lle consentía moito en lembranza do seu pai, pois foran compañeiros no exército), que se entremetese na súa vida privada aconsellándoa, por exemplo, sobre como tratar á súa filla. Pero non coido que tivese forzas de abondo para asasinar a Isabella, nin penso que tivese motivos para facelo pois, á pesar de tódalas súas diferencias, respectábanse.
Coa súa doncela tamén tivo os seus máis e os seus menos, ...”
Cando espertei era xa pola mañá e tódolos papeis estaban polo chan ó meu carón; era moi cedo, pola fiestra podía ve-lo edificio de enfronte envolto en sombras, pero xa semellaba que estaba a clarear, Carme aínda non se erguera, senón escoitaría a súa cantaruxada si estivese no baño. A pesar de todo non me doían as costas nin collera friaxe por durmir sen un cobertor. Como puiden fun a cociña e fixen un café, tiña que chamar a Roberto en canto puidese.
Non o puiden localizar, foi el quen chamou preto das doce para dicirme que os seus compañeiros ían facer unha festa polos seus vintecinco anos como policía, a el non lle facía moita gracia pero os vía tan ilusionados que non podía negarse.
-¿Como vas coa historia da princesa?
-Non avancei moito porque quedei durmida, se cadra hoxe rematarei con ela. É unha mágoa que no meu estado non poda moverme para ir a esa festa.
-Eu tamén o sinto, pero non te preocupes que pasarei a verte e falaremos da historia. Deica logo.
-Deica logo.
Despois do almorzo, como só tiña que descansar e non podía facer moitas cousas, tornei a deitarme no sofá, prendín o televisor e cheguei a ve-lo final dunha desas series que poñen de mañanciña. Logo, mentres daban as primeiras noticias, volvín cos papeis.
“Coa súa doncela tamén tivo os seus máis e os seus menos, por puras parvadas de muller presumida, e a súa máxima crueldade coa rapaza era chamala “parva” de cando en vez. E, aínda que para min iso non sería un motivo, hai xente moi susceptible que seguro que non a aturaría tan ben coma min. De calquera xeito resulta difícil imaxinar a unha rapaza de vinte anos, pequerrecha e de corpo fino tentando estrangular a unha muller que é unha cabeza e media máis alta que ela e o dobre de rexa. Pero claro, nun arrouto de furia calquera e quen de facer as maiores barbaridades.
Entre os invitados había algúns que, aínda que no presente disfrutaban dunha boa posición, case estiveron a piques de arruinarse por mor dos antollos de Isabella; eran uns cabaleiros da vella escola, dos que pensaban que unha muller se enguedella dun home se este lle merca xoias e demais lerias caras. A miña amiga deixábase querer, a costa da fortuna allea. Se cadra algúns deses cabaleiros non o eran tanto.
Por máis que lle daba voltas o asunto non avanzaba nas miñas pescudas; tentei interrogar ós principais sospeitosos dende o meu punto de vista: a cociñeira enfadouse comigo, a doncela púxose a chorar, o mordomo miroume como se fose un extraterrestre e os invitados que eu pensaba que podían se-lo asasino tiñan coartadas perfectas. Comentei todo isto co sogro de Estefanía e díxome que el pensaba que podería ser calquera deses vagabundos que sempre hai no campo. A min non me convencía esta razón. Pasara un mes dende tan infausto suceso, eu estaba no meu cuarto pensando en Isabella, na noite da súa morte, e coidaba que fora unha noite moi semellante a esta; custoume  moito concilia-lo sono e cando o fixen soñei con Isabella e coa súa fermosa letra: eu entraba na biblioteca e vía a miña amiga escribindo, respondendo unha carta, e nada máis verme correu a agachala nun caixón do escritorio. Logo sorriu e desapareceu como o aire. Cando espertei púxeme a pensar: Isabella endexamais escribía a súa correspondencia na biblioteca, sempre nun escritorio antigo que tiña preto da cama, que era o do sono, se cadra estábame a dicir que o escrito tiña relación con alguén que había na biblioteca o día da lectura do testamento; seica ela sabía que ía morrer e deixou algo escrito. Co viúvo era imposible falar, estaba totalmente trastornado, así que llo dixen ós seus fillos e estiveron de acordo en que remexese nos papeis da súa nai. Estiven un bo anaco sen atopar ningunha cousa interesante, ata que, sen decatarme, debín poñer en funcionamento algún estraño mecanismo porque, de súpeto, abriuse bruscamente un adorno rectangular que tiña un dos caixóns da mesa: alí había unha carta lida milleiros de veces e para min foi unha revelación a súa lectura. Sabía a historia de Isabella co xove fillo do zapateiro do pobo cando ámbolos dous eran raparigos: Ottavio un día agasallou a Isabella cunha rosa, (el tiña oito anos, ela seis), colleu a rosa, uliu o seu aroma e logo botouna ó chan. Cousas de rapaces. A carta viña a contar que Ottavio endexamais perdoou a Isabella aquel desprezo e que, en parte por vinganza e en parte porque era moi ambicioso, medrou a forza de traballo co fin de facerse rico e amosar a Isabella que non era o morto de fame que ela pensaba. O que eu non sabía, e Isabella tampouco, era que co tempo converterase no pai do noivo de Estefanía, e que foi el que alentou ó seu rapaz a que lle fixese as beiras a Estefanía sabendo que, case con certeza, o seu fillo ía enguedellala.
Coñecendo a Isabella imaxino a súa reacción cando se decatou da verdade acerca da orixe do seu futuro sogro, prohibiría á súa filla que levase a efecto a voda, polo que agora entendo o enfado de Estefanía e que Isabella, tan aristócrata, agachase ó seu home a causa das súas rifas coa filla. Non lle dixen a ninguén o que descubrira.
Endexamais fun moi bo acochando os meus sentimentos nin as miñas antipatías; daquela empecei a mirar ó sogro de Estefanía doutro xeito, apercibíndose el do meu cambio de actitude e imaxinando, xa que Estefanía faloulle do rexistro que fixera entre os papeis de Isabella, que eu sabía a verdade da historia ocorrida entre eles. Encomezou a mirarme divertido, pero eu crin descubrir unha ameaza tralo seu sorriso e pretextando unha visita a uns amigos de Milán fuxín do pobo. Crin que desta maneira daríalle a entender que non representaba ningún perigo para el, pero atopeino en Milán as poucas semanas: non dicía nada, só sorría, coidaba que dun xeito cruel. Atopábao en calquera sitio a onde fose. Nos xardíns da cidade, nas rúas, mesmo nas escaleiras da pensión onde estaba a vivir. Vivir, non vivía, temía ó seu xenio porque xa estaba convencido de que el fora o asasino de Isabella. Tentei facerlle comprender que nunca diría nada, pero non sei se chegou a crer nas miñas palabras. Ós poucos meses de chegar a Milán decidín marchar de novo; cambiei o meu nome e fuxin a Niza. Non tardei en topar con el de novo e co seu sorriso. Lisquei de novo, esta vez a París; se cadra, nesta cidade tan grande, podería perderme para sempre. E, de certo, estiven uns cantos anos tranquilo, volvín a traballar no meu oficio de médico, xa me cría a salvo cando, pasados cinco anos da miña fuxida, apareceu de novo Ottavio, esta vez pola miña consulta. Resultou que eu era un bo médico e el estaba enfermo e algún coñecido faloulle de min, e alí estaba, na butaca fronte de min, contándome as súas doenzas e sorrindo. ¿Que ía facer? Coñecía a miña falsa personalidade e tamén o meu aspecto actual. Volvín a escapar, esta vez cara a España, a unha das cidades onde un pode perderse con máis facilidade, a Barcelona; e ocorreu o mesmo que sucedera en París: aínda que tiven uns anos de tranquilidade, e xa que o home é un animal de costumes, volvín a exerce-lo meu oficio e volveu a atoparme ós dous anos do noso derradeiro encontro.
Escribín unha carta dicíndolle que non tiña porqué ter medo de min, que eu endexamais o delataría; e por toda resposta atopei o seu sorriso un día que saía da miña casa. Daquela decateime que nunca me deixaría en paz, que non me deixaría vivir con tranquilidade e que, se cadra, algún día podería matarme como fixo con Isabella. Marchei outra vez, cheguei a Madrid, e metinme nunha pensión do centro da cidade a escribir estes papeis: xa que a miña vida estaba en perigo e non conseguira convencer ó asasino da miña amiga de que endexamais diría nada decidín escribir esta historia. Quen mata unha vez e non é descuberto pode te-la tentación de volvelo a intentar, por iso agora quero que se saiba a verdade da morte da miña amiga: aquela noite tiven un mal sono e espertei un anaco, entón crin escoitar ruídos e tamén como uns gritos afogados, non lle din importancia; agora sei que era  Isabella loitando pola súa vida.
Penso ir a un notario para darlle estes papeis e no caso de que morra os faga chegar á policía italiana, non sei que poderá face-la policía sen probas pero penso que a miña morte violenta poderá servir para que investiguen, porque estou convencido de que pronto me atopará e esta vez non se limitará a sorrir.”
Dende logo era para quedarse abraiada, tiña razón Roberto. A historia tiña tódolos ingredientes dunha boa novela policíaca pero ocorrera na realidade. ¡Que mágoa que este home non contara as cousas dun xeito un pouco máis extenso! Estaba impaciente por ver a Roberto, seica tiña máis novas respecto ó caso. E o meu amigo apareceu ó día seguinte cunha resaca máis que mediana; menos mal que non tiña que aparecer polo traballo porque estaba feito un pingallo.
-¿Remataches de le-los papeis?-dixo, despois de tomar dúas aspirinas cun vaso de auga.
-Rematei. E ti tes que dicirme se o asasino foi collido ou aínda anda en liberdade.
-Os italianos andan en busca de probas, quizabes, agora que saben onde buscar, consigan pronto metelo na cadea. Vai resultar un pouco difícil porque é un home moi importante en Italia e con moitas influenzas, pero penso que o conseguirán. ¿Como vai o teu nocello?
-Ben, case está curado; aínda quedan uns días de aburrimento, ¿non traerías algo que ler?
-Non se atopan tódolos días homes mortos cun feixe de papeis onde está a solución dun crime.
-É verdade, senón o noso traballo sería ben doado de facer.

-E entón, ¿onde estaría a gracia?

domingo, 5 de abril de 2020

O cirme da princesa, terceira parte

O castelo converteuse nunha gaiola de grilos, o primeiro en aparecer foi o seu home a quen tentei rexeitar do lugar, pois sabía canto a amaba e non ía a atura-lo espectáculo da súa dona morta estrangulada e das paredes cheas de sangue, non sabía se dela ou do asasino.
Pronto o corredoiro encheuse de xente que desexaba saber que pasara; eu tamén estaba consternado pero alguén tiña que mante-la calma e, sobrepoñéndome ós meus sentimentos persoais, asumín o meu papel de médico e non deixei que ninguén pasase máis aló da porta. Pecheina e fun a chamar á policía; logo, mentres esperabamos falei co conde Pietro na biblioteca e dille a desafortunada nova, ó pobre deulle un ataque de nervios como non vira nunca nun home.
Como sabe todo o mundo a policía estivo meses tentando descubrir ó asasino e non logrou nada: interrogou ós 250 invitados, ós fillos do matrimonio, ós 100 traballadores que durmían no castelo, ós meus pais e irmáns, á cociñeira e ós seus axudantes, ós serventes da casa, e mesmo ó fillo dun veciño que estivera polón serán para pedirlle ó conde un libro prestado. Tamén investigaron o pasado de todos eles pensando, se cadra, que alguén non era quen dicía ser e entre eles podería atoparse algún inimigo de Isabella. ¿pero como ía ter inimigos Isabella se era a muller máis amable do mundo?
O que máis me estrañou de todo foi a actitude de Estefanía, disque non a coñecía moito, case toda a súa infancia estivo separada dos seus pais en internados de Inglaterra ou Suíza, e só viña cando as vacacións: é dicir, un mes ó ano. Os pais de cando en vez ían a visitala estivese onde estivese, pero eu intercambiara moi poucas palabras con ela, aínda que sempre pensei que adoraba ós seus pais. O que estaba a pasar é que nos derradeiros días atopeina moi cambiada. Coidei que era polos nervios do compromiso e polos preparativos que quedaban por facer ata o momento da voda, seica xulgara mal o seu carácter. De calquera xeito non me parecía moi natural o seu comportamento; chorou e todo iso cando se apercibiu da morte da súa nai pero presentía que aquelas bágoas non eran sinceras, que mesmo sentía alivio pola morte de Isabella. Non podía ser, debía estar confundido, e en certo sentido o estaba.”
-A verdade é que polo de agora non vexo moita emoción neste asasinato- dixen, parando de ler- calquera novela ten máis acción que isto.
-Aínda non chegaches ó mellor, e lembra que isto non é ficción senón un caso real. Vas ter que deixalo para mañá, senón imos ter que xantar aquí e estou máis que farto dos bocadillos. Levo catro días tomándoos e gustaríame ter un coitelo e un garfo entre as mans para variar- respondeu Roberto, mentres recollía o derradeiro informe e o deixaba nunha bandexa cun letreiro que dicía “revisados”. Este home tiña a mente cuadriculada, quería levalo todo con tanto orde que ás veces perdíase nunha morea de carteliños por tódolos caixóns, xa fose na súa casa ou na comisaría.
Mentres xantabamos non falamos máis do abraiante suceso, segundo el, que fora resolto dun xeito tan estraño ó atopa-los papeis ó home do Retiro. Falamos sobre os seus fillos e sobre a miña compañeira; aínda que eu non tiña nin a máis remota idea sobre o agasallo que ía mercar, Roberto xa llo comprara. Pero non quixo dicir que era.
O resto do día transcorreu sen novidades; cheguei cedo a casa. Carme estaba poñendo a mesa. Preparara un rolo de carne esmiuzada e pastel de chocolate con marmelada de cereixas. Estaba moi leda. Gustáballe moito celebra-lo seu aniversario, e se dous días antes xa estaba a traballar deste xeito na cociña non podía imaxinar o que tería preparado para ese día.
-Non te molestes en buscar un sitio para cear- dixo Carme mentres servía a carne coas patacas ó forno,- imos facer na casa unha pequena festa, xa chamei a uns cantos amigos.
-¿E non preferirías que fóramos só nosoutras dúas?- dixen, pois non me atopaba con moitas ganas de troula.
-¡Veña, ho! ¡Imos ser só media ducia de amigos! ¡Xúrocho!
Non sabía se crela, a derradeira vez que fixo unha festa non houbo que chamar á policía porque estaba eu na casa para pór un pouco de orde, e xuntara a case trinta persoas e tamén xurara que só ían vir media ducia de amigos.
Sempre acababa facendo o que lle petaba, non podía negarlle nada, era a miña debilidade. Ben, ¿por que non?, Roberto tamén estaría e seriamos dúas as persoas sensatas na reunión de tolos que se aveciñaba.
Estivera no ximnasio esa tarde e invitara a un par dos seus compañeiros, se cadra virían coas súas mozas. Non falamos moito máis durante a cea. Logo estivemos a ver un pouco a televisión. Eu estaba cansa e fun a ler á cama; ela quedou un anaco máis.
Cando saín da casa ó día seguinte pola mañá díxenlle que non ía vir a xantar, que vería outra vez a Roberto e que non fose curiosa que xa lle contaría a que viña tanta reunión. Estaba intrigada por como continuaría a historia do crime da princesa. Ía ser unha mañá tranquila, seica tranquila de máis, pois tiña que escribir uns cantos informes que tiñamos atrasados o meu compañeiro e máis eu; era o que menos me gustaba do meu traballo e sempre estaba propoñéndome ir facéndoos a cotío pero o meu carácter preguiceiro podía máis que tódalas miñas boas intencións en canto a levar unha orde no meu traballo. Sempre se me acumulaban unha morea de papeis e logo tiña que estar dous días dálle que te pego coa máquina de escribir, e non era precisamente rápida con ela.
Así que pasei a mañá máis aburrida que imaxinarse poida, desexando que chegase o momento de ver a Roberto; e, como sempre adoita ocorrer, canto máis queres que o tempo pase rápido máis lento vai. Foi xusto cando estaba a pasa-lo informe máis divertido de todos, aquel que trataba da señora de sesenta anos que mordera a un can que gruñiu ó seu neto, algo incrible, ¿non si?, cando me decatei que xa chegara o momento de ir a ver ó meu amigo.
Hoxe estaba de moito mellor humor que onte; polo menos non berraba a ninguén nese intre, nin en persoa nin por teléfono. Petei na porta e sen espera-lo seu permiso entrei de seguido.
-Hoxe non imos poder xantar fóra pero un compañeiro traerá dentro dun anaco comida chinesa, sei que che gusta e a min tamén. Polo menos non serán emparedados nin bocadillos. O informe téñoo gardado, non tardará en chegar e non quero que vexa que alguén alleo a esta comisaría o está a ler. Isto que estou a facer é un favor persoal e fágoo porque sei que es unha persoa moi discreta.
-Roberto, non fai falla que digas iso, xa sabes que non vou contar a ninguén nada disto. Falando doutra cousa, xa sabes que Carme quere facer unha festa polo seu aniversario coa “media ducia de amigos” de sempre.
-Sí, seino –dixo dando un suspiro- e espero que esta vez non monten ningunha lea importante.
Petaron na porta e, despois de da-lo seu permiso Roberto, entrou un compañeiro con dúas bolsas cheas de caixas do restaurante chinés da esquina; Roberto pagoulle e o xove policía marchou pechando a porta. Primeiro xantámo-la comida que consistiu en “tenreira con brotes de xudías”, “polo con améndoas”, “porco agridoce”, “arroz tres delicias”, “rolos de primavera” e algunha cousa máis que esquecín.
O aniversario de Carme foi tan rechamante como temía; a “media ducia de amigos” non chegaron a vintecinco pero semellaron un batallón de infantería, pois os amigos do ximnasio, que eu non coñecía, resultaron ser uns rapaces deses que lles gusta a música de Deep Purple e demais, trouxeron, non só ás súas mozas, senón a uns cantos amigos da súa mesma ralea, no bo senso da palabra, e acabou tronando dentro da nosa casa. A cousa non pasou a máis porque aí estabamos Roberto e máis eu para impedilo pero non por falta de ganas. Nós faciámo-los cegos cando algún deles fabricaba un porro, pero non estabamos dispostos a que a cousa fose máis aló duns sinxelos canutos e dun pouco de barullo coa música. O que non puidemos evitar foi que emporcallaran a casa de tal xeito que o día seguinte non a recoñecía de puro porca que estaba: queimaduras na alfombra, vasos de plástico ata no cuarto de baño,( o cal foi víctima dunha inundación por mor dunha topada dun dos invitados co lavabo, o cal saíu do seu sitio e deixou o chan que semellaba a piscina municipal ata que logramos atopa-la chave da auga e pechala), o sofá do meu estudio manchado dun líquido moi sospeitoso ( preferín non indagar na súa natureza) cunha morea de cabichas de cigarro molladas ó seu carón, as poucas plantas que había na terraza cheas de cinza dos cigarros e o chan pegañoso de ron e outras bebidas de alta gradación, anacos de empanada e de bocadillos nos sitios máis insospeitados (non sei que faría un longueirón debaixo da almofada do meu dormitorio porque coidara que pechara ben esa porta), ata uns calcetíns no microondas, e non eran de ningunha de nosoutras dúas. Recollín todo como puiden e saín para o choio. Durante uns días Roberto non podería verme pois os compañeiros italianos viñan esta mañá e tiña que facerse cargo deles mentres arranxaban  tódolos papeis para a extradición do cadáver e tamén estaba o asunto de investigar quen puido asasinar ó home atopado por min e mailo meu compañeiro. Xa chamaría cando puidese verme.
Os italianos tiveron ocupado ó meu amigo toda unha semana, tempo que aproveitei para xantar a metade dos días na miña casa e o resto para falar coa xente da rúa, a quen ultimamente tiña esquecida por mor do misterioso acocho do Retiro. E digo misterioso porque ninguén soubo darme razón do que puido ocorrer, e iso que falei coa maioría dos homes e mulleres que dormen nos arredores do parque, e mesmo algúns deles dentro del, agás un medio tolo que me dixo que vira a estatua do Anxo Caído zurrándolle a badana a un home.
Faltaban poucos días para que rematase o mes o que significaba que pronto cobraría o meu soldo e que mercaría unhas cantas cousas para a casa e algunhas novelas de crimes nalgunha librería de vello; pero os meus plans se estragaron por mor dun paspán que tiven que perseguir por Callao por roubarlle o bolso a unha muller: quixen derrubalo e saltei ás súas pernas; batino pero tamén rompín un nocello por caer dun mal xeito. Agora tería que estar na casa unha longa tempada e non podería continuar lendo “O crime da princesa”. Xa lle puxera título e todo; semellaba un deses reporteiros que tan pouco lle gustan a Roberto.
Agora ía ter que estar na casa todo o día, tombada no sofá lendo ou vendo a televisión, soa case todo o tempo porque Carme, e díxenllo eu, facía a súa vida normal indo o seu traballo nunha gardería, ó ximnasio e a clase de informática, e só estaba as horas das comidas e pola noite a partir das once. Levaba xa dous días dándolle ó mando do televisor e aburrindo coa miña inactividade cando chamou Roberto, collín o teléfono e contoume que os italianos xa marcharan, que o caso estaba resolto e que pasaría esa noite a verme xa que Carme hai días que o chamara ó traballo para contarlle o que pasara pero que non puido antes falar comigo porque estivo moi ocupado cos policías estranxeiros.
Estiven toda a tarde desacougada pensando en cal sería a solución o crime, tanto o da princesa como o do home de Madrid, e comíanme os nervios vendo que non chegaba a hora en que aparecese Roberto para contarmo todo.
Collín un libro de encrucillados e púxeme a facer un moi longo. Cando estivese a piques de rematalo seguro que chegaba Roberto. Ás oito e media soou o timbre e, pouco a pouco, axudándome cos mobles cheguei ata a porta e abrin ó meu amigo. Logo el axudouna a deitarse de novo onde estaba a pasa-los dous últimos días. Puxo unha butaca preto do sofá e dixo ela:
-Se cadra, poderías face-la cea; morro de fame, non me podo mover do sofá porque aínda non trouxo Carme as muletas.
-Farei o que poida, e ¿como vas ó baño?
-Saltando, co pé en alto. Non sei como non caio e manco a outra perna.
-Imaxino que tolearás por coñece-lo final da historia da princesa e a identidade do asasino-dixo Roberto mentres ía a cociña.
-Será dos asasinos: o da princesa e mailo do home do Retiro.
-Non, só é un asasino. Eu, que sabía o final da primeira historia, quedei moi abraiado ó descubrir que era a mesma persoa, pois non seguiu a mesma pauta nos dous crimes, e non é moi normal iso. Pero claro, a primeira víctima foi producto dun arrouto que lle deu de súpeto, xa que non desexaba matala senón asustala. A segunda vez que actuou o fixo premeditadamente. ¿Paréceche ben un ovo fritido con patacas e touciño entrefebrado? É todo o que podo atopar nesta neveira.
-Esta Carme é tremenda, outra vez esqueceu ir ó mercado; que lle imos facer, o que sexa pero axiña.

-Os compañeiros italianos deixáronme a traducción que fixemos; aínda que por agora non podemos facela pública ata que o asasino estea na cadea, o que será moi pronto, sí te podo xa mostrar con total impunidade o relato. Así que, para que non aburras, tróuxencho. Aquí o tes. Vou a cociña, a ver se xa están as patacas.