jueves, 16 de abril de 2020

Extravagancia Mortal, cuarta parte

5. De sorpresa en sorpresa
Amaneció el día claro de nubes, aunque bastante frío, y después de un copioso y reconfortante desayuno los gemelos se ofrecieron a llevarlos a Baden-Baden. Apenas hablaron durante el trayecto. Llegaron con tiempo de sobra para coger el avión, Hans y Otto se despidieron en ese momento, pues tenían que ir a ver al notario que llevaba los asuntos de su difunto padre, debían informarle que las gestiones acerca de las estufas habían tenido un final feliz, además él sabría posiblemente donde se encontraba la llave del desván. Aún les quedaban dos horas de espera hasta embarcar rumbo a Santiago; las dedicaron a dar un paseo por el aeropuerto, tomar algo en el bar y consignar los equipajes.
Juan Alfonso estaba tan cansado que nada más despegar el avión se quedó dormido, y soñó, soñó otra vez con el castillo, pero, habiéndolo conocido todo parecía más real: los corredores, las habitaciones, incluso los criados, tan sigilosos y callados que parecía que no existieran, se le presentaron durante el sueño más claramente que en todos estos días; los recuerdos de lo real se mezclaron con  lo leído y escuchado, y conformaron un sueño extraño y desasosegante en donde se veía vistiendo unas estrafalarias ropas, en lo que reconoció era el actual comedor, pero no estaba dispuesto tal y como lo había visto, no lo se percató hasta ver el paisaje que aparecía por la ventana; al fondo de la sala había una tarima y sobre ella, forrado de carmesí y oro, un sitial. La estancia estaba rodeada por toscos bancos de madera a su derecha y por sillas forradas de terciopelo verde a su izquierda; además, tanto unas como otros, estaba situados en un nivel muy inferior al del sitial, puesto que se encontraban inmersos en un foso que, posiblemente debido a su profundidad, haría que quienes estuviesen sentados en ellos semejasen sólo cabezas. En el centro de la habitación, a la misma altura que el sitial, se encontraba una de las estufas, y excepto en el lugar de su ubicación, el resto de la sala estaba cubierta por lo que pensó era una extraña tela de color beige, de apariencia quebradiza; la iluminación era siniestra, pues tan sólo unas cuantas hachas a duras penas lograban romper la penumbra del salón; no había nadie, estaba solo, se dirigió sin dudarlo al foso de los bancos y tomó asiento. No tardó en llenarse la habitación de gente vestida de todas las épocas inimaginables, lo más extraordinario era que no poseían rostro, era como si esa parte de su cuerpo estuviese desenfocada, vislumbrándose confusamente que allí existían unos rasgos; ninguna de aquellas figuras hablaba ni emitía sonido alguno, el silencio era absoluto, intentó por todos los medios articular palabra pero de su boca no salió ningún sonido. De repente la estancia se iluminó con una luz roja, proveniente de no se sabe donde, y la gran puerta se abrió sin emitir ningún ruido, Juan Alfonso miraba a todas partes y por mucho que se esforzó en observar todo lo que estaba ocurriendo no se percató de la entrada de aquella figura enteramente vestida de negro y que ahora ocupaba el sitial, era como si se hubiera materializado directamente en él. El ambiente empezaba a ser sofocante, apenas podía respirar, se iba a ahogar, se estaba ahogando... despertó bruscamente dándose cuenta de que al haberse dormido el cuello de su camisa se había retorcido y le apretaba el gaznate; Eduardo dormitaba a su lado y no se dio cuenta de su angustia.
El resto del viaje se desarrolló apaciblemente, las estufas tardarían un par de días en llegar, contra entrega el dinero sería ingresado en la cuenta de los gemelos y sólo quedaría que el misterioso cliente de Eduardo escogiera una de ellas. A Juan Alfonso no le importaba cuál quedarse, en la vida había imaginado poseer una, así que le daba lo mismo cuál de ellas sería suya, ambas eran una maravilla. La aventura había terminado, la estancia en el castillo le había encantado, si hubiera sido por él se hubiera quedado mucho más tiempo, le hubiera gustado encontrar el diario en algún escondrijo del edificio. El avión tomó tierra y Juan Alfonso dejó de reflexionar acerca del asunto.
Dentro de un par de días tendrían que volver al aeropuerto a recoger las estufas, bueno, volvería él pues Eduardo debía trabajar, y entonces también conocería al misterioso comprador.
La tienda no tenía un éxito furibundo (nunca lo tienen los locales que se dedican a las antigüedades) pero su hermano menor había logrado vender un par de objetos bastante interesantes y de gran valor. La gente entraba a curiosear y de vez en cuando se llevaba algún pequeño objeto. En realidad estaba bastante bien teniendo en cuenta que hacía apenas un mes que se había inaugurado. Durante la noche volvieron los sueños extraños, escenas en un castillo cambiante con gente estrafalaria y objetos imposibles, sueños de los que se despertaba sudoroso y con la sensación de que algo siniestros estaba a punto de suceder. En contraposición, la noche anterior a la llegada de las estufas, durmió como un tronco. Se levantó descansado y optimista, en el cielo de Coruña no se vislumbraba ni una nube, lo cual era bastante extraordinario. Desayunó, contra su costumbre, sólo un café con leche. En casa todos habían salido, incluso su padre, que dedicaba las mañanas a arreglar cualquier tipo de artefacto que se hubiera estropeado en casa o que le había dejado algún conocido o amigo. Era realmente inusual en él salir tan temprano. Tenía  que pasar a recoger a un amigo que le iba a ayudar a cargar la estufa en su camioneta, en su coche era imposible que cupiese semejante marmotreto.
El avión llegó a la hora, se sorprendió mucho al encontrar en el hangar de descarga a su padre, pero el misterio quedó aclarado cuando le desveló que él era el misterioso comprador. Desde luego el viejo era una tumba para las confidencias cuando se lo proponía, en ningún momento antes de su viaje a Alemania había insinuado que sabía quién andaba detrás de las estufas. Bien, resultó que eran su regalo de cumpleaños.
Hacía una semana que había vuelto a Coruña y aún no había tenido tiempo de desembalarlas, allí seguían: una en el sótano de la casa de Coristanco, en donde había un billar y una mesa enorme de roble, así como una mesa de ping-pong y un confortable tresillo frente a una lareira[1]; la otra, tal como había imaginado, en la biblioteca desde donde se veía el bosque; todavía permanecían en sus cajas, envueltas en gruesas capas de guata.
Ahora que eran suyas quería disfrutar del momento en que tranquilamente las desembalaría; junto con las cajas había una carta de los gemelos en donde le informaban que, aunque habían logrado abrir la puerta del desván y revisado este escrupulosamente, no habían encontrado ni rastro del famoso diario, y el notario que se había ocupado del testamento tampoco había conseguido darles ninguna pista al respecto, estaban convencidos de que el tal diario, si había existido en realidad, haría ya bastante tiempo que se habría destruido.
Por fin se decidió, ese mismo fin de semana iría a Coristanco y las instalaría; avisó a Eduardo, estaría encantado en ayudarle.
El sábado amaneció nuboso, con esas nubes grises que presagian tormenta, pudiera ser que incluso pusieran en funcionamiento alguna de las estufas. Fue a recoger a su amigo muy temprano, la gente solía ir a sus pequeñas casas y chalets, incluso en un día tan desapacible como este. Menos mal que no iban lejos. La casa de piedra granítica la había heredado su padre hacía mucho tiempo y conservaba bastantes muebles antiguos pues no había dejado que su esposa la redecorara; durante muchos años habían ido a ella todas las vacaciones y fines de semana, y aunque hacía un par de años que no la utilizaban tan asiduamente, se encontraba en unas óptimas condiciones de limpieza y conservación gracias a un matrimonio que se preocupaba de limpiarla y de mantener el jardín y el huerto perfectamente cuidados. En la parte trasera se había construido una piscina, su padre era un gran amante de la natación, así como el resto de los hermanos de Juan Alfonso, y uno de ellos había tenido la genial idea de climatizarla y cubrirla con un tejado que en verano podía hacerse desaparecer. Había avisado al matrimonio de su llegada, así que tenían todo el sitio para los dos solos, la nevera estaba a rebosar de alimentos y había leña suficiente para encender la lareira si les apetecía. Se tomaron la mañana con calma escogiendo las habitaciones en donde dormirían y salieron al pueblo a tomar unos vinos; fue después de comer cuando se pusieron manos a la obra. Había que sacar toda la guata que envolvía las estufas y limpiarlas bien antes de probarlas. Esto les llevó toda la tarde; no habían sufrido mal alguno, una de ellas, la que habían instalado en el sótano, había sido restaurada: cuando estuvo totalmente limpia pudieron darse cuenta de que unos cuantos baldosines, próximos a la puerta por donde se introducía el combustible, resaltaban entre el resto. El trabajo había sido obra de un experto pues el dibujo era tan parecido al del resto de la estufa que si Juan Alfonso no hubiera estado seguro de la antigüedad del mueble, hubiera pensado que lo había hecho la misma persona que la concibió en origen.
Si ya cuando las había admirado en el castillo le parecieron hermosas, ahora su asombro no tuvo límites, pues los colores, los rojos, los azules y los verdes, resaltaban mucho más: el dibujo estaba compuesto por figuras de pájaros emparejados y rodeados de hermosas volutas. Los asientos también poseían en todo su perímetro las mismas volutas de ramas con hojas del resto del mueble, pero dibujadas a una escala menor. El asiento de la izquierda estaba decorado con pintura roja mientras que el de la derecha lo estaba con pintura verde; podía imaginarse perfectamente al matrimonio con aquellos ropajes complicados del siglo XVI alemán, sentados tranquilamente en una fría y nivosa tarde invernal, cada uno de ellos dedicado a sus quehaceres respectivos, tal vez a sus pies un par de perros dogos dormitaban al calor de la lumbre y la campana de la iglesia llamaba al último oficio del día.
Después de la limpieza sintieron realmente hambre y aviaron un suculento piscolabis que devoraron con ansia, la noche había empezado a caer y el ambiente se había enfriado en demasía; entrada la primavera las noches todavía eran muy frescas y de vez en cuando había que poner la calefacción, quizás estaban tan ansiosos por probarlas que se convencieron de lo inclemente del tiempo para darse una excusa para encenderlas.
Decidieron probar la de sótano, la que tenía los dos asientos. Recogieron un poco la mesa de la enorme cocina y bajaron presurosos al sótano. Aún tardaron un buen rato en hacerla funcionar, la leña estaba algo húmeda y no prendía con facilidad, pero al fin sus esfuerzos se vieron recompensados, la madera empezó a crepitar, cerraron la portezuela y se instalaron cómodamente en los asientos, era una delicia sentir aquel tibio calor que desprendían los baldosines, sólo necesitaban una fina manta para las piernas y sería perfecto.
-Nunca hubiera imaginado estar así en uno de estos artefactos-dijo Eduardo-verlas en el castillo ya me pareció estupendo, pero estar sentado en una de ellas... Desde luego la nobleza alemana sabía vivir bien y rodearse de cosas bellas y útiles; siempre me ha fascinado de los alemanes su mente práctica, y cómo han sabido aunar la utilidad y la belleza, si hubiera sido un español a lo mejor se le hubiera ocurrido el sistema, pero decorarlas con tan buen gusto... ¡quien sabe! ¿me permitirás hacerles unas fotos?
-Por supuesto-respondió Juan Alfonso, que había permanecido con los ojos entornados mientras su amigo le hablaba-todas las que quieras, como si deseas traer a tus alumnos de visita; has de saber que esta casa de piedra es uno de esos pequeños pazos del XVII que pululan por toda Galicia, y que muchos de los muebles que ves aquí son realmente antiguos, están muy bien conservados pues mi padre se dedica a ello; mañana con más calma te enseñaré todo lo que hoy no hemos tenido tiempo de ver y estoy seguro que te encantará.
A pesar de todo el tiempo que la estufa había permanecido inactiva funcionaba a la perfección, aquella tibieza que daban los baldosines, aquel suave crepitar del fuego, hacía que la mente soñadora de Juan Alfonso, de vez en cuando, vagase por otros lugares y épocas, era algo que no podía evitar. Empezó a llover y el viento ululaba en la noche pero ellos al amparo del bello artefacto sonaban cada uno con sus cosas, de tanto en tanto entre ellos se hacía el silencio, permaneciendo callados un buen rato, luego tornaban a hablar: de la infancia, de sus estudios, de sus trabajos y aficiones. Pasaron así buena parte de la noche, alimentando con leña y piñas el hermoso fuego que ardía feliz en las entrañas de la estufa. De repente oyeron que algo se quebraba, se levantaron rápidamente y de inmediato se dieron cuenta de que los baldosines más nuevos se habían despegado y caído al suelo. Fue una verdadera sorpresa lo que apareció ante ellos; es decir, hubieran esperado ver el color rojizo de los ladrillos refractarios y en vez de eso se presentaba ante sus ojos un espacio oscuro. Juan Alfonso fue el primero en acercarse a tocar lo que pensaba que sería algún tipo especial de cerámica pero se quedó estupefacto cuando se percató de que aquello tenía la textura del cuero viejo.
-Mira Eduardo, es cuero, un cuero al parecer muy envejecido, ¿piensas que puede ser...?
Sería realmente alucinante, buscándolo por todas partes y... habría que despegar más el azulejo para comprobarlo
-Déjame ver-dijo Eduardo mientras sacaba unas gafas de su cazadora de cuero-no, mira, no creo que haga falta, lo que sea está recubierto alrededor de... creo que es plomo, y parecen una especie de listones, tal vez si lográsemos sacar uno de ellos no tendríamos que destrozar ningún baldosín más, por otra parte, pienso que lo lograremos porque, sin te has fijado, únicamente se han caído los baldosines más nuevos mientras que los realmente antiguos han permanecido intactos. Busquemos algo con lo que hacer palanca debajo de uno de los listones para no estropear lo que sea eso de cuero.
A Eduardo se le ocurrió subir a la cocina a por una cuchara de madera y, con una navaja que siempre llevaba en uno de los bolsillos traseros del pantalón, se puso a trabajar en el mango para conseguir encajarlo entre la estufa y uno de los lingotes que rodeaban aquel rectángulo de cuero. Probó por todas partes hasta que logró introducir la improvisada palanca debajo del lingote superior, cayendo al suelo estrepitosamente al tiempo que también lo hacían el resto de los lingotes y aquello que habían estado protegiendo. No cabía la menor duda: era el famoso diario perdido durante tantos años, el libro familiar en el que se había ido consignando generación tras generación toda la historia de las estufas, desde su construcción hasta las razones por las cuales tanto las estufas como el diario fueron cuidadosamente ocultados.
Nos iba a costar Dios y ayuda traducirlo; en realidad el diario era un tesoro de la lengua alemana, una serie de manuscritos de las más diversas épocas y de los más dispares materiales habían sido unificados en aquel curioso libro de antaño tapas rojas y que ahora aparecía ante nosotros ennegrecido, no de forma natural, sino como camuflaje por si alguien, y habíamos sido nosotros, descubría el escondite.
Nos olvidamos de la estufa, de los baldosines rotos que aún permanecían en el suelo, e incluso de ir echando más leña, de tal manera que, al estar tan absortos repasando las hojas y maravillándonos por los dibujos técnicos y las enrevesadas letras del alemán antiguo, tardamos un tiempo en darnos cuenta de que estábamos congelados. Eran cerca de las cinco de la mañana y afuera estaba helando.
¿A quién podríamos recurrir? No sabíamos qué pensar, ni qué hacer; no veíamos el momento en que llegase la mañana. Aunque intentamos por todos los medios conciliar el sueño no lo conseguimos ninguno de los dos, oía a Eduardo dar vueltas y más vueltas en su cama de la habitación contigua. Tal vez lo mejor sería llamar a los gemelos, yo tenía algunas nociones de alemán pero eran del idioma moderno, no sabía ni papa de alemán antiguo. Estuve sentado en la cama un buen rato intentando descifrar algo de las últimas páginas escritas, las que databan de los años 40 del siglo XX y sin un buen diccionario que me auxiliase bien poco pude sacar en claro, a pesar de lo cual pude entender que quien había escrito aquellas páginas con aquella hermosa letra había sido una mujer, tal vez la abuela de los gemelos, la que se casó con el profesor de arte, y que tenía tal aprensión a la historia de las estufas que se negaba a consignar de qué naturaleza era el secreto que guardaban ambos muebles y pedía a sus descendientes o a quien encontrase el diario que se abstuviese de leerlo, pues temía que quien sintiese curiosidad por la historia de aquellos muebles malditos pudiera provocar que el horror se reencarnase de nuevo. Poco más pudo entender Juan Alfonso, alguna palabra suelta de advertencia, de desasosiego, de auténtico terror; pero la razón de todas aquellas prevenciones permanecía desconocida. Sería necesario traducir todo aquel galimatías de tantos siglos atrás y al verdad es que no tenía los medios adecuados.
Dejó el diario encima de la mesilla y se arrebujó en la cama, podía oir a Eduardo dar vueltas y más vueltas en su lecho intentando conciliar el sueño; Juan Alfonso apagó la luz y se puso a pensar en si conocía a alguien de confianza que pudiera ayudarle, dada la antigüedad y la rareza del manuscrito temía que, si lo ponía en manos de alguien un poco ambicioso y sin escrúpulos fuese víctima de algún engaño o robo, y pensando pensando se durmió.
Se levantó con la impresión de haber estado durmiendo un buen montón de horas pero en realidad estaba amaneciendo; bajó a la cocina, tenía un hambre canina y se preparó un copioso desayuno a base de huevos fritos con jamón, zumo de naranja y un café con leche con un par de tostadas untadas de mantequilla y mermelada. Tenían que contarle a su padre lo que habían descubierto, tal vez él pudiera encontrar una solución o a lo mejor conocía a alguien de su confianza que pudiera ayudarles. Salió al jardín, el césped estaba húmedo de rocío y ni una nube se vislumbraba en el cielo, decidió dar un paseo, probablemente Eduardo estaría durmiendo todavía. Cuando entró en la casa lo saludó un delicioso aroma a café, su amigo estaba en la cocina. Le contó sus planes respecto al diario y una vez recogidas sus pertenencias regresaron a Coruña.
En su casa estaban empezando a levantarse, incluso los días festivos su padre se levantaba muy temprano, así que lo encontraron en su rincón preferido de la biblioteca; le contaron todo lo que les había ocurrido con las estufas y el descubrimiento del diario; claro que conocía a alguien que les podía ayudar en la traducción del manuscrito: él mismo. Aunque nunca se lo había contado a su hijo, en su juventud se había sentido  tan atraído por el alemán antiguo que hizo un par de cursos de paleografía para poder leer algunas de las joyas de la literatura universal en su idioma original; aunque hacía mucho tiempo de esto todavía conservaba los libros y apuntes de cuando había estudiado y pudiera ser que lograra traducir aquel diario.
A esto se le llamaba tener suerte, en la vida lo hubiera imaginado: aquel hombre menudo y siempre liado con sus trabajos de marquetería, electricidad, siempre con el destornillador y la sierra de calar en la mano, experto, o al menos estudioso, del alemán antiguo por pura afición; no se lo pensaron dos veces, tardase lo que tardase, le dejaron el manuscrito e inmediatamente el buen hombre comenzó a rebuscar en los cajones sus viejos apuntes y libros de paleografía. Juan Alfonso y Eduardo salieron de la habitación cerrando con cuidado la puerta; ahora había que avisar a Hans y Otto.
Estaba deseando que su padre se metiese en faena con el diario, como se lo tomase de la misma manera que el resto de sus aficiones imaginaba que no saldría de la habitación en días y ¡pobre del que lo molestase!






[1] Lugar donde se enciende el fuego en las cocinas rústicas

miércoles, 15 de abril de 2020

Extravagancia Mortal, tercera parte

A Juan Alfonso le daba lo mismo, estaba disfrutando con la historia como no lo había hecho con otras que parecían al principio más interesantes que ésta, e intuía que, a pesar del largo prólogo, este relato iba a ser más atractivo que cualquiera de las escuchadas hasta ahora.
“...bien, el caso es que el castillo era el sueño anhelado de todo medievalista respecto a arquitectura, bibliofilia, cerámica, tejidos y todo tipo de útiles relativos a la vida cotidiana. La baronesa había decidido comenzar las investigaciones por su propia casa. Aunque de niña le habían contado muchas anécdotas y leyendas respecto a algunas de las pertenencias más antiguas, no las había tenido en consideración en aquel preciso instante, salir del ámbito familiar le sirvió para comenzar a apreciar todas aquellas cosas que conformaban su hogar. Hacía un mes, a lo sumo, que había comenzado a estudiar los planos de la construcción y a revisar papeles en los que apareciese un inventario de los objetos del castillo. Se había dedicado a esta ardua labor desde el mismo día de su llegada, pronto descubrió una habitación secreta en donde halló un par de estufas de cerámica. La habitación, por supuesto, no aparecía en los planos (por lo menos en los actualizados), pero es que las estufas tampoco estaban consignadas en el inventario y esto le intrigaba bastante. Cuando le envió la carta habían pasado un par de semanas desde su descubrimiento; luego, esperando su llegada, se enfrascó en la pesada y poco gratificante labor de buscar en la biblioteca algún escrito o documento que diese cuenta de alguna información con respecto a ellas, pero por el momento sus esfuerzos no se habían visto recompensados.
La ubicación del castillo era una auténtica maravilla: estuvo rebuscando entre legajos antiguos, incluso entre las hojas de los libros, papeles escondidos u olvidados, y, al final, en un lugar tan recóndito como las propias estufas (un pequeño hueco en el enlosado de la biblioteca, que descubrió un día al pisar, sin darse cuenta, una pequeña protuberancia que existía en una de las piedras de una esquina de la habitación) encontró una caja de plomo lacrada. Rápidamente fue en busca de la baronesa, quien dijo no saber nada del asunto, la abrieron y en ella descubrieron un libro encuadernado en cuero rojo y con cierres metálicos; la caja, aunque evidentemente muy antigua, había sido acondicionada recientemente para conservar en óptimas condiciones su contenido. Era un libro curioso, parecía un diario, la textura del papel no era uniforme: había páginas muy antiguas y otras mucho más modernas, los tipos de letra y la caligrafía pertenecían a épocas distintas, a diferentes siglos. Siendo él un fanático del Medioevo estaba familiarizado con algunos de los caracteres que veía, pero el alemán antiguo, aunque lo había estudiado, no era su fuerte. Sólo lo más moderno pudo ser traducido entre los dos, para el resto tuvieron que consultar a especialistas, y al mejor de ellos lo conocía el sabio coruñés. Después de visitar a este colega y prometerle que le volverían a dar la oportunidad de consultar el manuscrito, regresaron al castillo.
El libro contaba la historia de las estufas; aunque los Taühausser habían sido desde siempre gente culta también habían sido producto de su época: unos se habían comportado bastante brutalmente con sus vecinos mientras otros habían mantenido excelentes relaciones con los mismos; no se le podía pedir a un caballero teutón del siglo XIII que fuera poeta y no guerrease. Las estufas habían sido confeccionadas en el mismo castillo por un grupo de artesanos que habían vivido en él mientras hacían aquella obra que les había mandado fabricar el fundador de la familia: Otto Sturm. Taühausser fue el nombre que le dio a la fortaleza cuando consiguió por conquista las tierras que la rodeaban; y fue el nombre por el que fue conocida la familia que habitó en el edificio desde entonces, pasando con el tiempo a convertirse en el título de sus descendientes. En las cuatro primeras páginas del diario se encontraban los detalles de la construcción así como unos bocetos de las estufas; en las diez siguientes Otto relataba cómo habían servido para los experimentos crueles de su hijo, para sus increíbles y escalofriantes torturas. Fue su triste destino durante un par de generaciones.
A continuación, unos cuantos testamentos del siglo XVI prohibían a los descendientes del testamentario el uso de tal mobiliario; el libro también contenía los planos de la habitación secreta, también de mediados de este mismo siglo, habitáculo que fue mandado hacer por Hans von Taühausser, el barón que en loas últimas décadas del XVI fue un mecenas de las artes y las letras. Poco más se contaba en el diario, sólo una larga serie de testamentos en los que al final se pedía a los herederos que dejasen las estufas en su escondite, encerradas, como sin la maldad fuese consustancial a ellas.
Aquel libro era una auténtica rareza. Uno de sus últimos documentos databa de finales del XIC: el padre de la actual baronesa había heredado el castillo siendo muy joven, cuando encontró las estufas se hallaban en un estado deplorable: algunos de los mosaicos se habían roto y los que permanecían en su sitio estaban bastante sucios. Se dedicó a restaurarlas pero no las sacó a la luz. Fue también el que reunió todos los documentos sueltos de los siglos anteriores, encuadernándolos él mismo a continuación.
Tal era la historia de las estufas; ambos se dedicaron durante un tiempo a clasificar y consignar en un estudio exhaustivo todas las posesiones del castillo, incluyendo las estufas, incluso haciendo dibujos de todas ellas. Tanto se compenetraron que el hombre no volvió a su tierra, casándose al poco tiempo con aquella admirable mujer.”
-¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? Muy sencillo, sus nietos gemelos son los propietarios actuales de la fortaleza. Un amigo de mis padres, un hombre muy rico, que ha oído hablar de las estufas, quiere que haga las gestiones adecuadas para que pasen a ser de su propiedad; en principio parece que no existen problemas al respecto, pues los gemelos son unas personas poco preocupadas por los cachivaches viejos, como llaman a todo aquello que no se haya fabricado en los últimos diez años. Me mandaron estas fotos, yo no soy un experto en el arte alemán de esa época y pueden ser reproducciones de una excelente factura. Quisiera que usted me ayudase a verificar su autenticidad.
El relato había dejado a Juan Alfonso tan ensimismado que casi no se dio cuenta de que su huésped había acabado de hablar; desde luego había sido una historia fascinante que había despertado su curiosidad y sus ganas de tener delante aquellas supuestas maravillas. Haría el viaje que se le pedía.
-¿Y ese hombre que está interesado en las estufas desea ambos muebles?-preguntó esperanzado, esperando poder él mismo adquirir una de ellas, dado que tanto la historia como la belleza de los mosaicos habían calado hondo en su espíritu.
-Él tan solo me ha pedido que me entere del precio, pero puedo consultarle al respecto.
Poco más se dijeron, Eduardo intentaría conectar con el futuro comprador y Juan Alfonso procuraría conseguir que uno de sus familiares quedase a cargo de la tienda mientras él estaba de viaje. No había protesta que valiera, Eduardo viajaría con él a Alemania y como las vacaciones de Semana Santa estaban a la vuelta de la esquina no tenía excusa para negarse.

4. Taühausser
Dos días antes de la partida para Alemania Eduardo le notificó que el amigo de sus padres quedaba suficientemente satisfecho con una de las estufas; como había sido el primero en interesarse por ellas se reservaba el derecho de elegir la que más le apeteciera, la otra podía muy bien quedársela Juan Alfonso. El trato le pareció inmejorable. ¡Un viaje a Centroeuropa! Le encantaba aquella parte del continente, y encima cerca de Baden-Baden, seguro que todavía estaría nevado.
El viaje transcurrió tan bien como había esperado, durante el vuelo los dos amigos, pues desde que intercambiaron confidencias aquella tarde como tal se habían considerado, permanecieron callados, cada uno pensando en sus cosas: el profesor reflexionando acerca del dinero que le reportaría, como intermediario, el negocio de las estufas y la gran oportunidad de estudiar de cerca aquellos increíbles objetos; el anticuario, pensaba en todo el moblaje que contendría la vivienda y lo bien que quedaría aquel objeto de cerámica en el sótano de la casa de campo familiar o tal vez en la planta baja, en la biblioteca, rodeado de libros y con el ventanal enfrente, cómodamente sentado rodeado de suave calor: podría leer y meditar mientras la lluvia caía torrencialmente en el exterior. ¡Que diferente debió ser el viaje del viejo experto, cruzando medio continente en diligencia, durmiendo en posadas no siempre limpias, a merced de los temporales de lluvia y nieve!
Al llegar a Baden-Baden alquilaron un coche; se sintieron anacrónicos mientras recorrían el camino que les llevaba hacia el castillo, semejaba que el paisaje no había cambiado en absoluto desde los tiempos del viejo profesor, incluso la aldea cercana al castillo semejaba conservar intactas las antiguas casas alemanas de hacía cuatro siglos. El olor de la leña y del carbón flotaba en el ambiente y de vez en cuando veían pasar un pequeño coche, que les recordaba el siglo en que estaban, aunque también pudieron observar algún que otro carromato tirado por caballos.
Recordó su sueño cuando cogieron el camino que les conducía a su destino, no se habían preocupado de asfaltar aquella vereda que discurría sinuosa entre árboles y matorrales; debieron aminorar la velocidad ya que se encontraba en pésimas condiciones a causa de la nevada de la noche anterior, no demasiado copiosa por la proximidad de la primavera, pero suficiente como para provocar un accidente si no se tenían las necesarias precauciones; lo que vieron cuando salieron del bosque les llenó de asombro: las cuatro torres de tejado de pizarra se hallaban cubiertas de blanca nieve, y detrás de ellas las montañas, mitad grises y mitad blancas, envueltas en una ligera bruma, daban un aire de misterio a toda la construcción. Lo que no vio en sueños, y ahora que estaba a las puertas del castillo pudo observar a placer, fue el doble foso que rodeaba la fortaleza, en tiempos debía de estar lleno de agua pero ahora tan sólo se podían ver allí rastros de la nevada. El castillo se había conservado en toda su magnificencia medieval, el único cambio exterior, posiblemente debido a los gemelos, fue la instalación de un portero automático, muy bien disimulado por cierto, al lado de la pesada puerta de madera tachonada de clavos, una admirable obra del XVIII sustituta del puente levadizo original, que había quedado fijado finalmente en el suelo y había sido restaurado infinidad de veces. El portalón tenía practicado en él una puerta más pequeña, las dimensiones eran las adecuadas para el acceso de las personas a pie, si venían en cualquier tipo de vehículo debía de abrirse la totalidad de la entrada con un sistema de poleas que manejaba una única persona; así al menos había sido hasta hacía poco porque los gemelos, hijos de su tiempo, pagaron al electricista para que se abriese como cualquier otra puerta por medio del antiestético, aunque práctico, portero automático. Menos mal que tuvieron el buen gusto de encerrar este artilugio en una caja de madera que poseía una puertecilla y que estaba impermeabilizada para preservarla de las inclemencias del tiempo.
Los gemelos estaban esperándole, ni Eduardo ni Juan Alfonso habían visto personas como ellos, eran idénticos salvo en dos detalles: Hans tenía el pelo rubio y los ojos negros; Otto tenía el pelo negro y los ojos azules. Por lo demás, las facciones eran las mismas, vestían de forma parecida, se asemejaban en los ademanes y hablaban con el mismo timbre, suave, y pausadamente. No quisieron hablar por el momento de las estufas, como imaginaban que serían durante unos días sus invitados les rogaron que tomasen posesión de las habitaciones que les habían preparado, ya tendrían tiempo de encargarse del negocio, la comida no tardaría en estar preparada y seguro que les gustaría asearse un poco antes de ella.
Una enjuta y anacrónica ama de llaves, con el pelo estirado hasta unos límites que Juan Alfonso creyó que le produciría dolor de cabeza, recogido en un moño, vistiendo un traje típico de la región, les condujo por una sinuosa escalera hasta el primer piso. Tanto la escalera como el pasillo estaban cubiertos por una tupida alfombra de color azul turquesa, por las paredes se veían colgados multitud de cuadros, unos de paisajes, otros, al parecer, de antepasados de los gemelos; sus habitaciones daban a la parte frontal del castillo, pudiendo ver desde sus historiados ventanales renacentistas el camino de acceso a la edificación. Los aposentos estaban decorados con mobiliario antiguo y bastante buen gusto; a pesar de sus afanes de renovación los gemelos no habían tocado aquellos aposentos, a no ser para construir en lo que antiguamente había sido el vestidor un moderno y confortable cuarto de baño. Juan Alfonso tenía unas ganas locas de observar detenidamente el mobiliario y de fisgar en el pequeño mueble librería que poseía la habitación que le habían asignado, pero se contuvo ya que sus anfitriones lo estaban esperando. Puso su maleta encima de la cama, sacó ropa limpia, se duchó y se afeitó, se vistió y bajó al comedor. Eduardo tardó aún unos minutos en reunirse con ellos.
La comida transcurrió apaciblemente y mientras duró no se habló en ningún momento de las estufas sino de cosas intrascendentes acerca de su viaje y de sus respectivas ocupaciones. Hans y Otto no querían realmente desprenderse de todo, algunos de los muebles iban a cederlos a museos, otros quedarían en el castillo, sólo deseaban deshacerse de las estufas, y eso por una promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, pues si hubiera dependido de su voluntad no se les hubiese ocurrido por nada del mundo, además, si no lo hacían, en el término de un año, perderían el derecho a heredar el resto del castillo y todo lo que contenía; no entendieron nunca muy bien por qué su padre se había mostrado tan intransigente, pero respetaban su último deseo; todo esto contaron a sus invitados mientras tomaban el café y una copa de licor en la biblioteca después del almuerzo, la misma biblioteca que Eduardo y Juan Alfonso conocían por los dibujos, la misma biblioteca soñada por el anticuario (con el mismo ventanal), la misma biblioteca en que se había escondido el diario en donde se relataba la historia de las estufas.
A propósito de ello, Juan Alfonso, viendo la cordialidad de los gemelos, se decidió a hablar:
-Sabemos que existe un diario en que se cuenta la historia de los muebles que nos interesan.
-¿Un diario? Realmente parece que saben más acerca de las estufas que nosotros, en el inventario de la casa que nos dio el notario no consta la existencia de un documento de ese tipo-respondió Otto sorprendido.
Comprendieron al punto lo poco que conocían de sus bisabuelos. Con respecto a su venta no había ningún problema, tenían que deshacerse de ellas, la cuestión del precio tampoco era demasiado importante puesto que el dinero no era un problema que les quitase el sueño, pero su curiosidad se vio acrecentada cuando Eduardo terminó de narrarles todo lo que sabía respecto a ellas. Desde ese momento pusieron manos a la obra para lograr dar con el diario.
El día de la partida se acercaba, Eduardo debía reanudar sus clases y Juan Alfonso no podía dejar el negocio por más tiempo en manos de su hermano Javier: el diario no había sido hallado, los gemelos prometieron seguir investigando. Ya la noche anterior a la partida de los dos amigos habían cerrado el trato y contratado a una empresa para que se hiciese cargo del traslado, también Eduardo había informado al comprador del éxito de las gestiones y habían entregado a los gemelos la mitad del precio de aquellas dos joyas, quedando en que en pocos días les sería ingresado el resto de la suma, asimismo los gemelos se habían comprometido a buscar el dichoso diario y a escribirles en cuanto dieran con él.
Su estancia en el castillo tocaba a su fin, ambos amigos se habían levantado temprano, un poco antes de amanecer; Juan Alfonso, que durante toda la estancia había dormido con la tranquilidad de un niño, esta última noche no había logrado descansar sino a ratos perdidos, pues sueños muy parecidos a los que había tenido en Coruña[1] le habían sobresaltado durante toda la noche, ya por fin, no pudiendo aguantar más, se había aseado y arreglado la maleta. Todos estos días había estado curioseando los libros de la pequeña biblioteca que poseía su cuarto; algunos eran bastante antiguos, otros no tanto, y la gran mayoría eran libros modernos; ninguno de ellos escondía ningún secreto como anheló al principio al ojear sus páginas llevado por su insaciable curiosidad, ni un papel perdido, ni una rosa seca entre sus hojas. Excepto uno en que se contaba la historia del castillo y que incluía un árbol genealógico, y otro sobre la flora y fauna de la región, los demás eran casi exclusivamente libros de viajes y de aventuras, que Juan Alfonso devoró en los pocos días de su estancia. Había rebuscado por toda la habitación: debajo de la cama, en las tablas del dosel, el arcón que había a los pies de la cama; había tanteado las paredes, el suelo, los marcos de las ventanas, los de los pequeños cuadros que había colgados cerca de la puerta, detrás de los mismos. Nada, no había encontrado nada, ni un escondrijo secreto, ni un trozo de papel. Entre los cuatro hombres habían registrado todas las habitaciones del castillo; tenían la esperanza de que los gemelos hallasen algo en el desván del cual, por mucho que buscaron, no lograron dar con la llave.



[1] Sin artículo, forma de llamar a la ciudad los habitantes de la misma

martes, 14 de abril de 2020

Extravagancia Mortal, segunda parte

Lo siguió por un largo pasillo, giró un par de veces a la derecha, luego entró en una habitación: una de las estufas que había visto en las fotografías, la doble, la de matrimonio, estaba exquisitamente colocada en una de las paredes del cuarto, justo enfrente del gran ventanal con vidrieras por donde se veía caer la nieve; en la pared adyacente una gran cama con dosel, y a los pies de ella un arcón de madera en el que había esculpidas unas palabras, que pensó eran alemán antiguo, pero no pudo descifrarlas. El criado se acercó a la estufa, dejó la carga en el suelo, abrió la portezuela del mueble y empezó a echar combustible en él, se desplazó para ver qué era lo que... se oían ruidos de cosas al caer o al ser colocadas pero el hombre no tenía nada en las manos, sin embargo, cuando, con un mechero de yesca prendió fuego pudo ver cómo, fuera lo que fuera, ardía; pero él sólo veía arder el aire.
De repente se encontró fuera del castillo, otra vez en el bosque. No parecía el mismo sitio, ni siquiera el mismo bosque, y a pesar de todo el castillo era visible desde allí, poco a poco el edificio fue perdiendo consistencia hasta que se convirtió en un leve jirón de niebla y desapareció de su vista. Se quedó mirando fijamente el hueco donde hasta hacía poco se encontraba aquel edificio tan singular y sus extraños e irreales personajes; de repente oscureció y una tormenta de rayos de mil colores lo envolvió, giraban vertiginosamente a su alrededor, se encontraba aterrado, sintiendo que le sería imposible salir al exterior, donde el sol brillaba y cantaban los pájaros. Pero la oscuridad, cortada mil veces por los relámpagos, lo mantenía prisionero, y los rayos giraban cada vez más veloces, hasta diluirlo, de la misma manera que se había evaporado el edificio, y convertirlo en un gas, en algo inaprensible que flotaba y se movía a la vez que el aire. Quiso gritar, pensó en pedir socorro, ni sabía a quién ni podía, pues no tenía corporeidad, se sentía en todos los sitios a la vez...  Por fin se despertó sudando, aunque no con miedo. Hacía bastante que había aprendido a controlar los sentimientos que le provocaban desde niño sus desasosegadas noches; no le había quedado más remedio: el control o la locura, y aprendió a convivir con ellos.

2. Esperando acontecimientos
Miró el reloj, hacía apenas dos horas que se había metido en la cama, no podría volver a conciliar el sueño si no bajaba a la cocina a comer algo o tomarse un zumo. El más absoluto silencioso reinaba en la casa, iba alumbrando el camino con una pequeña linterna de campaña, de vez en cuando el ruido apagado de un coche que pasaba por la calle, parecía un viernes bastante silencioso; no podía dejar de pensar en las estufas alemanas del profesor, lo tenían realmente fascinado, estaba deseando verlo para que les contase todo lo relativo a ellas. Se preparó un sándwich, el cual comió con hambre, y un par de vasos de zumo de melocotón y uva, uno de sus preferidos, luego regresó a su habitación y se quedó profundamente dormido, como un bebé, hasta la mañana siguiente.
El día había transcurrido de lo más normal: desayuno, paseo por la playa, el periódico, un par de tapas, alguna compra antes de ir a casa a comer. La tienda sería inaugurada a las cinco y había invitado a unos pocos amigos a que se tomasen un licor en ella antes de su apertura, tal vez, aunque fuese por compromiso, comprarían algo y, si realmente les gustaba, seguro que se lo contarían a sus conocidos; la verdad es que el dinero no le hacía demasiada falta, lo de la tienda era, más que nada, por hacer algo durante el día y porque le gustaba conocer gente, la clase de gente que entra en un establecimiento de su tipo (no tenía muy claro cómo sería realmente su clientela, puesto que se había hecho una imagen estereotipada  de ella seguro que se llevaría alguna sorpresa de tanto en tanto) A medida que pasaban los minutos y se acercaba la hora de irse se fue poniendo más nervioso: ¿vendría Eduardo, tal como había prometido? Esperaba que sí, las estufas lo tenían obsesionado y no se las sacaría de la cabeza a menos que conociese toda la información relacionada con ellas; su curiosidad era enorme, y su imaginación ya se había disparado construyendo las más absurdas historias sobre su origen.
A las tres de la tarde salió de casa cargado con una caja de copas de cristal tallado y tres botellas de licor: de fresa, de café y de guindas; de caminó recogería, en el bar de un amigo, un par de bandejas de pasteles de Hildita.[1] . El local, aunque aparentemente pequeño desde el exterior, constaba, aparte de lo que era el lugar de venta de objetos, de otras dos habitaciones: la primera, el despacho, amueblado en un práctico estilo moderno y con un ordenador; y la segunda, a la que se accedí por una puerta disimulada detrás del armario metálico, que podía considerarse como su refugio, decorada con un estilo un poco pasado de moda pero que iba mucho con su personalidad: un mueble cama que era a la vez una librería, de madera oscura, en el que había dormido muchas veces de pequeño cuando algún pariente, que sólo veía de vez en cuando, iba a pasar unos días en su casa; en uno de sus arrebatos decoradores la madre quiso deshacerse de él, lo que aprovechó para guardarlo en el sótano hasta que pudiera reciclarlo. En aquel cuarto tenía pensado quedarse algunas noches cuando no le apeteciera volver al hogar paterno o cuando tuviera que trabajar, pues sólo el pleno aislamiento le motivaba. También tenía esta habitación un cómo sillón de cuero rojo y una mesita con lámpara, había también un aparador de madera con las puertas acristaladas y una pequeña nevera. Del aparador sacó un par de bandejas, en una de ellas colocó las botellas de licor y en la otra ordenó una de las bandejas de pasteles, guardando la otra para más tarde en el frigorífico; sacó unos pequeños manteles de uno de los cajones del aparador y colocó todo esto en una mesa auxiliar que tenía en el despacho. Aún faltaba una media hora hasta que viniesen sus amigos, así que encendió el ordenador y se puso a escribir en él; se le habían ocurrido un par de cosas para el diario y no quería que se le olvidasen. Estuvo a punto de perder la noción del tiempo. ¡Caray, como corrían los minutos! Acabó de subir la plancha de acero. Al poco rato llamó al timbre el primero de sus conocidos, y en un cuarto de hora todos habían hecho su aparición: estaba Natalia, una antigua novia con la que se llevaba bastante bien y que conocía a un montón de gente en el Club de Golf, pues era Relaciones Públicas del mismo; Carlos Felipe, hermano de ella, estudiante de arquitectura y socio del Círculo de Artesanos; Pedro, un primo de su madre, que había venido a pasar unos días en la ciudad para arreglar unos papeles a fin de conseguir una subvención del Ayuntamiento de A Coruña para restaurar parte de un pazo de su propiedad y convertirlo en museo; Esperanza Masieu, una amiga canaria, propietaria de un par de hoteles de lujo en el sur de Gran Canaria, que de vez en cuando recorría la península buscando muebles o pequeños detalles para decorar su negocio o su casa particular en Garafía, una población al norte de la isla de La Palma; y también una media docena de amigos que conservaba de cuando era estudiante de COU en los jesuitas, y que estaba seguro que le harían propaganda entre sus familiares. Todos ellos curiosearon por la tienda y bebieron de los licores y se mostraron agradablemente sorprendidos por algunos de los objetos que exponía, comprando casi todos algún que otro pequeño detalle, excepto Pedro que se llevó uno de los relojes de cuco más caros porque, según decía, no tenía tiempo para viajar a Suiza para comprarse uno. El primo de su madre era famoso por su comportamiento totalmente antieconómico y excéntrico; todo lo que merecía la pena comprarse debía hacerse en su lugar de origen, y así el año anterior había viajado a Turquía para adquirir una enorme alfombra que le cubría todo su inmenso salón de 60 m2. Hasta se llevó a un intérprete para que regatease por él. En la familia lo tenían por imposible, pero como tenía el suficiente dinero para costearse sus caprichos nadie le decía nada.
A las cinco y media ya no quedaba nadie en la tienda. Juan Alfonso quedó sólo y pensativo, Eduardo no había aparecido, no pensaba que se hubiera olvidado de la invitación, le resultaba extraño que no se hubiera dejado ver, sobre todo después de haberle pedido tan perentoriamente que le ayudase, tal vez se hubiera arrepentido de haberlo hecho, o quizás le había surgido algún asunto que requería su inmediata atención. Estaba haciéndose todas estas reflexiones mientras recogía todo lo que habían ensuciado en la pequeña recepción cuando oyó el tintineo de las campanillas de la puerta, Eduardo acababa de entrar y traía bajo el brazo la carpeta que había llevado la noche anterior al restaurante.
-Llevo un tiempo rondando la tienda, no me decidí a entrar antes pues vi que estaba con sus amigos-le dijo mientras lo saludaba con un apretón de manos.
-Haberlo hecho, todos son personas muy agradables-le replicó Juan Alfonso.
-No soy muy sociable, me siento un poco incómodo con tanta gente a mi alrededor, y no suelo hablar con personas que no conozco, como me ocurrió anoche con usted, si no hubiera sido porque necesito su ayuda urgentemente...
-Pues claro-dijo Juan Alfonso, que siempre se encontraba encantado de auxiliar a quien se lo pidiese.-¿Quiere tomar algo? Tengo en el despacho unos licores excelentes.
-No gracias, he venido para decirle que, como lo que tengo que contarle es necesario que lo haga con tranquilidad y bastante extensamente, esperaré que cierre la tienda para volver.
-Si quiere la cerramos ahora mismo-dijo solícito y también bastante intrigado-como usted ha visto todos mis amigos se han ido y no creo que vayan a volver.
-Puedo esperar, no es necesario que haga eso por mí.
Juan Alfonso tuvo que insistir y hasta contarle sus verdaderas motivaciones a Eduardo para convencerlo que cerrar la tienda no le impediría ganarse su sustento; así que echó el cierre y se metieron en el despacho, se acomodaron y Eduardo desplegó ante él las fotos que ya había visto y empezó a narrarle una historia bastante curiosa.

3. Las maravillas de Taühausser
La noche anterior le conté que, cuando me es posible, sobre todo en vacaciones, suelo salir de Coruña y hacer turismo visitando museos en diferentes ciudades; pues bien, hará cosa de año y medio que logré, por fin, ir a Suiza, pues me había hablado maravillas del Museo Nacional de Zurcí, tanto en el ámbito organizativo como por lo valioso de su colección y el exquisito gusto con que los más diversos objetos están colocados. Siendo profesor de Historia del Arte sabía que en ese lugar había cosas muy interesantes, tanto de la Edad Media como de épocas posteriores, y era uno de mis grandes deseos visitar tal institución artística; así que me fui para allí y, efectivamente, había sido como me había contado. Lo pasé maravillosamente y una de las cosas que más me llamaba la atención, y estaba ansioso por ver, eran un par de estufas de leña que algún colega me había dicho existían en ese lugar, pero me quedé con las ganas ya que el recinto en donde estaban expuestas se encontraba en obras y sólo pude hacerme con un folleto y las fotos que puede ver.
Realmente me tenían maravillado, aquellos rojos y azules sobre el blanco azulejo eran una pasada-pensaba Juan Alfonso-¿y la elaboración del dibujo, de las volutas? Esa precisión germana que parece imposible. Me tenían realmente embrujado; comprendía perfectamente el afán de Eduardo por observarlas de cerca y la tremenda decepción que se llevó al no conseguir su objetivo. Me había quedado tan absorto contemplándolas que apenas escuchaba al pobre Eduardo.
“ .... como comprenderá mi decepción fue mayúscula, me había costado mucho llegar hasta allí y esas salas no volverían a abrirse hasta dentro de seis meses y, aunque soltero todavía, no podía permitirme volver hasta dentro de un par de años por lo menos. Además, no sólo estaba el interés artístico, ya de por sí suficiente para mí, sino que yo antes había leído historias relacionadas con dos estufas muy parecidas y quería comprobar la veracidad de las mismas; el hombre que las había escrito me merecía la más completa confianza, y no era nada amigo de fantasear por las buenas. No lo conocí personalmente, pues había muerto hacía bastante tiempo cuando me hablaron de él, pero quien lo hizo sabía cómo era y conocía muy bien su carácter. Era un antiguo novio de mi abuela, un hombre muy serio, muy estudioso, muy formal y carente por completo de imaginación. Es posible que usted esté impacientándose y preguntándose qué rayos tiene que ver todo esto de la formalidad de un hombre con las estufas; debo aclararlo bien porque lo que le voy a contar a continuación rebasa todo lo que cualquiera en su sano juicio podría imaginar”.
Después de esta perorata, que parecía le había costado un gran esfuerzo, pidió le sirviera una copa de licor, lo que hice con la mayor prontitud; si la noche anterior ya me había intrigado con su solicitud de ayuda, ahora ya me había puesto en ascuas con tanto preámbulo, pero no le comenté nada al respecto, prefería que su pensamiento fluyese contándome la historia a su manera; de cualquier forma, me interesaba tanto el contenido del relato como la forma en que éste iba confeccionándose.
Eduardo bebió pausadamente la copa de licor, cuando acabó, viendo que por mi parte existía el más vivo interés, prosiguió con su narración.
“Parece ser que este hombre que había cortejado a  mi abuela había sido un destacado estudiante de arte medieval y renacentista, y con el tiempo se convirtió en catedrático y profesor especializado en dicha época: daba conferencias, escribía artículos, libros, visitaba bibliotecas y museos, incluso a veces se pedía su opinión sobre un determinado objeto; sobre todo le gustaba la cerámica y las técnicas del vidriado, la cocción del barro, las pinturas, etc. Era famoso, pero sólo en su estricto marco profesional, y poca gente que no estuviera en tan restringido círculo conocía su fama de sabio. Por eso le sorprendió un poco que un buen día llegase una carta de Alemania, con apenas unas iniciales por remite y con el cierre lacrado. Estaba escrita en un papel de extraordinaria calidad, en un español un poco formalista y rebuscado, pero la letra era muy clara y no tuvo ningún problema para comprender su mensaje. En pocas palabras: se le pedía que viajase a un pequeño pueblo, cerca de Baden-Baden, para que diese su opinión sobre un par de estufas de cerámica; también se le invitaba a consultar la biblioteca y a pasar todo el tiempo que fuera necesario viviendo en el castillo mientras durasen sus investigaciones. Firmaba el escrito una tal baronesa Taühausser. Aunque no la conocía personalmente no dudó ni un momento en ponerse en marcha, pues sabía que la mansión de la noble dama era una preciosa edificación del siglo XIII alemán, de hecho había quedado fascinado hace no mucho tiempo por unos grabados en que aparecía el citado castillo. Mandó al instante su respuesta aceptando la invitación y diciendo que se le esperase en el transcurso de quince días: a finales del mes de marzo podría trasladarse hasta allí. Después de arreglar sus asuntos, avituallarse para el viaje y dejar a un sustituto encargado de sus clases, partió nervioso hacia Centroeuropa. La carta no le decía nada de su futura anfitriona, así que no sabía si se encontraría con una mujer joven o de edad avanzada.
Le encantó el viaje, y sobre todo la llegada al castillo: había que introducirse en un bosque, andar por un sendero no demasiado ancho, para luego encontrarse, de repente, con una pradera: a lo lejos el castillo y, detrás de él, las montañas...”
Juan Alfonso pegó un respingo: ¡era su sueño!
“...pasó allí muy buenos momentos, la baronesa era una mujer atractiva, con una fuerte personalidad, de unos cuarenta años; hasta hacía unas semanas había vivido en París, había estudiado Arte y había recorrido Francia admirando sus monumentos y escribiendo sus impresiones acerca de ellos, había visitado también las naciones vecinas; en España había oído y leído mucho sobre él y sus estudios; asimismo, en los círculos eruditos de Gran Bretaña e Italia había escuchado sinceros elogios de su erudición. La curiosidad que había sentido por el Arte de países que no eran el suyo despertó sus ganas de estudiar su propia cultura e historia, así que después de diez años de ausencia regresó al castillo que había pertenecido a su familia desde hacía cinco siglos. ¡Imagínese que oportunidad tan maravillosa y lo bien que lo debió pasar el profesor de Arte observando una construcción tan antigua y tan bien conservada! ¡Y los tapices, pinturas, libros y muebles que contenía! Allí estaban armonizados cinco siglos de mobiliario, un auténtico museo, pero un museo en que se podía respirar la vida cotidiana. Me puede el apasionamiento por el tema y me parece que me estoy extendiendo demasiado en preámbulos...”



[1] Pastelería de Coruña, famosa por la fabricación de pasteles diminutos: piononos, cañas de crema, moscovitas, etc.

lunes, 13 de abril de 2020

Extravagancia Mortal, primera parte

Tenía suerte de ser quien era, el hijo de un padre con dinero; lo que no significó que nunca diese un palo al agua, siempre había sabido buscarse la vida desde pequeño, cuando sacaba sus tesoros a la calle para venderlos a otros chicos del barrio o a quien le interesasen.
Todos los domingos por la mañana una cantidad indeterminada de chiquillos, en la mayoría de los barrios de la ciudad, ponían sus pertenencias, a veces muy queridas, todas bien colocadas, encima de una caja de frutas vuelta del revés y cubierta con un viejo mantel. Regateaban, discutían, pero al final siempre conseguían sacar dinero de un trompo sin cordel, una caja de música sin bailarina, los libros de texto del año anterior, o lápices de colores a medio consumir. Él se había hecho con una mesita de madera que su madre había querido tirar por pasada de moda, y vendía sobre una tela de raso plumillas, tinteros de porcelana, tazas sin asa, correas de reloj, figurillas de cristal de Murano, un tirabuzón de cuando se había cortado el pelo su prima, una tapa de reloj de bolsillo, e incluso el tapizado del sofá cuando la madre se aburría y le daba por cambiar la decoración.
Siempre le había gustado el trapicheo. Con el tiempo se convirtió en una profesión, haciéndose un mediano experto en antigüedades, lo suficientemente experto como para montar su propia tienda a los veintidós años.
No estaba nervioso, tendría que trabajar un poco más para ultimar los detalles pero sabía que sería un éxito, nunca le había salido mal ningún negocio ni nada de lo que había emprendido con ilusión y arduo trabajo; Juan Alfonso se sabía inteligente. Además, siempre estaría la familia para ayudarle a salir de cualquier atolladero en que se metiese, aunque realmente nunca le había ocurrido algo tan grave como para que ellos tomasen cartas en el asunto.
Los relojes de cuco de la trastienda, unos valiosos objetos del siglo XV sólo aptos para entendidos, habían dado puntualmente las nueve de la noche. Casi había perdido la noción del tiempo, de hecho no se había dado cuenta de la hora que era hasta que los relojes lo sacaron de su ensoñación. Se había pasado las últimas cuatro horas ordenando y colocando objetos en los estantes y vitrinas acristaladas y había dejado volar su pensamiento a sus tiempos de chaval; aunque era un hombre joven, su prodigiosa memoria le hizo recordar muchos momentos felices de su infancia. A base de ordenar y darle vueltas a sus recuerdos había olvidado los minutos y los segundos de los que se compone la realidad, lo que no había sido óbice para que hubiera puesto cada cosa en su sitio  con esa exquisita elegancia que lo caracterizaba, la misma con la que había decorado su habitación, de forma tan particular y sensata que todo el que lo conocía, cuando penetraba en su alcoba, sentía una placidez y tranquilidad tales que permanecían en ella más tiempo del que se habían imaginado poder pasar.
Todavía le faltaban un par de cosas, y su vuelta al mundo terrenal le hizo sentir que desde el mediodía no había probado bocado; así que cerró la tienda, conectó la alarma de su invención, y se dirigió a un restaurante italiano, una trattoria, ubicada detrás de la Iglesia de San Andrés: le encantaban los spaghetti, la lasaña y, sobre todo, los canelones con carne. Era jueves y todavía demasiado temprano, tan sólo una pareja de novios comiendo acaramelados unos fetuccini; cogió una mesa al lado de la ventana, pues le gustaba observar la parte de atrás de la iglesia y la oscuridad del callejón.
Al empezar a leer la carta se le abrió aún más el apetito, así que pidió unos espaguetis a la boloñesa, un ossobuco y un tinto del país; poco a poco el restaurante se fue llenando de clientes. Comía despacio, deleitándose con cada bocado; estaba ya en el postre y a punto de pedir la cuenta cuando un hombre, de unos cuarenta y cinco años, se sentó en una mesa próxima a él, traía una carpeta, pidió de comer y, mientras esperaba a que el camarero le sirviera, la cogió y sacó de ella unas ampliaciones fotográficas; Juan Alfonso era una persona discreta y no le gustaba espiar a la gente, pero el hombre estaba tan cerca de él que no pudo evitar observar que aquello que tenía en la mano eran las fotos de unas espléndidas y, al parecer antiquísimas, estufas alemanas de cerámica.
Había oído hablar de ellas, había visto libros de arte y antigüedades en donde aparecían, pero aquello eran fotos. Quizás hechas por el mismo hombre que las estaba mirando o tal vez le podría decir quién había sido el autor de ellas. Siempre había querido viajar a Alemania, o a Suiza, pues sabía que en el Museo Nacional de Zurcí existían dos ejemplares, con asientos laterales, una auténtica maravilla. El helado se le derritió por completo, tan absorto se había quedado; se puso colorado como un tomate pues pensó que el desconocido se había dado cuenta de su mirada inquisitiva, pero cuando miró al hombre vio que estaba tan abstraído como lo había estado él.
Aun así, no sabía como entablar conversación con el desconocido. El camarero vino a resolverle el problema: llegó con la ensalada de brécol, el hombre, apresuradamente, puso las fotos encima de la carpeta, al coger el tenedor las empujó y cayeron al suelo; un par de ellas fueron a parar debajo de la mesa de Juan Alfonso, que se precipitó a recogerlas.
- Gracias – dijo el hombre, que se había levantado con prontitud.
- Realmente bellas, parecen del siglo XIII, y  los mosaicos son realmente exquisitos...
- Sí, creo que sí, gracias señor...
- Seoane, Juan Alfonso Seoane: anticuario.
- ¿Tan joven? – replicó el desconocido – Eduardo Gutiérrez de Brañas, profesor de Historia del Arte en el Instituto Eusebio da Guarda; tanto gusto, siéntese conmigo, por favor.
- Si no es molestia...  – replicó tímidamente Juan Alfonso.
- No, por favor; así tal vez me pueda ayudar.
Mientras Eduardo Gutiérrez comía Juan Alfonso se dedicó a estudiar detenidamente aquellas fotografías, no eran muchas, aproximadamente una docena, y en ellas se veían, desde todos los ángulos posibles, la conformación de dos preciosas estufas alemanas de cerámica: una de ellas, la más pequeña, había sido construida para el uso de un solo individuo pues únicamente tenía adosado un asiento; la otra era de matrimonio, con un asiento a cada lado del cuerpo central. La imaginación de Juan Alfonso hizo que pensara en como en las tardes de invierno el matrimonio propietario se sentaba rodeado de calor por todas partes allí, durante horas; imaginó a la mujer vestida con los complicados tocados suizos de mediados del XIV, ensimismada en un bordado, y al marido leyendo su libro de horas engalanado de hermosas y complicadas miniaturas. Apenas hablaron mientras Eduardo comía, tan sólo de vez en cuando, para contarse pequeños detalles de sus respectivas vidas. Eduardo le contó que no era natural de La Coruña sino de Toledo, pero que desde hacía quince años había sido trasladado a Galicia por el Ministerio de Educación; siempre había vivido aquí, a su tierra iba de vez en cuando, de vacaciones, aunque a menudo aprovechaba las de verano para viajar tanto por España como por Europa, visitando museos y perdiendo mañanas enteras en las tiendas de antigüedades; Juan Alfonso le contó que había dejado de estudiar al finalizar el bachillerato y que, gustándole mucho el mundo del arte, había seguido un par de cursos en la Universidad de Hildenberg, pues siempre había tenido facilidad para los idiomas. Hablaba correctamente, aparte del castellano y el gallego, el inglés, el francés y el alemán; poseía un don para los negocios y, conociendo suficientemente bien el mundo de las antigüedades, había decidido montar una tienda, la cual pensaba inaugurar al día siguiente.
De poco más hablaron; mientras Eduardo remataba su cena con un café irlandés Juan Alfonso volvió al estudio detenido de las fotografías, parecían auténticas aquellas estufas, le hubiera gustado tener una en su casa. Eduardo aún no le había informado de la ayuda que podía prestarle y Juan Alfonso no quería apurarlo, a lo mejor sólo lo había dicho por decir.
- Me gustaría mucho ver su tienda, si me dice donde la tiene, tal vez mañana, que afortunadamente no tengo clase, podría acercarme a visitarla.
- Queda cerca. Si tiene tiempo podría venir ahora conmigo, aún tengo que trabajar un rato en ella antes de cerrarla – respondió solícito Juan Alfonso.
- No quisiera entretenerle innecesariamente, será mejor mañana.
- Como prefiera, venga conmigo y le enseñaré su ubicación.
Pagaron sus respectivas cuentas en la trattoria y salieron al oscuro callejón; hacía una noche agradable, doblaron la esquina y se metieron en la calle del Orzán, no caminaron más de diez minutos, cruzaron a la acera de enfrente y allí estaba Antigüedades Seoane. A pesar de la penumbra en que estaba sumido el interior, la luz de la farola al lado del escaparate dejó a Eduardo vislumbrar la exquisitez de los muebles y de los objetos que contenía, Juan Alfonso le dijo que al día siguiente, a las cinco de la tarde, la inauguraría con unos pocos amigos y que le gustaría que él también apareciera a aquella hora. Eduardo dijo que así lo haría, se estrecharon las manos y el profesor desapareció calle del Orzán adelante. Juan Alfonso desconectó la alarma y entró, cerró la puerta y encendió la luz.
¡Qué hombre más raro! Dice que necesita su ayuda y no vuelve a hablar de ello, tal vez había pensado que era una inconveniencia, no se suele hablar así a un desconocido; bueno, si era algo relacionado con las estufas podría echarle una mano. ¡Qué hermosas eran aquellas estufas! Pensaba mientras desembalaba la última caja, llena de pequeños objetos que debía poner en la vitrina central, en aquella preciosa vitrina de caoba de forma octogonal; ella misma era una antigüedad: había pertenecido a su tatarabuela materna. Su madre, que durante toda su vida se había dedicado a tener hijos (Juan Alfonso tenía ocho hermanos), salir con las amigas de compras, ir a la peluquería, leer y escribir en su diario, hacer mermeladas y conservas, y asistir a fiestas benéficas, había tenido como única profesión la de decoradora; eso hasta que nació su primer hijo, el hermano mayor de Juan Alfonso, que se llamaba Sergio y estaba en la Armada. Pues su madre, como decíamos, cada temporada (que para ella significaban dos o tres años) decidía que tenía que redecorar toda la casa, o al menos parte de ella.
Cuando se casó, su madre le regaló aquella antigua vitrina de caoba octogonal, de metro y medio de alto, con cinco baldas, totalmente acristalada, y en donde los pomos de las cinco puertecillas eran de cristal de Bohemia: una verdadera maravilla que, por supuesto, no vendería jamás. La madre sólo había tenido hijos varones; no sabiendo a quién dar la vitrina acabó en manos de Juan Alfonso pues imaginó que de sus hijos sería el único que la valoraría justamente. Allí fue colocando: un plumier de cuero, que abrió cuidadosamente y en el que pudo admirar por enésima vez todos sus artilugios hechos de nácar con incrustaciones de plata; abrió el guardaplumines, contenía dos plumillas de oro, brillantes; jugueteó un poco con el portaminas, comprobó el filo del abrecartas y la limpieza del sello para el lacre, luego lo cerró. Lo puso con cuidado en el estante superior, al lado de él un bonito huevo de nácar que servía de pastillero y que podía llevarse colgado del cuello. Acabó de decorarla con una mesa en miniatura hecha con alas de mariposa, dos broches de bronce de filigrana y tres boquillas de plata labrada, cada una más larga que la anterior; todas esas cosas le eran muy queridas pero eran tan bonitas que, aunque no las vendiera en la vida, le servirían de reclamo para el resto de las que pondría en el mueble.
Se quedó contemplándola un rato antes de terminar su trabajo, luego rellenó el resto de los estantes con otras menudencias, dio un último vistazo a la tienda fijando su vista en lo que sería el mostrador: una mesa de roble de tamaño mediano, con sus cajones y escondrijos secretos, como tiene toda mesa antigua que se precie. Los relojes de cuco dieron las doce, Juan Alfonso conectó la alarma, cerró cuidadosamente la tienda, sacó, ya en la calle, un mando a distancia, apretó un botón y una pesada y silenciosa plancha de acero ocultó a los curiosos lo que había detrás.
Luego, con paso tranquilo, se encaminó hacia la calle de San Andrés, antes de regresar a su casa, un precioso chalet de principios del siglo XX con jardín propio en plena calle de Juan Flórez, decidió visitar a un amigo, propietario de un Púb. al que solía acudir todos los viernes por la noche. A diferencia de otros días apenas probó el alcohol, no estaba preocupado por la tienda sino sumamente intrigado por el hombre al que había conocido en el restaurante. Tomó un par de cervezas y luego regresó tranquilamente a su casa, una pura anacronía en medio de la ciudad: una casa de campo con su jardín y su torre. Nada se podía hacer por las pintadas que decoraban las paredes exteriores, al principio habían intentado borrarlas pero reaparecían enseguida; era inútil gastar pintura; una pena, uno de los pocos edificios que recordaban que en un tiempo no tan lejano aquella populosa y comercial calle había sido pleno campo; la gente no llenaba las cafeterías y pubs pero se empezaba a notar que al día siguiente comenzaba el fin de semana y que había ganas de juerga. Sacó la llave que abría la verja, en el primer piso de la torre aún había luz, lo que significaba que su padre estaría leyendo o escribiendo en su estudio; un par de gatos pasaron ante él. Su jardín era el refugio de algunos felinos callejeros, era su hermano menor el que les proporcionaba el sustento y había tenido la feliz idea, mañoso como era, de construirles una réplica en miniatura del chalet, donde se refugiaban algunos de ellos cuando la lluvia o el frío eran más intensos.
Subió la media docena de escalones que conducían  a la puerta principal, sólo tuvo que empujarla pues hasta cerca de las dos, que era cuando él solía retirarse a dormir, no se cerraba; todo estaba a oscuras, subió por la escalera hasta el primer piso, llamó a una de las puertas pero nadie contestó, la abrió con sigilo observando que su padre, otra vez, se había quedado dormido mientras leía, apagó la luz y subió a su cuarto. Todas las noches, antes de acostarse, escribía algo en su diario, unas veces más y otras menos, un grueso libro encuadernado en tela azul acero, con cuatro nervios en el lomo y el número cinco grabado en oro. Luego, sintiendo que el sueño lo vencía, bajó a cerrar la puerta, acostándose a continuación. Soñó con las estufas alemanas del profesor de arte: se encontró andando por un bosque de árboles altos y esbeltos, de escasa copa, las hojas doradas del otoño caían a su paso, seguía la vereda limitada por los árboles, un camino ancho y no en exceso sinuoso, el gris del alba lo envolvía, llegó a un claro, a lo lejos vio una casona o un castillo, no distinguía su verdadera arquitectura con esa luz y a esa distancia. Las montañas se recortaban a su espalda, comenzó a andar decidido y en menos tiempo del que había pensado se encontró a las puertas de la edificación: era un castillo semejante al que había visto en las películas, le recordaba aquel de El nido de las águilas, era realmente bello; la puerta estaba abierta.

Los sueños son muy extraños, si hubiera estado despierto no se hubiera atrevido a entrar no habiendo sido invitado, pero le dio la impresión de que la puerta había sido abierta para recibirle, empezó a recorrerlo. En contra de su primera impresión el castillo estaba habitado, se encontró con un montón de sirvientes que iban de aquí para allá, unos llevando jofainas, otros dirigiéndose hacia las habitaciones con bandejas de desayunos, y todos iban vestidos a la moda del siglo XVI. No parecía sorprenderles que un muchacho en vaqueros y con camiseta curioseara por toda la casa: Juan Alfonso creía que no lo veían o que les daba lo mismo. Fue testigo de toda la vida cotidiana de una casa rica (alemana o suiza, no era experto en trajes nacionales.)En un momento fueron pasando ante él todos los instantes del día, hasta llegar a la noche. Empezó a nevar y él seguía recorriendo el castillo sin que nadie interrumpiera sus obligaciones ni hiciera caso de su curiosidad. El edificio era el sueño de cualquier anticuario, en todos los aspectos; vio a un sirviente que llevaba un gran saco de arpillera, evidentemente bastante pesado, pues iba andando totalmente doblado mientras apoyaba una de sus manos en los riñones.